La tesis de Viri Ríos es una advertencia dirigida al gobierno: al confrontar a Ricardo Salinas Pliego, Morena está cometiendo «un error estratégico de proporciones mayúsculas». La analista parte de un diagnóstico del empresario, al que describe como acorralado por problemas de solvencia en su televisora y por litigios, y que ha respondido volcándose a la política y a la provocación. Frente a eso, sostiene, Morena «eligió la peor estrategia posible: seguirle el juego».
El mecanismo del error es la amplificación. Figuras clave del oficialismo, escribe Ríos, usan sus plataformas y su capital político para contestarle y citarlo, y con ello lo colocan en el centro de la discusión pública. El ejemplo que da es reciente, el propio hijo de López Obrador le respondió en redes esta semana, elevándolo, dice, «al rango de interlocutor legítimo». Los ideólogos de Morena creen que confrontarlo es una jugada brillante, porque no le ven posibilidades de ganar una elección y porque les parece «el enemigo perfecto». Para Ríos, se equivocan.
Su argumento central es que el perfil de Salinas Pliego no lo descalifica ante el electorado. Es verdad, concede, que casi la mitad del país tiene mala opinión de él, pero cita datos de Enkoll según los cuales varios morenistas están peor, con 47 por ciento de mala imagen para Andrés López Beltrán y 63 por ciento para Adán Augusto López. Y recuerda una regla incómoda de la política mexicana, «la vulgaridad jamás ha impedido que el electorado mexicano apoye a un candidato»: lo prueba, dice, con Vicente Fox y con Peña Nieto, campañas celebradas en su momento como frescas. La riqueza extrema tampoco genera rechazo automático, porque en un país desigual el millonario suele leerse como alguien astuto que «supo hacerla».
Advierte además que Salinas Pliego no necesita ser candidato para pesar. Podría impulsar a su hija, Ninfa Salinas Sada, o respaldar movimientos regionales y candidaturas locales. Su apuesta, resume, es paciente: le basta con «contaminar el terreno político», sin necesidad de ganar la Presidencia.
El tramo más agudo de la columna es el que explica por qué las viejas tácticas de Morena ya no funcionan. Como oposición, el partido podía señalar a un millonario, Claudio X. González, como rostro de la élite responsable de los males del país. Pero después de siete años en el poder, dice, «Morena ya es la élite», y esa coartada se agota. Salinas Pliego, agrega, es un rival más difícil que Claudio, que era «un heredero con escaso contacto con las clases bajas»: el dueño de Grupo Salinas construyó durante décadas una relación cotidiana con millones de familias a través de la banca y el entretenimiento, y no pocas lo perciben como alguien que las «ayudó» a comprar una motocicleta o un electrodoméstico, aun a tasas que la autora califica de usureras.
De ahí surge la parte más fina del análisis, la del terreno ideológico. Amplios sectores populares, sostiene, son antiestado, y ven al Estado como un abusador más que como un remedio, un sentimiento que los programas sociales atenuaron sin borrar. Por eso, dice, la consigna de Salinas Pliego, «el Estado es robo», tiene más potencia que el viejo «sacar a Morena del poder» de Claudio. Y aquí está el nudo del error: cada vez que Morena le responde, atrae la atención hacia esa ideología antiestado que no le es ajena a la mayoría. Es, escribe, «el mismo error que cometió Petro en Colombia y Hillary Clinton en Estados Unidos», el de creer que exponer la bajeza del adversario basta para derrotarlo, cuando «al exponerlo se le promociona».
El reproche se vuelve más duro cuando Ríos describe la respuesta concreta del oficialismo. Encerrado en su cámara de eco, dice, Morena decidió pelear en el mismo terreno grosero, y sus influencers llegaron a llamar a Salinas Pliego «perrita de Trump», un apodo que la autora considera tan misógino y homófobo como los del propio empresario. Le resulta «pasmoso» que, ante la vulgaridad opositora, la imaginación del partido en el poder apenas alcance para «revolcarse en el mismo charco».
La conclusión es una recomendación de una sola idea, «no inflarlo». Propone dejar que Salinas Pliego caiga en sus propios errores y que los litigios mercantiles sigan su curso hasta mermar su capacidad política, en vez de regalarle la exposición que su movimiento necesita. Inflarlo, remata, es justo lo que el millonario busca y lo que Morena debería negarle, y cierra con una advertencia, «ojalá no sea demasiado tarde cuando se den cuenta».
Conviene situar la pieza. Ríos escribe como analista, con una mirada crítica hacia las tácticas del gobierno, y sus caracterizaciones de Salinas Pliego, a quien retrata como desesperado y abusivo, son suyas y de parte; el empresario y sus defensores las rechazarían. El dato de contexto que ella invoca, el ascenso de figuras como Trump, Milei o De la Espriella, es real y verificable. Pero el corazón del texto no es el juicio moral sobre el millonario, es el diagnóstico del error oficialista.
Su mayor utilidad para el lector es de método. Ríos convierte una pelea de insultos en una lección de estrategia política, y su aporte más durable es doble: la constatación de que, instalada en el poder, Morena ya no puede correr contra la élite porque la encarna, y el mecanismo por el cual atacar a un rival mediático termina por promoverlo. Más allá de las simpatías o antipatías que despierte Salinas Pliego, la advertencia interpela a cualquier gobierno tentado de responder a cada provocación: a veces, el mejor golpe es el que no se da.







