7.7 C
Tepic
viernes, septiembre 4, 2026
InicioNayaritMónica Miguel; la vida en un escenario

Mónica Miguel; la vida en un escenario

Fecha:

spot_imgspot_img

Los viajes —y sobre todo los viajes en avión— se convierten en un espacio propicio para conocer personas y conversar sobre asuntos triviales como el clima, las turbulencias o la estrechez de los asientos; sin embargo, muchas veces también se conocen historias extraordinarias. Hubo un tramo de mi vida en el que volé con frecuencia desde nuestro aeropuerto Amado Nervo hacia la Ciudad de México: primero en Aero California, luego en una aerolínea llamada SARO y, con el tiempo, en Aeromar, cuyos aviones de turbohélice tardaban más en cubrir la ruta pero ofrecían una supuesta mayor seguridad, aun cuando en temporada de lluvias el bimotor se mecía como hoja de guayabo en medio de la tormenta.

En aquellos trayectos coincidí con personajes fascinantes. Una tarde de 2011, mi compañera de fila fue una mujer distinguida de edad indescifrable, ataviada con sobria elegancia y con un bolso de piel reposando sobre su regazo. Era la actriz Mónica Miguel.

Nunca he sido asiduo a las telenovelas ni a las publicaciones del espectáculo, pero reconocí su rostro al instante. Tras saludarnos, entablamos la charla cordial habitual entre pasajeros; no obstante, al poco rato le pregunté si viajaba con frecuencia a nuestra ciudad. Con esa voz profunda e inconfundible y clavándome la mirada de sus expresivos ojos oscuros, me respondió:

—Soy orgullosamente tepiqueña, del barrio de El Purísimo, por la calle Lerdo. Ahí nací, y siendo muy niña comencé a actuar en las festividades parroquiales dentro del grupo de teatro del maestro Alfredo Castilla.

A partir de ese instante comenzó a hilvanar sus recuerdos mientras yo apenas intervenía para dar pie al siguiente pasaje:

—A los dieciséis años me fui a la capital impulsada por el maestro Castilla, quien vio facultades en mí, y respaldada por el entonces presidente municipal de Tepic, Alberto Medina, quien me consiguió una plaza de mecanógrafa en el Departamento Agrario. El sueldo era modesto, apenas suficiente para costear la casa de huéspedes y el pasaje del camión que tomaba a diario hacia la escuela de teatro, ubicada a unas veinte cuadras. Muchas veces hice el trayecto a pie, lo que me permitió conocer palmo a palmo las avenidas de la capital.

Durante los noventa minutos de vuelo, la actriz y directora me fue desgranando una trayectoria deslumbrante. Me relató su matrimonio con Noé Murayama, emblemático antagonista del cine nacional en los años sesenta y partícipe de títulos fundamentales como Nazarín o La sombra del caudillo. Con él emprendió el viaje al continente europeo tras ser contratado en España para proyectos escénicos y cinematográficos que aprovechaban sus rasgos orientales. Tras la ruptura conyugal, Mónica permaneció en Europa acumulando tablas en la escena y en la música popular: cantó y actuó en foros madrileños antes de dar el salto a Roma.

En una visita casual a los estudios cinematográficos de la capital italiana coincidió con Federico Fellini, quien buscaba un perfil exótico para encarnar a una gitana. Con la ayuda de un amigo fotógrafo, hizo llegar un portafolio al despacho del célebre realizador, ganador 4 veces del Oscar a la mejor película extranjera. Al revisar el material, Fellini salió de su oficina intrigado por la enigmática fotografía de la mexicana, pues le confirmaba que poseía la fisonomía exacta que requería su puesta en escena. Dirigiéndose a ella, le solicitó que permaneciera cerca de la producción. Aquella cercanía desató murmullos y suspicacias entre las intérpretes italianas que competían por el papel:

—Por mis facciones creían que provenía de Turquía o de Europa Oriental —recordó entre risas.

Federico Fellini

Radicada en la Roma de los sesenta, alternó presentaciones en locales nocturnos con ofertas internacionales; aceptó una gira por Japón para integrarse a una comedia musical y pasó varios meses en Asia. A su retorno —en tiempos donde la correspondencia postal y la telefonía de larga distancia eran lentas y complejas—, se enteró de que Fellini la había buscado con insistencia. Tras reencontrarlo, el cineasta la invitó a presenciar sus jornadas de rodaje:

—Lo acompañé a múltiples llamados. Me explicaba los tiros de cámara, la dirección actoral, me remitía a los clásicos y me contagiaba su fervor creativo. En una de esas filmaciones, sentada junto al maestro, me divisó a la distancia el dramaturgo mexicano Miguel Sabido; le hice una seña, se acercó al set y tuve el honor de presentarlo a Fellini. Fue una época formativa irrepetible —evocó con gratitud.

En 1974, tras casi una década en el extranjero, retornó a México para reanudar su trayectoria teatral y musical. Con el tiempo se convirtió en mentora de generaciones jóvenes de intérpretes; entre ellas Adela Noriega, a quien asesoró cuando la productora Carla Estrada la invitó formalmente como directora de escena y diálogo para la telenovela Quinceañera en 1987.

Adela Noriega fue una de las aprendices de Mónica Miguel

Desde esa etapa consolidó su prestigio en la pantalla chica mediante la dirección artística de melodramas como El privilegio de amar, Amor real y María Isabel. Para esta última producción insistió en trasladar los sets a paisajes nayaritas —incluyendo las márgenes del río Santiago en Santiago Ixcuintla—, donde la propia Mónica, José Carlos Ruiz y Adela Noriega encarnaron los roles estelares de una familia wixárika radicada en la planicie costera.

Al aterrizar en el Distrito Federal quise prolongar la charla. La escolté rumbo al paradero de taxis y le comenté que sin duda quedaban muchos episodios pendientes por platicar de su vida.

—Bueno, le voy a confesar—, —me faltó rodar un desnudo en la pantalla grande; habría resultado muy bonito porque gozaba de estatura, figura y porte. También me quedó pendiente un homenaje público a mi mentor, don Alfredo Castilla: el auténtico forjador del quehacer teatral nayarita en el siglo XX, quien lamentablemente falleció en el desamparo económico, elaborando arreglos florales. Y antes de que se lo pregunte: jamás fui amante de Fellini, por más que la prensa italiana se empeñara en suponerlo.

Sonrió con picardía, se despidió con un apretón de manos y se incorporó al bullicio de la terminal aérea. Sin duda, una vida de película.

Francisco Javier Castellón Fonseca
Francisco Javier Castellón Fonseca
Académico y político. Presidente Municipal de Tepic 2017-2021. Rector de la Universidad Autónoma de Nayarit 1998-2004. Senador por Nayarit 2017-2021.
spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img