Mientras el medio cultural despide a Ediciones Era con elegías, Guillermo Schavelzon publica en Facebook una lectura a contracorriente, más severa y más incómoda. El sello mexicano, fundado en 1960 y casa de José Emilio Pacheco, José Revueltas, Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska, anunció el 17 de agosto su cierre tras 66 años, con una carta que atribuye el final a un mercado del libro que «cambió tanto» que ya no les permitía vivir de las ventas. A ese argumento responde el agente literario con una frase que no admite consuelo: una editorial no cierra porque el mundo del libro cambió, cierra porque sus gestores «no supieron ver, entender ni actuar frente al cambio».
Su primer golpe es una analogía doméstica. Si hoy enviáramos un mensaje urgente por correo postal y llegara tarde, escribe, el culpable sería quien lo envió, más que el correo. Que todo cambia es una obviedad, y por eso le parece pobre excusa. Enseguida vuelve la propia historia de Era contra la carta: sus fundadores, recuerda, hicieron lo contrario de lo que se estilaba entonces, con otra ideología, otros autores, alta calidad gráfica y un diseño de vanguardia, todo lo opuesto a la tendencia que lideraba el mundo Novaro. Adaptarse a la época, sugiere, fue justo lo que Era supo hacer en su origen y olvidó al final.
De ahí extrae su regla del oficio. Una empresa que no puede cambiar necesita al menos el instinto de venderse a tiempo o de pedir ayuda profesional. Schavelzon desconfía de la línea noble, esa de «preferimos cerrar antes que vender a un grupo multinacional», y sospecha que en realidad ya no quedaba nada que vender. Aquí conviene contrastar su corazonada con lo que dijo la propia editorial, que apela a los números más que al orgullo: la red de librerías previa a la pandemia desapareció, las ventas se desplomaron a la cuarta parte, y para cerrar sin caer en deudas impagables vendieron su casa de la colonia Roma. Ese último gesto, el de liquidar el patrimonio para pagar y despedirse en orden, encaja mal con el reproche de que faltó instinto de supervivencia.
El agente insiste con ejemplos. Se pregunta qué sería de Siglo XXI si hoy hiciera lo mismo que hace medio siglo, cuando Arnaldo Orfila Reynal la fundó, y responde que hay docenas de casos, de éxito y de fracaso, porque todo cambia y a veces gusta y a veces no. Su dato más fuerte es de mercado: en México la venta de libros crece, la industria es sólida y los lectores aumentan. Si el negocio va bien, deduce, el cierre no se explica por el negocio. Su tesis la enuncia sin anestesia, «las editoriales no cierran ni quiebran por culpa del mercado, sino por culpa de quienes las dirigen», y la firma con autoridad, porque a eso se dedica y también lo ha vivido en carne propia.
La afirmación es valiente y tiene una parte de razón incómoda, la de que culpar al mercado es una abstracción que a nadie responsabiliza. Pero conviene sopesarla con lo que ella misma deja fuera. El derrumbe de las librerías tras la pandemia golpeó a muchas casas a la vez, más que reflejar el descuido de una sola, y hasta sellos bien administrados han penado con el mismo desplome de puntos de venta. Que existan más lectores no significa que compren más libros nuevos ni que lleguen a las mesas de las pocas librerías que quedan. Entre la culpa del mercado, que exculpa a todos, y la culpa de los gestores, que exculpa al sistema, la verdad de Era parece habitar en el cruce de las dos.
El valor del texto está en que rechaza a la vez la elegía cómoda y la excusa cómoda. Frente a un coro que llora el cierre como una fatalidad, Schavelzon reintroduce una palabra que las despedidas suelen evitar, responsabilidad, y obliga a preguntar si la muerte de una institución fue destino o falta de lectura de su tiempo. Su dureza acaso se pasa de frenada, porque el colapso de las librerías es real y no imaginario, pero su incomodidad es fértil. Y al final, el disidente se descubre parte del duelo, porque cierra lamentando la pérdida de un proyecto que fue, escribe, la vanguardia de la edición moderna en América Latina. Resulta que también él quería a Era.
Guillermo «Willie» Schavelzon (Buenos Aires, 1945) es uno de los agentes literarios más reconocidos en lengua española, con más de medio siglo en el oficio. Fue librero y editor en Argentina, México y España: fundó la editorial Galerna, creó en México el sello Nueva Imagen y el Centro de Promoción del Libro Mexicano (Cepromex), y dirigió en Madrid sellos como Alfaguara, Aguilar y Ediciones El País, además del Grupo Planeta en Argentina. En 1998 fundó la agencia Schavelzon Graham, hoy con sede en Barcelona, que representa a cerca de cien autores en español. Es autor de El enigma del oficio. Memorias de un agente literario (2022) y mantiene un blog muy leído sobre el mundo de la edición. Su mirada sobre Era viene, pues, desde dentro de la industria, parte de ella vivida en México.







