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El mejor equipo de esa cancha

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Reflexión a partir de la carta «Los inventores del caramelo», de Juan Villoro, publicada el 14 de julio de 2026 en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Juan Villoro contesta una pregunta que Martín Caparrós le lanzó para calmar los nervios mientras esperaba el turno de Argentina: si enfrentar a un rival superior aumenta la potencia de un equipo o su impotencia. La primera semifinal, responde, demostró las dos cosas a la vez. Gracias al adversario, España alcanzó al fin el nivel que se le atribuía; y Francia, que había penado ante la defensa paraguaya, quedó con sus carencias a la vista. El marcador le da la razón, 2-0 en Dallas, con lo que la Roja regresa a una final mundialista dieciséis años después.

El cronista lee el partido desde los signos, empezando por los himnos. La Marsellesa sonó como una convocatoria épica al combate, mientras la melodía española, que carece de letra, llegaba como invitación a una fiesta popular. De ese contraste saca una línea que resume el pleito, «mientras Francia pensaba en el Día de Gloria, España estaba de buen humor».

El azar le regaló enseguida el hallazgo que titula la carta. Un locutor mexicano, al enumerar los méritos de cada país, recordó que Francia estableció el sistema métrico decimal y eligió, entre las aportaciones españolas, una que sonaba a burla: las paletas de caramelo. Villoro le da vuelta al chiste. Cita al añorado Javier Marías, para quien el futbol es «la recuperación semanal de la infancia», y a Baudelaire, que cifró el talento en una fórmula, «tenemos de genios lo que conservamos de niños». En un juego que vive de esa cuerda, concluye, inventar el caramelo es la mejor de las credenciales.

El tramo siguiente es una denuncia del desgaste. Que Pedri arrancara en la banca sólo admite explicación médica, dice, y recuerda la advertencia de Jürgen Klopp sobre el Mundial de Clubes y su cosecha de lesiones. La imagen que usa viene de la ingeniería: los jugadores se derrumban sobre el césped por un cansancio parecido al que desgaja el fuselaje de los aviones. Nico Williams llegó tocado al torneo, y su ausencia dejó la banda izquierda convertida en una «España vacía», con Cucurella doblando funciones de lateral y de extremo.

Aun así, la Roja firmó un partido de excepción, y Villoro lo atribuye a una herencia. El juego de conjunto, dice, tiene su matriz en el Barcelona y desciende del linaje que va de Cruyff a Guardiola y a Luis Enrique, algo que Luis de la Fuente conoce bien. Su observación es fina y sirve más allá de la cancha: en una época que diluye los estilos nacionales, el juego posicional conserva «denominación de origen».

Los dos retratos que siguen son de lo mejor de la carta. De Oyarzabal, autor del penal que abrió el marcador, dice que es un «enfermo de sensatez» al que no le interesa la galería, que entra al campo con aspecto de «mozo de estoques» y que marca con la eficacia sencilla de un párrafo de Azorín. Por más que lo admiremos, remata, seguirá siendo el mismo. La estadística respalda el elogio, con ese gol el delantero llegó a cinco en el torneo e igualó el récord español para una sola Copa, el que comparten Butragueño y David Villa.

De Unai Simón, que cubrió la portería mucho más allá de su área, saca una teoría genealógica. Recuerda la ocurrencia de Robert Capa, según la cual para ser fotógrafo no basta el talento, «también hay que ser húngaro», y la traslada al arco español, donde, dice, conviene ser vasco. Lo avalan Iribar, Arconada y Zubizarreta; y cuando el destino se despista y el portero nace en Móstoles, bromea, el error se corrige en la pila bautismal con un nombre vasco, Iker.

El reproche a los villanos de la serie llega después. Infantino y el VAR volvieron a lucirse, dice: el arbitraje fue indigno de una semifinal y el videoarbitraje, «indigno de la especie humana». Su prueba es un gol de Lamine Yamal anulado por un fuera de juego que nadie revisó en el momento, y cuya imagen robótica apareció minutos más tarde sin mostrar ventaja alguna, ni siquiera bajo los criterios milimétricos de la FIFA. El episodio queda en su voz; lo verificable es que el extremo terminó el partido sin gol ni asistencia.

Sobre ese muchacho deja la reflexión más humana. Lamine no llegó en su mejor forma física y carga con la presión de que lo llamen el futuro mejor jugador del mundo. Para medir ese peso, Villoro recuerda a Ronaldo en 1998, cuando los locutores no podían pronunciar su nombre sin un superlativo y el brasileño sufrió convulsiones antes de la final. Ser un genio precoz cuesta, dice, y Lamine halló una salida provisional en el sacrificio: advirtió que Lucas Digne podía patearlo y se ofreció con gusto para provocar el penal del primer gol. Con el mismo temple, cuenta, Dani Olmo dio la asistencia del segundo, el de Porro, mientras recibía una patada.

El cierre es una parábola. Villoro relata que Stradivarius, Guarneri y otros lauderos italianos competían en la misma calle por el título de mejor fabricante de instrumentos. Uno anunció que allí se vendían los mejores de Italia; otro, para superarlo, los mejores del mundo; y el más astuto colgó un letrero que ofrecía los mejores instrumentos de esa calle. La moraleja la aplica en dos líneas que valen por toda la carta: Francia podía ser el mejor equipo del mundo, y España fue el mejor equipo de esa cancha.

La pieza confirma la manera de mirar de Villoro, capaz de leer una semifinal como quien lee un texto, atento a los himnos, a los apellidos y a las genealogías. Frente al desencanto de Caparrós, que desconfía de la victoria, él celebra lo que el juego todavía guarda de infancia y de oficio. Y deja una idea que sirve más allá del futbol, que la grandeza abstracta cuenta menos que la que se demuestra en el terreno concreto y a la hora exacta.

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