No tengo vocación docente y tampoco me interesa tenerla. No sirve de nada. Al contrario, degrada la dignidad. Con frecuencia, quien la ostenta lo hace más por presión social que por convicción propia. Al trabajar bajo el supuesto de que la vocación es la responsable del bienestar personal y laboral del trabajador, se pierden de vista las condiciones legales, estructurales, disciplinares y sociales de la función docente. Lo peor que le puede pasar a una profesión es basar su progreso en «vocaciones».
Un maestro no es mejor en la medida en que alardea tener vocación. La enseñanza debe basar su efectividad en los métodos empleados, no en la promoción que un maestro se haga a sí mismo, pavoneando amor por la educación y por los alumnos. Enseñar es una tarea práctica y empírica, no una de fe.
La «vocación docente» me ha obligado a tolerar miseria y precariedad. A tener que ofrecer un trabajo de calidad sin importar la falta de materiales. Porque supuestamente, un maestro puede hacer con lo mínimo, lo máximo. Mientras las demás profesiones progresan gracias a la mejora de las tecnologías y materiales empleados, en la docencia basta cualquier cosa en la que se pueda escribir y cualquier lugar en el que uno pueda ser escuchado.
Resulta que al maestro con «vocación» le es imposible hacer humor de su cotidianidad. Esto aun cuando el chiste sea contado fuera del centro de trabajo, del horario laboral y cuidando de no exponer imágenes ni datos personales de sus usuarios. Ni siquiera si lo hiciera en sus redes personales. No puede hacer humor porque la policía de la «vocación» anda por ahí, vigilando y eligiendo con qué ofenderse para reprocharle al maestro el disfrute de su libertad.
Se disuelve el pensamiento crítico si se acompaña de «vocación». Aquel maestro que se atreva a señalar al sistema educativo de fallos, errores y absurdos, queda automáticamente señalado con falta de compromiso. No ocurre lo mismo con los abogados, por ejemplo. Un abogado estudia la norma del Estado al que sirve, y es gracias a sus críticas que éste mejora. Si no lo hiciera, tendríamos un marco jurídico más rezagado y obsoleto. ¿Por qué el maestro se atreve a criticar en tan poca medida el servicio educativo? ¿Contamos con un sistema educativo óptimo e inmejorable? Pobre de aquel maestro que lo haga. Dicen algunos colegas «¿Cómo se anima a criticar aquello que le da para tragar?»
No quiero practicar la humildad de la «vocación docente». Esa actitud permisiva de señalamientos por parte de quien ni inepta idea tiene sobre educación y aprendizaje. Ni haber sido estudiante ni llevar tres chiquillos a la escuela otorga competencia para hablar de enseñanza. ¿Acaso un enfermo crónico que ha pasado años en el hospital obtiene algún certificado para poder hablar con mayor autoridad sobre patología que un médico?
Con la vocación, se entiende que se tienen que extender las jornadas de trabajo, sacrificar asuntos personales y absorber tareas que no corresponden. Yo realmente no encuentro placer en eso. Las grandes industrias siempre piensan en producir más y mejor con la menor cantidad de recursos. ¿Por qué la enseñanza requiere tantos para generar tan poco?
Si a esa sumisión le llaman «vocación», entonces yo no la tengo y no me interesa tenerla. Yo no busco alardear de mí mismo. Los resultados de los métodos empleados hablarán por mí. No quiero tolerar miseria ni precariedad, quiero condiciones dignas. Mi humor en mi espacio personal no es negociable. Soy un profesional de la enseñanza, no un sectario; es mi deber ejercer este servicio críticamente. Estoy abierto a la discusión y las observaciones, pero no esperen de mí una humildad que sirva de tapete. No haré de más, aun cuando tenga las competencias para ello. La formación que se forja no debería ser carga ni lomo para que ociosos, vagos y holgazanes posen en ella. No necesitamos «vocación», necesitamos mejores condiciones.







