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Razones de sobra para hacer política frente a los problemas de la economía

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Corrupción, impunidad, irresponsabilidad, endogamia, improvisación, cleptocracia, kakistocracia, todo ello va en una misma bolsa de descomposición. Una de las consecuencias, es la simulación democrática y la dura realidad de las desigualdades. De ello deriva la furia social, la inconformidad, la violencia en todas sus formas.

En el prólogo de la obra que significó una segunda revolución copernicana, Alberto Einstein describe su obra como “librito”. Se trata de la Teoría General de la Relatividad, en donde el autor se complace al asegurar que su comprensión “exige una formación de bachillerato aproximadamente”.

Lo mismo ocurre con el libro «Reflexiones en torno a las raíces estructurales de la desigualdad en México (el lado oscuro de un desarrollo suspendido)», de Manuel Aguilera Gómez y Felipe Riva Palacio Guerrero. Esta obra cumple con la expectativa de los expertos en la materia y lo mismo puede comprenderse por diletantes.

Aquí, intentaré hacer una breve reflexión derivada de la lectura de dicha obra. Me parece que, de la misma manera, resulta conveniente poner de relieve un tema en el que coinciden North, Stiglitz y Krugman, entre otros: las soluciones a los problemas en la esfera económica, se encuentran no en la esfera de la economía, sino de la política. Creo que, en ese sentido, los autores del libro convergen al referirse a “factores propagadores y profundizadores de la inequidad, imbricados tanto en las políticas públicas (sobre todo en el sector financiero) como en la estructura del poder político y el entramado social”.

Hay razones, éticas o estéticas, para amar o para odiar un libro cualquiera. Por razones estéticas, si el ejemplar combina o no con el resto de la colección o con el color del librero en la sala. Por razones éticas se puede odiar o amar un libro: esto solamente puede ser si resulta o no, provocador para el pensamiento.

La obra de don Manuel Aguilera Gómez y de Felipe Riva Palacio Guerrero, despierta obligadamente el interés de quien piense. No es del interés de quien piense porque uno pueda coincidir con sus argumentos, sino por el rigor intelectual que hace a un lado el furor visceral que suele provocar el tema. Adelanto: creo que la obra es provocadora porque coloca en el centro de la agenda pública, un tema que debería ser el tema del siglo XXI. La igualdad, por cierto, concepto imposible de ser desligado del de la democracia.

La democracia fue el signo de los tiempos durante el siglo XX. Hoy, en un escenario donde parece que la democracia traquetea y hasta parece amenazar con atorarse, el signo de los tiempos debería ser el de la igualdad. Cuando hablamos de democracia, hablamos en cierto modo también de igualdad.

Cuando los autores tratan el tema de la desigualdad y ahondan en el estudio de sus más profundas raíces, bordan también en torno a la política en su más profundo significado. En ese mismo orden de ideas, tratar de igualdad también obliga a tratar sobre democracia y libertades.

Cuando hablamos de política hablamos de democracia. Hablar de la democracia nos lleva al tema de la elección de autoridades, de representantes populares. Eso nos lleva obligadamente a tratar el tema de políticas públicas. Esas políticas públicas deben, por tanto, garantizar el ejercicio de todos los derechos para todos. Quedamos pues, ante el escenario de los iguales; igualdad de derechos, de oportunidades y por tanto, de un umbral mínimo de bienestar para todas las personas.

Ahora bien, hablar de democracia también implica hablar de equilibrios y de mecanismos de contención. Contención ante el abuso del poder, económico o político o de ambos, concentrados en su forma fundamentalista, en uno solo. Equilibrios mediante la aplicación de pesos y contrapesos; no concebidos estos como una especie de “turnismo”, en el que unos se turnan en el ejercicio de poder en el afán de los ciclos de las venganzas y los paredones.

La obra por eso nos resulta provocadora. Porque en todo su trayecto de razonamiento y demostración documentada, no se puede desligar el crecimiento del desarrollo, la política de la democracia, ni las políticas públicas de los resultados. En este último punto, vale tener en consideración una explicación para la ruta que siguen los autores: una economía que no sirve a las personas, no es economía.

Los autores anuncian desde la introducción, la posibilidad de realizar políticas públicas factibles, que “sólo requieren de voluntad y destreza políticas para instrumentarlas”.

Se elabora un brevísimo recorrido desde la conquista hasta el porfiriato, para luego profundizar un poco más en la etapa posterior a la Revolución. Más adelante define un periodo que va desde el cardenismo hasta los años ochenta.

Luego hace una sucinta disección de los últimos 34 años, en los que los autores plantean algunas de sus características como el estancamiento, el debilitamiento del Estado, el abatimiento del poder presidencial, la privatización de los activos nacionales y una democracia enmarcada por crisis permanentes. Como tenía que ser, todo los lleva a concluir que en algunas regiones imperan los signos de un Estado fallido.

Los autores nos presentan, de manera iconoclasta, una crítica cuidadosamente documentada al llamado “Milagro Mexicano”. Esa crítica parte de reconocer tres ejes rectores de esa etapa: la generación de empleo rural y urbano, control inflacionario y promoción del crecimiento.

Primero crecer, luego distribuir, parecía ser la promesa, sugieren los autores citando a don Antonio Ortiz Mena. Las graves fisuras de esa tesis se manifestaban en diversos planos. Uno de ellos, quizá el que más radicalmente revela lo que ocurría, es la forma en la que se diseñó la seguridad social, que “se instauró como una tarea complementaria a las acciones de protección a la salud y se desestimó el pago de las cuotas inherentes a la incorporación al régimen de pensiones y jubilaciones”. Dicho de manera irónica, el Estado de Bienestar quedó reducido a la omnipresencia del Seguro Social.

Nos hacen otro adelanto: salvo las ideas provenientes del marxismo, el pensamiento económico se desentendió del fenómeno de la distribución.

Las personas se afanan en la solución de sus necesidades. Lo hacen de cualquier manera ante la ausencia de políticas públicas que influyan o sirvan en los procesos de asignación del ingreso. Para entrar en detalle, los autores se refieren a la presencia de la competencia, a la informalidad y naturalmente, al tema de los salarios.

El análisis tiene como sustento la información oficial. Esto es importante que sea señalado porque una de las conclusiones más rudas en esta materia, es que de 2004 a 2014, la productividad del trabajo aumentó en un 33.6 por ciento, mientras que el salario real declinó 16.6 por ciento. Ese fenómeno se manifestó en todas las ramas productivas y en cualquier tamaño de empresa según los datos que nos revelan los autores de la obra.

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