En las disciplinas de la salud los efectos de una mala formación pueden observarse a corto plazo. Es evidente cuando un estudiante de esa área interviene en la solución de un problema y lo hace mal. Gracias al desarrollo científico de esas disciplinas -como nutrición, medicina, enfermería, odontología, etc.- es que se puede identificar qué ha hecho mal el estudiante y cómo corregirlo. La corrección no depende del profesor o el jefe; no es su palabra sobre la del estudiante. Es la ciencia quien dicta por qué erró, así como la forma en que deberá corregirse la situación.
Para evitar que el usuario reciba un servicio defectuoso que le complique su salud o incluso le lleve a la muerte, los profesionales de estas áreas generalmente se limitan a aplicar únicamente conocimientos científicamente válidos en la formación de estudiantes. La ciencia no sólo preserva la vida, también corta algunos egos y nos enseña verdadera humildad.
¿Creen que en las ciencias sociales y humanidades sea igual? En algunas de esas disciplinas he visto graves carencias. Según observo, muy difícilmente se identifican malos formadores y malas formaciones. De hecho, no hay interés en hacerlo. Además, los efectos de una mala formación ocurren a largo plazo, cuando se ha perdido de vista al mismo formador.
Los malos formadores y los mal formados pasan desapercibidos porque se las ingenian para convencer a los demás de lo contrario. Tienen dos o tres herramientas clave. Una de ellas es la verborrea. Hablan lo más enredoso posible para causar confusión y dolor de cabeza en el interlocutor. Pueden también charolear cargos o funciones para generar autoridad. La otra es hacerse los graciosos y simpáticos. Serán incompetentes, pero muy agradables. Así que cuidado con los que posean estas tres gemas del infinito. Fácilmente podrían quitarte una oportunidad laboral.
El alumno de ciencias sociales y humanidades que recibe una mala formación no mata a nadie. Aquí el alumno podrá decir estupideces, pero no quitarle la vida a nadie. A lo mejor, y con gracia, sus estupideces lo terminan volviendo influencer. Yo mismo he visto a profesionales de las ciencias sociales y humanidades más ofendidos por un discurso científico, al que califican de “positivista” -como si fuera insulto-, que por escuchar estupideces creativas sin fundamento.
En ciencias sociales y humanidades al error lo romantizan. A la eficacia, que es producto de la repetición controlada, la calumnian de falta de innovación. Al control de variables lo consideran una actitud autoritaria. A quien no da un paso sin revisar la evidencia científica lo tildan de falto de seguridad y de sumiso. Menos mal que en ciencias sociales no estamos a cargo de la vida, porque entonces todo esto sería ya un panteón.







