Juan Villoro le escribe a Martín Caparrós desde una cama de hospital. Al comienzo de esta correspondencia fue el argentino quien estuvo internado, y ahora, cuenta con humor amargo, «envidioso como soy», lo imitó de la peor manera: una neumonía, el mismo mal que se llevó a Sean Connery, lo tumbó. Avisa que la carta será breve, con «la extensión del único género que se escribe a mano: la receta médica». La serie, que ya había rozado la enfermedad y el duelo, alcanza ahora al segundo de sus corresponsales, y él lo encara con la entereza de quien no quiere que la fragilidad le gane la voz.
Aun postrado, no pierde el ojo. Empieza por Messi, «un genio sin opiniones», y por una estadística mexicana que conviene mirar de cerca: la camiseta verde es la más vendida del Mundial, cinco millones frente a los dos millones setecientos mil de Argentina. Pero el número, advierte, engaña. En Argentina las camisetas se tienen desde la cuna, y la más nueva se compra para completar la colección con el diseño reciente, más por coleccionismo que por un súbito patriotismo.
De ahí salta al tema que recorre la conversación, el VAR. Reconoce que ha surgido una ola contra Argentina por la forma en que el videoarbitraje «los ha consentido», y aunque cada fallo puntual se pueda discutir, sostiene que la tecnología «se presta para las teorías conspiratorias». Su lista es elocuente, Senegal, Cabo Verde, Irán, Egipto y Colombia recibieron castigos exagerados, y en ese sesgo Villoro ve «un patrón contra los países menos poderosos». Al desdén se suma otro, el de los afectos: un amigo le confesó que le va a Francia «porque es el único que puede ganarle a Argentina», y el cronista recuerda que «la solidaridad latinoamericana pesa poco ante un país que gana demasiado seguido», como en la final de 1986, cuando el público estaba con Alemania.
El corazón de la carta es una meditación sobre el miedo. A propósito de la camiseta belga inspirada en Magritte, cuya etiqueta reza «esto no es una camiseta», observa que Bélgica jugó ante España como para cumplir el lema, especulando hasta desaparecer. Muchos equipos, dice, «quieren ser Paraguay» en la fase final, y ese esquema hiperdefensivo se vuelve «la más aburrida forma de morir», como los peces de las profundidades que se adaptan a la oscuridad con su ceguera. Marruecos, que había debutado dominando a Brasil, sucumbió al pánico escénico ante Francia y «abandonó su naturaleza», eliminado por 2-0.
Y aquí Villoro da su vuelta más hermosa, la que da título a la carta. El mayor éxito de México, escribe, fue la forma en que perdió. Sus dos primeros triunfos fueron pobres, pero a una afición hambrienta de buenas noticias le supieron a gloria; los dos siguientes revelaron que el equipo podía jugar bien; pero el prestigio del Tri «se consolidó cuando finalmente perdió». Fiel a la canción ranchera, desafió a un rival más fuerte y supo morir «en la raya», dominó el partido sin ganarlo y «salió con su temperamento intacto». De ahí la enseñanza que resume su patria, «vivir en México te adiestra a perder de mejor manera».
Antes de despedirse rinde un homenaje a los porteros. Bélgica, la más goleadora después de Francia, «jugó como un falso Paraguay», a la espera de una sola ocasión, mientras España ejercía su juego posicional. En el arco estaba Courtois, y eso le sirve a Villoro para una queja justa, «una de las injusticias del futbol es que no se rentabilizan los puntos que un portero da»: Casillas y él, recuerda, ganaron para el Real Madrid más partidos que muchos delanteros, en lo que llama «el Mundial de los guardametas». Pero Courtois se lesionó, y su suplente, cuyo nombre el cronista calla «para no asociar en exceso su destino a esa jugada», escupió un balón difícil que Merino, «que entra a los partidos con el estoque desenvainado», mandó a la red. El relato es fiel, España venció 2-1 y jugará la semifinal ante Francia.
La carta cierra a la carrera, porque llama la terapia pulmonar, «en la que quizá se descubra que grité demasiado en el Estadio Azteca». La pieza es la más breve de la serie y, quizá por eso, la más conmovedora. Escrita desde el hospital, convierte su propia debilidad en una lección sobre la dignidad de perder, la misma que celebró en el Tri. Villoro, que enseñó que un equipo puede caer sin traicionarse, se despide alentando la pelea de su cuerpo con la gracia que le pidió a su selección, y deja claro que su receta, más que médica, es una manera de estar en el mundo.







