A dos semanas del segundo informe de gobierno, Jorge Zepeda Patterson hace un balance de los primeros dos años de Sheinbaum, en realidad veintidós meses, y advierte que en varios rubros aún es pronto para conclusiones categóricas, como en Salud y Educación, con programas en marcha y fallas persistentes a la vez. Su tesis ordena el resto, si la Presidenta hizo del manejo de la administración pública su fuerza, lo político le ha costado más.
Empieza por lo que hace bien, y lo atribuye a su carácter. El mejor desempeño, dice, aparece donde aterrizan sus virtudes de científica y su laboriosidad, diagnosticar con rigor, fijar un plan, repartir tareas y montar mecanismos de revisión. Con esa fórmula supervisa a su gabinete y hasta a los gobernadores de todos los partidos, y de ahí, sostiene, un manejo responsable de las finanzas, la simplificación administrativa, los programas de agua y de campo, y las respuestas rápidas a los embates de Washington. Lo resume con una etiqueta que él mismo acuñó, la de una «izquierda con Excel», eficaz donde los objetivos y las métricas hacen buen maridaje.
El logro que llama más espectacular es la caída de la delincuencia. La cifra en «alrededor de 50 por ciento» en la mayoría de los delitos, y confía en que el sistema montado para combatirla siga profundizando la tendencia. Conviene precisar el dato. Ese porcentaje corresponde, en rigor, a los homicidios dolosos, que según cifras oficiales bajaron entre 48 y 51 por ciento de septiembre de 2024 a mediados de 2026; el conjunto de los delitos de alto impacto descendió cerca de un tercio, y persisten la concentración territorial de la violencia y las dudas metodológicas de la oposición. El propio columnista recoge la crítica, que señala aumentos en feminicidios, desapariciones o extorsión, y responde que en parte se explican por la reclasificación de delitos y por alentar la denuncia; su conclusión es que hay un avance difícil de negar.
Antes de pasar a las sombras, matiza los méritos con el punto de partida. Buena parte del balance, apunta, está condicionado por el estado en que López Obrador dejó cada área, y por eso enderezar los ferrocarriles o Pemex resulta lento pese a los planes ambiciosos. La seguridad, en cambio, le parece un caso donde el antecesor jugó a favor. Insiste en una lectura propia y discutible, que la política de «abrazos no balazos» se ha malinterpretado, pues habría sido una «tregua» para dotar al Estado de capacidad de fuego. Sheinbaum, concede, le dio un giro criminalístico con García Harfuch al frente, pero se apoyó en la infraestructura que su antecesor construyó, la Guardia Nacional, la red de cuarteles y seis años de reuniones diarias de seguridad.
El contraste llega con el ejercicio del poder político. Ahí, dice, la Presidenta ha tenido más tropiezos, aunque no le regatea aciertos: legitimó su liderazgo, redujo el peso de sus adversarios, cultivó una relación razonable con gobernadores y empresarios, y manejó a Trump de un modo que considera un éxito por donde se mire. Pero la hondura de lo logrado en finanzas contrasta con lo político, y no le parece casual que sean las reformas políticas las que más controversia y correcciones internas provocaron. Es sintomático, escribe, que la gente de su confianza ocupe las áreas técnicas, mientras en la esfera política y judicial varios protagonistas están ahí «por necesidad».
De ahí salen las dos pruebas que le esperan. La primera es Morena. Su reconducción, que atribuye a Ariadna Montiel y Citlali Hernández, más cercanas a la Presidenta, será la verdadera prueba de fuego, menos por cuántos candidatos imponen los gobernadores o coloca Palacio que por evitar autogoles con aspirantes impresentables y hallar cuadros afines a la visión del segundo piso de la 4T. La segunda es la ética. A Zepeda le resulta evidente la dificultad de la Presidenta para contagiar a su partido el rigor que la caracteriza, y por eso el combate a la corrupción en las altas esferas sigue siendo, dice, «una asignatura pendiente».
El texto guarda para el final lo que considera un error, no una debilidad. La manera de confrontar a la crítica y a los adversarios le parece contraproducente para los propios intereses de la Presidenta. Una estrategia de control de daños dominada por «militancia mal entendida y polarización innecesaria», sostiene, calienta los ánimos y distrae de lo que a su juicio ha sido un buen gobierno. Su veredicto es a la vez elogio y reproche, «podría ser extraordinario si se lo permite».
Conviene situar la pieza. Es una columna de opinión de un analista cercano a los fines del gobierno, y ese tono, que reparte elogios y reparos sin achatar ninguno, le da credibilidad. Pero su núcleo empírico descansa en cifras oficiales, y algunas de sus lecturas son suyas y debatibles, la baja del delito presentada sin matices, la relectura de «abrazos no balazos» como estrategia deliberada, o la identidad de quienes reconducen Morena. El lector puede tomar el diagnóstico y sopesar por separado cada una de esas piezas.
El valor de la columna está en una postura escasa, calificar a un gobierno con la misma mano que lo elogia y lo critica. Su hallazgo perdurable es el retrato de una administración que gobierna mejor con hoja de cálculo que con lealtades de partido, y cuyo mayor riesgo es su temperamento, más que sus resultados. La pregunta que deja abierta es si un poder tan competente para administrar puede aprender a ser tan disciplinado con la política como lo es con los números.







