“Con hambre, la letra no entra”, dice uno de esos refranes mexicanos que sobreviven porque siguen encontrando dónde acomodarse. La frase resume una realidad sencilla, cuando falta dinero en casa, aprender puede convertirse en una preocupación secundaria frente a la necesidad de llevar algo a la mesa. Hay otro dicho que completa la escena, “uno no puede servir a dos patrones, porque con uno queda mal”. Entre la escuela y la necesidad de trabajar, muchas veces la decisión no ocurre en un salón de clases, sino en el presupuesto familiar.
Los datos de la OCDE no permiten decir cuántos jóvenes mexicanos dejan la escuela por esa razón. Sí muestran, sin embargo, una paradoja que obliga a mirar la relación entre educación y trabajo con algo más de cuidado. Entre los jóvenes de 25 a 34 años, la tasa de desempleo es de 2.7 por ciento entre quienes no terminaron el bachillerato, de 3.6 por ciento entre quienes sí lo concluyeron y de 4.3 por ciento entre quienes tienen estudios universitarios. En la mayoría de los países de la OCDE ocurre lo contrario, estudiar más suele estar asociado con una menor tasa de desempleo.
En México, conseguir alguna ocupación parece ser relativamente posible incluso con poca escolaridad. La informalidad ayuda a explicar esa diferencia. El mercado laboral tiene una capacidad amplia para absorber trabajadores sin estudios superiores, aunque esa incorporación no necesariamente se traduzca en buenos ingresos o condiciones laborales.
Nayarit ofrece una versión particularmente clara de esa contradicción. En el primer trimestre de 2025, 66.5 por ciento de su población de 15 años y más participaba en el mercado laboral, la segunda tasa más alta del país. Entre quienes formaban parte de la población económicamente activa, 97.6 por ciento estaba ocupada. Sobre el papel, son números difíciles de discutir.
La informalidad cambia la lectura, 58.9 por ciento de la población ocupada en el estado trabajaba en la informalidad, frente a 54.3 por ciento en el conjunto del país. Nayarit tenía, al mismo tiempo, mucha participación laboral y una informalidad superior al promedio nacional.
La contradicción aparece también cuando se observan los ingresos. Quienes no terminaron el bachillerato ganan 19 por ciento menos que quienes sí lo hicieron. Los universitarios ganan 56 por ciento más que los egresados de bachillerato. Estudiar tiene un rendimiento económico claro, pero buena parte de ese beneficio aparece después, mientras que la necesidad de generar ingresos puede ser inmediata.
Ahí es donde el refrán deja de parecer una ocurrencia y se convierte en una forma bastante precisa de describir un dilema. Para una familia que necesita ingresos, el salario de hoy pesa más que la promesa de un ingreso mayor en el futuro. La escuela exige tiempo; el trabajo también. “Uno no puede servir a dos patrones”, con la crudeza de los refranes, una disyuntiva que las estadísticas no siempre alcanzan a mostrar.
México ha avanzado en la permanencia escolar. Entre 2019 y 2024, la proporción de jóvenes de 25 a 34 años sin educación media superior terminada bajó de 49 a 41 por ciento. Pero la distancia con la OCDE sigue siendo enorme, el promedio es de 13 por ciento. Y después del bachillerato la pendiente se vuelve todavía más estrecha. Apenas 2 por ciento de los mexicanos de 25 a 34 años tiene una maestría o equivalente, frente a 16 por ciento en la OCDE.
La otra parte de la historia está en lo que sucede dentro de la escuela. Los resultados de PISA 2025 analizados por el IMCO colocan a México en el lugar 37 de 38 países de la OCDE evaluados. En Matemáticas, Comprensión Lectora y Ciencias obtuvo un promedio de 403 puntos, frente a 469 del promedio de la organización. En los niveles más altos de desempeño, la presencia mexicana es mínima, 0.1 por ciento en Matemáticas, 0.2 por ciento en Ciencias y 0.3 por ciento en Comprensión Lectora.
Eso vuelve insuficiente la discusión de “estudiar o trabajar” como si fueran decisiones independientes. También importa qué educación recibe quien consigue permanecer en la escuela y qué posibilidades tiene de convertirla después en una ventaja laboral. Más años de escolaridad ayudan, pero necesitan estar acompañados de aprendizajes sólidos y de un mercado capaz de recompensarlos.
El mercado mexicano, mientras tanto, ofrece una salida inmediata que la escuela no puede ofrecer, trabajar. Puede ser un empleo formal o informal, bien pagado o mal pagado, estable o precario. Para las estadísticas, basta con estar ocupado. Para una familia, la diferencia puede ser decisiva.
Por eso resulta engañoso interpretar el 2.7 por ciento de desempleo entre quienes no terminaron el bachillerato como una buena noticia educativa. Es una buena noticia si la única pregunta es cuántos están desempleados. Cambia completamente si preguntamos qué clase de trabajo consiguieron y cuánto pueden ganar con él.
La OCDE ofrece parte de la respuesta, los universitarios mexicanos ganan, en promedio, 56 por ciento más que quienes terminaron el bachillerato. La informalidad ofrece otra, Mexico tiene una tasa de ocupación de 97.2 por ciento, pero 55.1 por ciento de sus trabajadores está en la informalidad.
Las dos cifras pueden coexistir porque empleo y oportunidad no significan lo mismo.
“Con hambre, la letra no entra” no explica por sí solo el rezago educativo mexicano. Tampoco basta para explicar la informalidad. Pero sirve para recordar algo que los promedios suelen borrar, detrás de cada trayectoria escolar hay una familia que decide cómo repartir tiempo, dinero y expectativas.
Para algunos, terminar el bachillerato es una inversión que puede traducirse en mayores ingresos. Para otros, llegar al final de la quincena es una necesidad mucho más inmediata.
Y mientras esas dos urgencias compitan por el mismo tiempo, el país seguirá enfrentando una paradoja difícil de resolver, el trabajo puede estar disponible antes que la educación, pero las mayores recompensas económicas siguen llegando, en buena medida, después de estudiar.
La letra quizá sí entra. El asunto es quién puede darse el tiempo de sentarse a leerla.







