Salvador Camarena arranca con una anécdota que se le volvió en contra. Días después de que Sheinbaum recibiera el bastón de mando, en septiembre de 2023, la visitó en su búnker de campaña y le comentó que le habían hecho gracia unas fotografías de los gobernadores morenistas con ella: caras largas, ningún gesto de placer. El columnista atribuyó entonces aquellas expresiones a un sermón recién recibido y se lo dijo con una profecía, no saben lo que les espera, nunca han conocido exigencia igual. De lo que ella respondió no dice palabra, y explica por qué con una regla de oficio que conviene subrayar: en un encuentro así uno es dueño de sus palabras y no de las ajenas.
Casi tres años después, admite, su lectura envejeció mal. La imagen que elige para decirlo da título a la columna, tiene «dos esquinas rotas».
La primera es que la Presidenta no ha logrado contagiar su propia dedicación. El tesón con que empuja su agenda le parece «aliento solitario», un repicar de campana laboriosa que se pierde en cada una de las entidades gobernadas por aquellos que la felicitaron, sin que nadie lo imite ni lo replique.
La segunda esquina rota es un elogio con filo. Camarena reconoce la sobriedad con que Sheinbaum encarna el modo obradorista, desde la «cabeza fría» hasta su presencia pública, y le concede algo que en su gremio se regatea: encontró un estilo propio, y hasta notable por su buen gusto. La pregunta que lanza vale por todo el párrafo, «¿quién dijo que la justa medianía estaba condenada a lo rascuche o a lo fantoche?». Y ahí está el filo: por eso mismo contrastan más los excesos y los derroches de tantos en su movimiento. De un lado una presidenta empeñada en su apostolado, del otro «la nutrida y revuelta cauda» de quienes son todo menos imitadores de su austeridad. De ahí la pregunta que el columnista deja caer sobre el bastón que ella se ganó: ¿manda?
El caso con el que prueba su tesis obliga a un contexto grave. La ofensiva antiinmigrante de la administración Trump se aceleró, y los escándalos por los excesos del ICE, dice Camarena, mutaron hacia una discrecionalidad más eficaz para detener migrantes. En ese marco ocurrió lo de Houston. El 7 de julio, en Magnolia Park, un agente del ICE disparó contra Lorenzo Salgado Araujo, mexicano de 52 años, originario de Tlatlaya, que llevaba unos 35 en esa ciudad, trabajaba en la construcción y era padre de tres hijos. Murió horas después. El Departamento de Seguridad Nacional sostiene que intentó embestir con su camioneta a un oficial, versión que la familia rechaza y que el FBI investiga; la fiscalía del condado de Harris no le halló antecedentes penales. Camarena lo califica de operativo salvaje e indignante, y agrega el dato que ordena la columna: la cancillería inició procedimientos para presentar denuncias penales contra las autoridades estadounidenses por diecisiete connacionales, catorce muertos bajo custodia y tres en operativos.
Esa batalla será compleja y delicada, escribe, con la diplomacia mexicana alzando la voz por sus migrantes mientras Washington atiza la persecución de políticos mexicanos por presuntos nexos criminales. Y de ahí su exigencia: la Presidenta merece estar acompañada «de las mejores manos y mentes».
Lo que sigue es el reproche. La cónsul de México en Houston, María Elena Orantes, fue nombrada en la primavera de 2023, de modo que nadie puede llamarla recién llegada y tenía todo para encabezar la defensa de la comunidad. Pero la semana pasada, sostiene el columnista, le pareció más importante festejar su cumpleaños en Chiapas. Se apoya en la periodista Dolia Estévez, que divulgó datos del festejo y señaló que Orantes no estuvo en Houston, por vacaciones, para atender a la familia de Salgado Araujo ni a una comunidad conmocionada. Camarena suma testimonios chiapanecos, según los cuales la cónsul había reservado varias mesas a su nombre en un restaurante tradicional de Tuxtla Gutiérrez.
El señalamiento de fondo es el doble encargo. Orantes, que viene del PRI y, según el columnista, pasó después por Movimiento Ciudadano, combina el consulado con la presidencia internacional del colectivo 50+1, lo que le implica giras y actividades. El dato es público y verificable, y la propia presidenta lo conoce: el 17 de junio, en la mañanera, le denunciaron que la funcionaria dobletea, con viajes a Europa incluidos. Su respuesta fue tajante. De ser cierto, dijo, «está muy mal, muy mal», porque los consulados no son para promoción personal ni de un partido o una organización, y su primera función es apoyar «a los hermanos migrantes». Cerró anunciando que el canciller Roberto Velasco tomaría nota para hacer un llamado de atención.
Un mes después, remata Camarena, cuando el ICE mató a un mexicano en Houston, la cónsul ni siquiera coordinó a distancia los trabajos del consulado que le encargaron Sheinbaum y Velasco. El columnista lo presenta como botón de muestra de su tesis: la ética de trabajo de la Presidenta es muy suya, y acaso de unos pocos a su alrededor, sin llegar a ser filosofía general en un terreno que ella misma considera prioritario. El contraste con que lo cierra es demoledor. La mandataria no ha descansado ni una semana en casi dos años; su cónsul no interrumpió las vacaciones cuando mataron a un mexicano en su circunscripción.
De ahí la enmienda que se hace a sí mismo. Leyó mal aquellas fotografías de gobernadores circunspectos, porque ni ellos ni muchos otros la toman como ejemplo, ni razonan que si la Presidenta no descansa ellos tampoco tienen derecho a hacerlo. Su última línea es la que se queda, «ella en Palacio es disciplinada, todo el resto es una pachanga».
Vale anotar la distancia editorial. Los hechos institucionales resisten la comprobación: la muerte de Salgado Araujo y la investigación federal, la acción legal por diecisiete casos, el nombramiento de Orantes en 2023 y su presidencia en 50+1, que la prensa ha documentado en paralelo a su cargo. Los señalamientos sobre el festejo, las mesas reservadas y la falta de coordinación provienen del reporteo de Estévez, de testimonios que el columnista no identifica y de su propia lectura; la columna no recoge la versión de la cónsul, que hasta ahora no ha respondido en público. Camarena, además, escribe desde la simpatía hacia la Presidenta, algo que da peso a su reclamo y también lo condiciona.
El valor del texto está en la pregunta que deja abierta, buena para cualquier gobierno. Camarena separa el mérito personal del resultado institucional, y muestra que la virtud de quien manda se agota si se queda en la cúspide sin bajar al aparato. Un país se gobierna con algo más que el ejemplo de una sola persona, por incansable que sea, y en esa distancia entre la disciplina de Palacio y la pachanga de los demás cabe buena parte de lo que un ciudadano recibe, o deja de recibir, en la ventanilla de un consulado.







