7.7 C
Tepic
lunes, julio 13, 2026
InicioOpiniónOtras VocesLa tristeza de ganar mal

La tristeza de ganar mal

Fecha:

spot_imgspot_img

Reflexión a partir de la carta «La tristeza argentina», de Martín Caparrós, publicada el 12 de julio en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Martín Caparrós le responde a Juan Villoro con el alivio de saberlo mejor. Bromea que su amigo, «de vez en cuando», lo imita en lo malo, y que por eso ahora le dio por enfermarse, pero lo tranquiliza que pudiera escribirle, porque «por una vez, la escritura resulta un buen síntoma». De ese susto nace una reflexión sobre la memoria, sobre el modo en que nos «vamos redactando los recuerdos», dándoles una forma que acaba siendo «más cierta que lo cierto». Recordar, dice, es sobre todo seleccionar, porque «la mayor parte de lo que vivimos no da para recuerdo», y hasta sugiere medir la calidad de un día por la cantidad de recuerdos que deja.

Con esa vara mide el partido de la noche. Apuesta a que el Argentina-Suiza no ocupará mucha memoria, y lanza su lamento, «¡qué mal está jugando la Argentina!». Describe el encuentro más cómodo imaginable, un rival anodino y un gol de córner a los diez minutos, echado a perder: la albiceleste perdió el control, se metió atrás, encajó el empate y se salvó porque un suizo «se quiso hacer el vivo y se hizo expulsar». No intentó un solo desborde, apunta, ni volvió a rematar entre los tres palos hasta el minuto 92. El relato es fiel a la impresión, aunque el marcador, forjado en la prórroga con dos goles tardíos de Julián Álvarez y Lautaro Martínez, terminó siendo 3-1, y Argentina jugará la semifinal ante Inglaterra.

De ahí a la crítica hay un paso. «Pero ganamos», escribe, «así que los inflaglobos de la patria volverán a hablar de corazón, de lucha, de que por algo somos lo que somos», mientras millones intentan creérselo aunque sepan que «este equipo es un desastre auténtico, tristeza». La fiesta, ironiza, debe continuar, «tachín tachín, que no se note».

Tampoco salva a España, que dos días antes había vencido a Bélgica para meterse en semifinales. Argentina y la Roja comparten, dice, la misma idea, conservar la pelota y aburrir al rival para «de pronto acelerar y clavarte y acabarte». La diferencia es una sola, «España lo hace; poco, pero lo hace». Y de esa clasificación saca una constatación desencantada sobre el reparto del poder futbolístico: esta semana «los conocidos de siempre vuelven a encontrarse», España contra Francia el martes y Argentina contra Inglaterra el miércoles, porque «la élite del fútbol no se deja penetrar tan fácil». Lo respalda con una cifra, en los últimos diez mundiales, de los veinte finalistas sólo tres no habían ganado antes. «Los viejos oficiantes se ríen de la pasión de los conversos».

Esa palabra, pasión, le abre una digresión etimológica que es de las mejores de la carta. Recuerda que en su origen la pasión era «el camino de un hombre hacia su muerte», el calvario de Cristo, y que de ahí viajó hasta nombrar los deseos desbordados y, «al fin», el vocabulario de las tribunas, donde nadie la usa tanto como los hinchas. De la Pasión de Jesucristo a la que aviva un modesto club de barrio como el Sportivo Desamparados de San Juan, resume, «el camino fue largo y tortuoso, poca gloria».

Ese desencanto lo lleva a confesar sus «disgustos con el futbol». El primero es el de siempre, la incredulidad ante un espectáculo que mantiene en vilo a miles de millones y que produce lo que llama «el retorcido Efecto Patria», esa rareza de medir la grandeza de un país por las patadas de unos muchachos. El segundo es más nuevo y más filoso, y aparece cada vez que las cámaras enfocan las tribunas mundialistas, «un territorio divinamente libre de pobres». Los pobres, dice, miran el partido por televisión, mientras en las gradas hay ricos o seudo ricos que hacen, con todo confort, lo que antes hacían los pobres por su cuenta. El futbol fue una forma de populismo, ofrecer al pueblo una emoción que sólo cambia la emoción misma; hoy, sostiene, es otra cosa, «plebeyismo, ricos haciendo cosas que solían los pobres».

El pasaje se vuelve sátira cuando desglosa a esa platea acomodada, con sus cuernos y sus lentejuelas, sus niños pintarrajeados y sus joyas, hasta llegar a «la guinda de la torta», los personajes que no reconocemos «pero deberíamos», ubicados en el mejor lugar para recordarnos que a ellos sí les fue bien en la vida. Y remata con una pequeña teoría sobre el espectador al que la cámara sorprende de golpe: si mira la pantalla para verse, deja de hacer aquello por lo que lo enfocaron y lo borran; si no mira, se lo pierde. «El resultado siempre es la derrota», concluye, porque «la sociedad del espectáculo es más mala que el hambre».

El cierre vuelve al principio, a la salud de Villoro. Entre las maldades de esa sociedad, dice, la de atacarlo con sus virus es de las peores, y le declara que «hoy todos somos Team Villoro», junto a Fleming, el inglés modesto que descubrió la penicilina. Aquella revolución, escribe, «nos ha salvado tanto que alcanzaría para que todos fuéramos revolucionarios», y despide la carta con una orden cariñosa, «revoluciónate, aprovecha tus antibióticos».

La pieza muestra al Caparrós más completo y más melancólico, capaz de pasar de la ternura por el amigo enfermo a la disección de una victoria que no lo alegra. Donde Villoro enseñaba a perder con dignidad, Caparrós enseña a desconfiar de la victoria, y deja dos ideas que exceden el futbol, que la memoria es un relato que nos construimos, y que un estadio sin pobres es el retrato exacto de un mundo que expulsó de la fiesta a quienes la inventaron.

spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img
Artículo anterior
Artículo siguiente