Hace dos años exactos, en el sexto aniversario de la caída definitiva del PRI, escribí que Dulce María Sauri tenía razón al decir: «Por lo menos que nuestro féretro esté envuelto en la bandera nacional». Añadí que lo mismo merecía el PRD, otro padre biológico de Morena. De aquel doble linaje salió su «sirenito»: sin cara de angelito, con cola de diablo, hijo del corporativismo tricolor y del asambleísmo perredista. Al paso que va superará a sus antecesores en poder y en control de cámaras y tribunales, aunque acaso no en longevidad. Y tal vez tampoco merezca un féretro envuelto en la bandera. Este 1 de julio de 2026, octavo aniversario del triunfo morenista, no hubo festejo a la altura de sus logros. ¿Algo sabrán en Palacio Nacional que aún no nos cuentan?







