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martes, agosto 25, 2026
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“Lo verdadero es el todo”

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De una larga inmersión en el “mundo de Sofía” recuerdo con particular claridad, un pasaje de la “Historia de la Filosofía” de Eustachio Paolo Lamanna en el que muestra que las dos grandes tradiciones filosóficas de la modernidad occidental derivan de la problematización de los métodos de la ciencia moderna: la inducción ―que parte de lo particular percibido por los sentidos― y la deducción ―que parte de lo universal intuido por la razón y desembocan [esta es una afirmación mía] por un lado, en un saber limitado al pretender universalizarlo o trascender lo verificable y en una y, por el otro, en un saber absoluto y total.

En tiempos más recientes, esta dualidad se ha hecho presente en la tensión entre el pensamiento anglosajón de corte analítico [básicamente británico y estadounidense] y el pensamiento “continental” de corte fenomenológico-hermenéutico [básicamente alemán y francés] y ha llegado incluso, a ese mundo posmoderno del fragmento y de la posverdad.

Y sin embargo, la pretensión de verdad parece seguir presente no solo en la investigación y en los grandes debates, sino también en la lucha por la hegemonía discursiva en los ámbitos más diversos y que, probablemente, alcanza su culmen en la denominada “guerra cultural” y su mayor virulencia en el campo de la política, mundial, nacional y local…

Al esbozar mentalmente estas “palabras” ―cuyo tema central será el de la seguridad― pensé, en un primer momento, que la tensión entre el discurso oficial y el discurso crítico podría tener como marco de referencia la dualidad percepción sensible-intuición racional; en un segundo momento, que su marco de referencia podría ser entre afirmaciones específicas como en el pensamiento anglosajón y explicaciones amplias de cuño hermenéutico. Pero, en un tercer momento, creo que el marco más pertinente en este caso ―que, curiosamente intentará un análisis del asunto― tiene que ver con la tensión entre el fragmento con pretensión de verdad suficiente, utilizado como evidencia de buen gobierno y un “todo”, que no es ni puede absoluto, sino una visión que une fragmentos con la pretensión de ofrecer un panorama amplio de sentido crítico.

Creo estar en lo correcto al afirmar que el logro más significativo de la administración federal anterior lo constituyó la disminución significativa del número de personas en pobreza en nuestro país posibilitado principalmente por el aumento al salario mínimo y que ese logro fortaleció en muchas personas la veracidad del lema “por el bien de todos primero los pobres” y también, al sostener que, hasta el momento, el logro más significativo de la actual administración tiene que ver con la disminución del número de homicidios, el cual es presentado como un avance general en materia de seguridad e, implícitamente, como un éxito del abandono de la estrategia de seguridad orientada, prioritariamente a la atención de las causas sociales y del lema “abrazos, no balazos”.

Al igual que en el caso de la disminución del número de personas en pobreza, la disminución del número de homicidios a casi dos años del inicio de la presente administración es reconocido ―prácticamente por todos― como un hecho innegable, lo que no obsta para cuestionar la dimensión de la disminución que proclama la versión oficial, ni tampoco para cuestionar el que esa disminución represente un avance tan amplio y significativo en materia de seguridad como lo afirman los medios oficiales de comunicación.

Como muestra, un botón…

En el reporte de la incidencia delictiva del mes de agosto de 2026 se pueden visualizar dos gráficas que muestran la disminución del 51% [de 86.9 a 42.5, es decir, 44 homicidios dolosos menos por día] que ha experimentado en promedio diario de homicidio doloso a nivel nacional entre septiembre de 2024 y julio de 2026, es decir, en menos de dos años.

Frente a los datos ofrecidos en este reporte ―así como en los anteriores― el primer cuestionamiento tiene que ver con la coexistencia de tres fuentes institucionales de datos: el INEGI, el SESNSP y la Comisión Nacional de Búsqueda; el segundo, con la reclasificación de los datos y, más particularmente, con la introducción de los rubros específicos “otros delitos contra la vida” y “feminicidios” y, el tercero, con subregistros, sobre todo en el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Las críticas más serias son aquellas que afirman que la violencia y los índices de seguridad no se miden con el dato aislado de la disminución de los homicidios dolosos. Que, al menos hay que tomar en cuenta los datos relacionados con la desaparición de personas ya que, si bien, no se puede afirmar que todos las personas desaparecidas y no localizadas están muertas, no se puede excluir ―en el contexto de violencia existente en nuestro país― que un buen número de ellas lo están, aunque mientras no aparezca el cuerpo o se cuente con alguna otra fuente de certeza no se puedan declarar muertos oficialmente [algo por cierto difícil en un país con fosas clandestinas que localizadas aún y con diversos mecanismos para desaparecer cuerpos, así como la resistencia a analizar restos óseos como en el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa], así como aquellas que pretenden mostrar lo que ocultan las cifras oficiales sobre delitos en México.

Asimismo, aquellas investigaciones que, tomando como punto de partida la innegable disminución en el número de homicidios dolosos plantean hipótesis capaces de explicar esa reducción e, incluso aquellas que detectan trucos para presentar la información de manera que magnifiquen los avances en materia de seguridad.

En materia de violencia y seguridad ―y en muchos otros ámbitos― resultan ilustrativos los análisis que llevan a cabo los organismos de la sociedad civil y las investigaciones académicas cuya función primordial no consiste en combatir tal o cual régimen, sino en ofrecer información que contextualice, cuestione, amplíe y profundice el fragmento oficial ―sobre todo cuando se transforma en propaganda― y posibilite la formación de puntos de vista sustentados que pueden incluso contradecir posturas iniciales y, sobre todo, trascender posturas emotivas provenientes de simpatías y antipatías, que han llegado a ser “el pan nuestro de cada día”, en las bendito-malditas redes sociales.

Definitivamente, la verdad total y absoluta es una quimera, una utopía imposible de alcanzar, pero parece mejor contar con un panorama verosímil que con un fragmento aun siendo veraz…

¿Será?

José Luis Olimón Nolasco
José Luis Olimón Nolasco
Académico, teólogo y filósofo. Catedrático de la Universidad Autónoma de Nayarit. Colaborador de la Secretaría de Educación Pública y de la Comisión de la Defensa de los Derechos Humanos en Nayarit.
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