Septiembre llega cada año con campañas que nos recuerdan que debemos hablar de salud mental y prevenir el suicidio. Aparecen listones amarillos, teléfonos de atención, estadísticas, frases sobre la importancia de pedir ayuda y fotografías de personas abrazándose. Durante unos días el tema ocupa espacios que normalmente le negamos. Después pasa el mes, desaparecen las publicaciones y regresamos a la misma rutina que, para muchas personas, fue precisamente la que las llevó al límite.
Hay algo extraño en la manera en que hemos decidido hablar del suicidio. Esperamos llegar hasta el último escalón para empezar a discutir lo que ocurrió en los anteriores. Nos preocupa la decisión final, pero pocas veces hablamos de los meses o años de agotamiento, aislamiento, problemas económicos, enfermedades, violencia, pérdidas, presión familiar o frustración que pueden haber acompañado a una persona antes de llegar ahí. Prevenir tendría que significar mirar todo eso con mucha más atención, y muchas veces no tenemos el tiempo para hacerlo.
Una parte del problema está en que hemos aprendido a funcionar incluso cuando ya no estamos bien. El cansancio se convirtió en una característica del adulto responsable. Dormir poco es señal de productividad. Tener dos trabajos habla de esfuerzo. No tomarse vacaciones parece compromiso. Aguantar a un jefe abusivo se interpreta como madurez. Pedir ayuda todavía provoca cierta incomodidad. Y cuando alguien finalmente reconoce que está agotado, muchas veces recibe una respuesta sencilla: hay que seguir.
El contexto económico tampoco puede quedar fuera de esta conversación. Una persona que vive preocupada por pagar la renta, sostener a sus hijos, atender una enfermedad familiar o conservar el empleo no enfrenta únicamente un problema financiero. La incertidumbre permanente también tiene un costo emocional. Cuando trabajar más horas apenas alcanza para mantenerse en el mismo lugar, aparece una sensación difícil de explicar, el esfuerzo deja de estar asociado con la posibilidad de mejorar.
México sigue siendo uno de los países de la OCDE donde más horas se trabaja y la informalidad laboral forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. Los problemas de sueño y la fatiga asociados al estrés laboral tampoco son excepcionales. Trabajar más ya no garantiza vivir mejor. Para muchas familias apenas permite mantenerse donde están.
La vivienda ofrece otro ejemplo. En Nayarit, como ocurre en otras partes del país, el crecimiento de los precios ha comenzado a separarse de la capacidad de compra de quienes viven y trabajan aquí. Hay empleados formales, profesionistas y familias con ingresos constantes que descubren que un crédito hipotecario ya no significa necesariamente tener acceso a una vivienda. La alternativa es rentar, compartir, mudarse más lejos o permanecer durante más años en casa de los padres.
No parece un asunto relacionado con el suicidio hasta que uno entiende que la salud mental no ocurre en un espacio separado de la vida. La imposibilidad de construir un proyecto de futuro también pesa. Cuando una persona trabaja durante años y sigue sin poder independizarse, formar un patrimonio o imaginar una estabilidad mínima, la frustración deja de ser un episodio aislado. Se convierte en una forma de vivir.
Y la desesperanza no siempre llega como una crisis visible. Puede parecer cansancio. Puede parecer irritabilidad. Puede parecer exceso de trabajo. Puede parecer que alguien simplemente dejó de salir. Puede esconderse detrás de una agenda llena, de una sonrisa, de una cuenta bancaria revisada diez veces al día o de alguien que sigue cumpliendo con todas sus obligaciones mientras por dentro empieza a quedarse sin recursos.
Ahí está uno de los grandes problemas de la prevención, confundimos funcionamiento con bienestar.
Una persona puede levantarse todos los días, ir a trabajar, pagar sus cuentas, llevar a sus hijos a la escuela y contestar mensajes mientras atraviesa una depresión. Puede incluso ser quien hace reír a todos. La imagen exterior no siempre corresponde con lo que ocurre internamente. Esa es una de las razones por las que algunas historias nos sorprenden tanto después de una muerte por suicidio. Quienes estaban cerca suelen decir lo mismo, parecía estar bien.
Los datos también muestran una diferencia que deberíamos tomarnos más en serio. Las mujeres aparecen con mayor frecuencia en los diagnósticos de depresión y en los registros de ideación e intentos de suicidio. Los hombres, en cambio, representan la mayoría de las muertes por esta causa.
No puede explicarse únicamente con una cifra. Hay factores sociales y culturales detrás. Las mujeres suelen tener mayor contacto con los servicios de salud y mayor disposición para hablar de lo que sienten, lo que también aumenta las posibilidades de recibir un diagnóstico. Los hombres suelen llegar más tarde o no llegar. La idea de que deben ser fuertes, proveedores, resistentes y capaces de resolver cualquier problema sigue funcionando como una barrera para pedir ayuda.
A muchos hombres se les enseñó desde pequeños que el miedo se controla, que el llanto se guarda y que los problemas se resuelven trabajando. Crecieron viendo a sus padres regresar cansados y seguir adelante, a sus abuelos enfermarse sin hablar de ello y a otros hombres esconder cualquier señal de vulnerabilidad. El resultado es una generación que puede reconocer perfectamente cuándo algo no funciona en su automóvil, en su negocio o en su casa, pero que todavía tiene dificultades para decir: yo no estoy bien.
El problema tampoco pertenece únicamente a los hombres. Las mujeres enfrentan otra acumulación de cargas, trabajo, cuidados, crianza, responsabilidades familiares, violencia, desigualdad y una expectativa permanente de estar disponibles para los demás. Que tengan mayor presencia en los diagnósticos no significa que el problema sea menor para ellas. Significa que la crisis se manifiesta y se registra de manera distinta.
Yo aprendí esa diferencia de una manera que no habría elegido. Hace algunos años, mi mejor amigo se quitó la vida. Lo había intentado antes y durante mucho tiempo nadie, o al menos quienes estábamos cerca, entendimos la magnitud de lo que ocurría. Era una persona que sonreía, hacía planes, viajaba, celebraba sus logros y encontraba la manera de hacer reír a los demás. El día de su cumpleaños, que también era el mío, dejó un último mensaje, “Perdón y gracias”.
Años después sigo pensando en aquella frase. No porque crea que había una respuesta capaz de cambiar la historia, sino porque aprendí que hay sufrimientos que no se anuncian y depresiones que nadie ve. Hay personas que siguen haciendo planes mientras intentan sobrevivir a su propia cabeza.
Por eso no deberíamos convertir cada suicidio en un examen que alguien reprobó por no detectar una señal. No siempre hay señales evidentes. Prevenir también exige profesionales, servicios accesibles, políticas públicas y redes de apoyo. La empatía ayuda, pero no sustituye la atención médica.
También necesitamos dejar de tratar la salud mental como un lujo.
Es difícil pedirle a una persona que vaya a terapia cuando está preocupada por pagar la renta. Es difícil hablar de descanso con alguien que necesita un segundo empleo. Es complicado recomendar que alguien se aleje de un ambiente laboral que lo está destruyendo cuando abandonar ese trabajo puede significar quedarse sin ingresos. Decir “cuida tu salud mental” resulta sencillo. Construir las condiciones para que una persona pueda hacerlo es bastante más difícil.
Por eso la prevención también pasa por lugares que normalmente no asociamos con ella, los centros de trabajo, las escuelas, las familias, las instituciones de salud y las políticas económicas y sociales.
Prevenir significa detectar la depresión antes de que llegue a una crisis. Significa atender el insomnio persistente, el aislamiento y los cambios de conducta. Significa preguntar cómo está alguien y tener la paciencia suficiente para escuchar una respuesta que quizá no sea cómoda. Significa enseñar a los hombres que pedir ayuda no les quita autoridad y dejar de exigir a las mujeres que sostengan todo sin descanso.
Septiembre sirve para recordarlo, pero el calendario tiene una limitación evidente: la depresión no termina cuando cambia el mes.
Los problemas que deterioran nuestra salud mental tampoco desaparecen el primero de octubre. La renta seguirá llegando. El trabajo seguirá exigiendo. Los padres seguirán envejeciendo. Las deudas seguirán existiendo. Las expectativas familiares y sociales continuarán ahí.
Por eso hablar de prevención durante septiembre tendría que servir para algo más que llenar las redes sociales de mensajes durante unas semanas. Tendría que obligarnos a mirar la vida cotidiana que estamos construyendo.
Una sociedad donde descansar genera culpa, donde trabajar más no garantiza estabilidad, donde comprar una casa parece inalcanzable para buena parte de quienes trabajan y donde muchos hombres todavía sienten que reconocer el dolor es una derrota está produciendo personas agotadas.
No todas esas personas llegarán a pensar en suicidarse. Pero algunas sí.
Y si queremos prevenir, necesitamos mirar antes.
Quizá de eso debería tratar septiembre, de llegar antes. Antes de la despedida, antes del último mensaje, antes de que alguien se convierta en una ausencia que tendremos que aprender a cargar para siempre.
Porque prevenir el suicidio también significa decirle a alguien, mientras todavía está aquí, no tienes que poder con todo, no tienes que estar bien todo el tiempo y, por favor, quédate.







