Hay una frase vieja que se suelta en los corredores cuando alguien prefiere el paso ligero al taconeo ruidoso: no te oigo, traes tenis. No se trata de esconderse, sino del oficio de caminar sin aspavientos, de saber presentarse en la casa ajena con la cortesía por delante y sin necesidad de levantar polvo en la banqueta.
La estampa de este jueves entre Jasmin Bugarín y Héctor Santana retrata con precisión esa madurez de suela blanda. Para cuando se sentaron en esa sala de tonos claros, el arroz del partido ya estaba cocido desde el lunes. No había nada que regatear en lo oscurito ni pleito que apagar con bomberos; la dirigencia tomó su rumbo por mandato de género y el asunto quedó saldado con la disciplina debida. Lo que vino después, lo que capturó la cámara, fue un ejercicio de educación política que en estas tierras suele escasear.
Miren el detalle del cuadro: Bugarín llegó de tenis deportivos, con paso ágil y calzado ligero, a la sala de Santana. Fue ella quien tuvo la iniciativa de ir a saludar, de poner el cuerpo y el gesto en terreno de su compañero de movimiento. Y Héctor, impecable de bota oscura, abrió la puerta y recibió la visita con el temple que distingue a los cuadros que saben de qué lado corre el viento institucional. No hubo muecas de amargura ni caras largas; hubo la compostura natural de quien entiende que la política es una carrera de relevos y no un berrinche de cantina.
El boletín que soltó el equipo de Jasmin tras la charla no inventó nada que no se viera en los rostros. Más allá de las palabras de cajón sobre la “unidad” y el “compromiso”, el comunicado dejó testimonio de un acuerdo de voluntades ya consumado. Ella reconoció la trayectoria de quien fue el competidor varonil más visible y él validó la deferencia con una sonrisa limpia. Es la política entendida como un trámite entre adultos: la decisión ya estaba tomada y aceptada; lo del jueves fue, simple y llanamente, sellar la civilidad para que nadie invente fracturas donde hay entendimiento.
El verdadero contraste no está entre ellos dos, sino en el resto de la galería. Mientras Elizabeth López Blanco leyó los tiempos desde temprano y manifestó en sus redes un respaldo nítido, fuera de toda duda y sin recovecos, los demás suspirantes locales siguen haciéndose los desentendidos. Esos otros aspirantes que andan midiendo el agua con popote prefieren guardar un silencio sospechoso, esperando a ver si el tiempo les regala una carambola milagrosa para no comprometerse de frente.
Esa ambigüedad es miopía pura. Mientras Bugarín camina en tenis para estrechar manos y Santana la recibe con señorío de bota boleada, los eternos calculadores demuestran que les cuesta trabajo procesar la realidad sin hacer pucheros. Creen que estirar la indefinición les da importancia, cuando lo único que logran es exhibir la pequeñez de quien no sabe sumarse a tiempo a un tren que ya tiene destino y horario.
En Nayarit estamos acostumbrados a que los relevos terminen en portazos, declaraciones biliosas y amistades distanciadas. Por eso desconcierta ver a dos protagonistas resolviendo el protocolo de la unidad con tanta calma, sentados frente a frente, sin intermediarios y con un café sobre la mesa. Ella tuvo la delicadeza de buscar el encuentro con calzado cómodo; él tuvo la estatura de corresponder sin resentimientos.
Ahí se las dejo. Para que la próxima vez que lean un boletín sobre acuerdos y sumas, entiendan la diferencia entre el teatro de los que simulan y la serenidad de los que saben estar a la altura. Póngale choya al asunto, que cuando una virtual candidata llega en tenis a saludar y su par la recibe con las puertas abiertas, el mensaje no necesita gritos. La madurez existe o no existe y los que siguen sin dar la cara nomás se están quedando solos en el andén.



