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viernes, septiembre 4, 2026
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Envejecer bien, un lujo no garantizado

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El Día del Abuelo ya pasó, lo sé. Para muchos pasó desapercibido y otros ni siquiera saben que existe, aunque buena parte de nosotros fuimos criados o acompañados por nuestros abuelos. Quiero retomarlo ahora porque hay una razón más importante que la fecha: en México, los adultos mayores suelen hacerse visibles cuando ocurre una tragedia. Aparecen en la nota roja cuando los atropellan, cuando son abandonados, cuando terminan solos en un hospital o cuando una inundación los deja atrapados en su propia casa.

Lupita es el ejemplo más reciente en Nayarit. Tenía 96 años, utilizaba silla de ruedas por una discapacidad motriz y vivía sola en una vivienda de la calle Eucalipto, en Ciudad del Valle, de Tepic, Nayarit. La corriente convirtió la calle en un cauce y quienes intentaron llegar hasta ella tuvieron que cruzar con una soga. Encontraron a Lupita inconsciente, en su silla de ruedas y sujetándose de un mueble en la cocina. La sacaron en brazos, pero ya no pudieron salvarla. Minutos después, se confirmó que había muerto.

Aquí hay un dato que debería pesar más que cualquier fotografía de la tragedia, Lupita ya había sido rescatada dos veces. Su edad era conocida. Su discapacidad también. Se sabía que vivía sola y que su vivienda se inundaba. No hacía falta adivinar que una mujer de 96 años, en silla de ruedas, tendría enormes dificultades para escapar de una inundación. Después de dos rescates, seguir esperando que la siguiente emergencia terminara igual era una irresponsabilidad. Un rescate sirve para sacar a una persona del peligro; si después vuelve exactamente al mismo lugar y bajo las mismas condiciones, lo que hubo fue una solución momentánea, no una respuesta.

Lupita trabajó durante décadas vendiendo frituras, dulces y refrescos. Con el paso de los años dejó de caminar y comenzó a utilizar una silla de ruedas, pero siguió trabajando. Vivía sola, aunque había construido una red de personas que la conocían y la ayudaban. Maestras y vecinos le llevaban comida y estaban pendientes de ella. Esa red demuestra que todavía existe solidaridad. Su muerte demuestra otra cosa, la solidaridad de vecinos, amigos y compañeros no puede ser el sistema de protección de una persona vulnerable.

No necesito ir demasiado lejos para encontrar ejemplos de lo que significa morir en soledad. Recientemente murió un tío al que apenas conocía, de nombre. Permaneció varios días dentro de su casa y su muerte se supo porque comenzó a desprenderse el olor de la descomposición, cerca de la plazuela Hidalgo. Hace algunos meses ocurrió algo parecido cerca de mi casa, un vecino murió después de quedar aplastado por un refrigerador dentro de su propia vivienda. Nadie supo lo que había ocurrido hasta que su cuerpo ya presentaba un avanzado estado de descomposición.

También recuerdo el caso de una amiga de mi mamá, que ni siquiera llegaba a los 70 años. Meses después de que su hijo muriera en Estados Unidos, ella quedó sola. Durante una convivencia con otras vecinas dijo que regresaría a su casa porque se sentía mal. Nadie volvió a saber de ella. Pasaron los días hasta que una de sus amigas, preocupada porque no respondía llamadas ni mensajes, pidió ayuda a la policía. El olor que salía de la vivienda terminó revelando lo que había ocurrido. Había muerto tres días antes, el día que dijo que se sentía mal.

Son historias que incomodan porque no hablan de personas abandonadas en una calle o de alguien dejado a las puertas de un hospital. Hablan de personas que murieron dentro de sus propias casas y cuya ausencia tardó días en ser advertida. La soledad no espera a la vejez, pero conforme las personas envejecen aumenta el riesgo de que una emergencia, una enfermedad o una caída termine convirtiéndose en una muerte que nadie descubre a tiempo.

El caso de Lupita tampoco puede verse como un hecho aislado. Especialistas estiman que entre 15 y 30 por ciento de los adultos mayores en México podrían enfrentar algún tipo de abandono. No siempre se trata de violencia física. También ocurre cuando dejan de visitarlos, los excluyen de la vida familiar, otros deciden por ellos o alguien toma su pensión sin autorización. Hay personas mayores que, después de recuperarse en un hospital, permanecen durante meses porque nadie va por ellas. Cuando el responsable es un hijo, denunciar puede significar romper uno de los pocos vínculos familiares que todavía conservan.

La precariedad económica agrava el problema. En el segundo trimestre de 2026 había 21.76 millones de personas de 60 años o más en México y 6.8 millones continuaban trabajando, como Lupita. Cerca de tres de cada diez adultos mayores permanecen en el mercado laboral. Algunos lo hacen porque quieren mantenerse activos; otros porque necesitan completar sus ingresos. La diferencia importa, porque no es lo mismo elegir seguir trabajando que tener que hacerlo porque la pensión no alcanza para comer, comprar medicamentos o pagar los servicios de una casa.

Amelia, de 69 años, trabaja como empacadora en un supermercado. Tiene una pequeña pensión y recibe el apoyo para adultos mayores, pero asegura que no le alcanza para alimentos, medicinas, luz, teléfono y otros gastos.

Recientemente vi en el muro de Facebook de una amiga el caso de Sergio, quien tiene 82 años y sigue buscando trabajos ocasionales. Llegó preguntando si podía cortar el pasto. Le pagaron por su trabajo, le dieron desayuno, café y una despensa. Son historias que pueden despertar admiración por quienes siguen trabajando, pero también deberían obligarnos a reconocer algo menos cómodo, llegar a la vejez no garantiza llegar a una vida económicamente segura.

Lo mismo ocurre en las calles. Con demasiada frecuencia aparecen titulares sobre adultos mayores atropellados: un “abuelito” cerca del mercado de abastos, otro que vendía verduras en el Centro Histórico. La prisa de un conductor y el paso lento de una persona mayor pueden terminar en una tragedia. Después vienen la noticia, la indignación y el olvido. Los adultos mayores vuelven a hacerse visibles cuando algo les ocurre, no mientras caminan todos los días por nuestras calles, trabajan, esperan el transporte, van al médico o simplemente intentan llevar su vida.

Hay un patrón en todo esto, reaccionamos cuando el problema ya es visible, cuando ya sucedió, no antes. Un adulto mayor abandonado en un hospital genera indignación. Una persona de 80 años trabajando en la calle genera compasión. Un atropellamiento genera titulares. Una inundación genera rescates. Una muerte genera discursos. Después, la atención desaparece y la vida continúa.

También aparecen quienes intentan aprovechar esas tragedias para hacer política, propaganda o negocio. Señalar una falla cuando existe es necesario; utilizar la desgracia de una persona para beneficio propio es otra cosa. Lupita no debería convertirse en un argumento para que alguien se adjudique una solución que nunca llegó cuando todavía podía servirle. Tampoco debería ser recordada únicamente porque su muerte permite exhibir las deficiencias de otros.

En su caso había señales suficientes. No era una mujer desconocida para su comunidad. Tenía maestras y vecinos pendientes de ella. Las autoridades ya habían acudido dos veces a rescatarla. Su vivienda se inundaba y ella no podía salir por sus propios medios. ¿Qué se hizo después de esos rescates? Esa es una pregunta mucho más útil que cualquier publicación de indignación en redes sociales.

Cuidar a los adultos mayores no puede reducirse a una celebración anual ni a aparecer cuando una tragedia ya ocurrió. Implica saber quién vive solo, quién tiene movilidad reducida, quién necesita ayuda para trasladarse, quién no puede sostenerse con su pensión y quién está expuesto a una situación que puede convertirse en emergencia. También implica que las familias asuman su parte. No todo abandono es institucional y no todo problema se resuelve con una oficina de gobierno.

Envejecer dignamente se está convirtiendo en un privilegio. Los datos muestran que millones de personas mayores permanecen en el mercado laboral y, para una parte de ellas, trabajar no es una elección. Amelia necesita complementar su pensión. Sergio, a sus 82 años, sigue buscando trabajos ocasionales. Lupita, con 96 años y en silla de ruedas, siguió trabajando hasta que una inundación terminó con su vida. Son historias distintas, pero en un punto toman el mismo camino, llegar a viejo no significa necesariamente haber llegado a una etapa de descanso, seguridad y protección.

La vejez que imaginamos, esa en la que una persona puede dejar de trabajar, tener una vivienda segura, atención médica y alguien que responda cuando necesita ayuda, parece estar cada vez más ligada a la cantidad de dinero y apoyo familiar que se tenga. Para muchos, envejecer significa seguir trabajando, depender de una pensión insuficiente, vivir solos o confiar en que algún vecino aparecerá cuando llegue una emergencia.

Lupita murió atrapada por el agua dentro de su propia casa. Antes de esa muerte hubo dos rescates que debieron servir como advertencia. No sirvieron.

Mientras tanto, cerca de tres de cada diez adultos mayores permanecen en el mercado laboral. Algunos porque quieren hacerlo. Otros porque necesitan hacerlo. Y quizá ese sea el dato que más debería preocuparnos. Envejecer no debería ser un privilegio. Pero para demasiados mexicanos, empieza a parecerlo.

Diego Mendoza
Diego Mendoza
Licenciado en Comunicación y Medios por la Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Estatal de Periodismo en 2021, 2022, 2025 y 2026, en las categorías de Columna, Crónica, Entrevista y Artículo de Fondo. Con gran experiencia en periodismo de datos enfocado en temas sociales y derechos humanos.
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