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El país que pasa mercancías

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Reflexión a partir de la columna «Por qué no hay inversión: otra explicación», de Jorge Zepeda Patterson, publicada el 22 de julio de 2026 en El País

Jorge Zepeda Patterson entra a un debate que en México suele resolverse por consigna: por qué no llega la inversión. Reconoce el esfuerzo de Sheinbaum por atraerla y admite que hasta ahora no ocurre, o sucede en términos muy modestos. La explicación más citada, «la preferida de críticos y oposición», atribuye esa parálisis a la desconfianza que generan las decisiones del gobierno, en particular la reforma judicial y el control político de los tribunales. El columnista concede que los empresarios lo mencionan, pero sostiene que el grueso de la respuesta está en otra parte.

Su razonamiento arranca por lo elemental. Un empresario invierte o se abstiene en función del rendimiento esperado y del riesgo. Y su temor principal, dice, tiene menos que ver con que el gobierno le dañe el negocio o se lo quite en tribunales que con la volatilidad de las condiciones económicas, incapaces de garantizar la estabilidad mínima que exige cualquier operación nueva. Esa inestabilidad tiene un origen, «el tsunami económico que tiene al mundo de cabeza».

Sobre ese piso común coloca la peculiaridad mexicana, que es su aportación. Trump, escribe, necesita a México «como trampolín para terciar las mercancías, maquinaria e insumos que Estados Unidos requiere de China y su esfera de influencia». Está atrapado, dice, en una promesa que no puede cumplir, y esa simulación no reconocida es la que impide avanzar hacia el nearshoring o hacia una industrialización que sustituya importaciones.

Para explicarlo, el analista retrocede tres décadas y media. Durante ese tiempo, México apostó por la integración comercial con Estados Unidos y por una industrialización subordinada a las cadenas productivas del norte, con un error que hoy se cobra: no creó líneas de abastecimiento nacionales. Como los insumos y la maquinaria se importaron desde Oriente, el país se volvió potencia exportadora sin generar efectos multiplicadores. El resultado lo resume una cifra, a diferencia de Corea o China, México creció apenas 2% anual en lo que va del siglo, con enormes brechas regionales, sectoriales y sociales.

Lo que llegó con Trump, argumenta, es una versión ampliada y distorsionada de ese mal arreglo. Pese a la hostilidad y a los aranceles, México desplazó a China como principal proveedor del mercado estadounidense, y la diferencia crece mes con mes. Los datos oficiales lo confirman con holgura: en mayo, Estados Unidos importó desde México por 54 mil 180 millones de dólares, cerca del 17% de sus compras totales, mientras China cayó al cuarto sitio, con poco más del 7%, superada incluso por Taiwán. Zepeda le quita misterio al asunto, las tarifas promedio aplicadas a las mercancías mexicanas siguen siendo más bajas que las del resto del mundo.

El problema, y aquí está el corazón de la columna, es cómo se logró ese liderazgo. Para el analista fue obra de la intermediación, con el célebre nearshoring todavía pendiente. Las exportaciones crecieron, pero las importaciones lo hicieron a la misma velocidad o más, y lo que traemos de China y de su órbita también se multiplicó. No surgieron fábricas ni empleos para sustituir lo que viene de Oriente; lo que brotó, escribe, es «una febril actividad comercial, imaginativa y cambiante» para mover mercancías por rutas que esquivan las represalias de Washington. La estadística respalda la sospecha, las compras mexicanas de bienes intermedios crecieron casi 30% anual en mayo, señal de que se importa para reexportar. Y remata con el dato que más pesa para el país, esos arreglos comerciales, muchos de ellos efímeros, resultan mucho más seguros que invertir a mediano plazo en un proyecto industrial.

De ahí sale su diagnóstico sobre la trampa. México, dice, está atrapado en el fracaso de Trump, en la imposibilidad de que la realidad se ajuste a su aspiración de que lo que consumen los estadounidenses se fabrique en su territorio a costos de México o de China. El presidente seguirá asestando «piñatazos a diestra y siniestra» con tarifas, convenciéndose a sí mismo y a su electorado de haber ganado algo, mientras el arancel encarece el producto para los hogares de su país. Nunca reconocerá, sostiene, que México es el aliado natural para producir en Norteamérica lo que hoy se trae de Asia. Y ahí queda el nudo: no puede prescindir del trampolín mexicano sin provocar carencias o precios excesivos, pero tampoco permitirá que la producción se instale aquí, y su berrinche permanente por el déficit comercial, sumado al TMEC en vilo, perpetúa una incertidumbre que introduce riesgos excesivos para la mayoría.

El cierre es una advertencia sobre el debate mismo. No hay estrategia clara para neutralizar esa zozobra ni forma de predecir los arrebatos de Trump, más allá de la prudencia para no provocarlos. Algo puede hacerse en los márgenes estrechos que quedan, y Zepeda valora que las élites políticas y económicas hayan empezado a compartir criterios. Pero su mayor reparo apunta a la comodidad de la explicación fácil: sobrepolitizar el asunto, reducirlo a que la culpa es del gobierno, «subestima la magnitud y el hecho de que estamos atrapados en una situación inédita». No minimiza el peso de la inseguridad, las extorsiones o el alza salarial en el pesimismo empresarial, pero pide no subestimar la intensidad de la tormenta.

Vale anotar la distancia editorial. La columna es de opinión y su autor escribe con simpatía hacia el gobierno, de modo que su reordenamiento de causas, que desplaza la reforma judicial del centro, es una tesis discutible y no un consenso entre economistas. Un dato merece matiz: Zepeda afirma que las exportaciones mensuales casi duplican las de hace dos años, cuando el salto real, con cifras del censo estadounidense, ronda un tercio; el récord es indiscutible, la magnitud queda alta. Lo demás resiste el cotejo.

El valor del texto está en el desplazamiento del foco, del pleito doméstico a la mecánica del comercio. Zepeda muestra que ser el primer proveedor de la mayor economía del mundo puede convivir con no crecer, si lo que aumenta es el tránsito de mercancías ajenas y no la fábrica propia. Para el lector mexicano queda una pregunta que ninguna discusión sobre tribunales resuelve: qué se hace cuando el mejor negocio del país consiste en pasar cosas de un lado a otro, y cuánto durará esa ventaja que depende del humor de un solo hombre.

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