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martes, septiembre 8, 2026
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Japón: comprar el caza, no el piloto

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Reflexión a partir del segundo capítulo sobre Japón de Mundo Beto, proyecto del periodista Albert de Filippis, difundido en sus redes sociales, cierre de la serie de dos entregas

El 31 de agosto, el Ministerio de Defensa japonés pidió el presupuesto militar más grande de su historia, unos 8.9 billones de yenes, alrededor de 56 mil millones de dólares, otro récord en una racha larga de récords. Pero el número, insiste Albert de Filippis Beto, no es la noticia. La noticia es en qué se gastará y, sobre todo, lo que significa, porque un país que construyó toda su identidad de posguerra sobre el pacifismo, con una constitución que renuncia a la guerra, se está armando en silencio, sin tanques desfilando por Tokio. China ya le puso nombre, lo llama «neomilitarismo».

La lista de compras da el tono, un orquestador de inteligencia artificial para coordinar el campo de batalla, misiles submarinos, drones de ataque de fabricación masiva, una unidad de guerra cognitiva y un caza de nueva generación que Japón desarrolla junto a Reino Unido e Italia. Los analistas, apunta, dicen que esos 56 mil millones son apenas la oferta inicial, y que el monto final podría inflarse hacia los diez billones de yenes, un umbral que el país nunca cruzó. Aquí cierra el círculo con su capítulo anterior: Japón puede firmar el cheque de los misiles hipersónicos, pagar los drones y comprar el caza, pero lo que no puede comprar es a la gente que los use. Las filas siguen vacías, apenas nueve de cada cien japoneses dicen que pelearían por su país, y la puerta a los extranjeros sigue clavada. Su retrato es certero, un arsenal de potencia con la demografía de un geriátrico, la billetera de un gigante y la pirámide de un país que se apaga.

De ahí salta a lo que llama geopolítica pura, un ángulo que, dice, en América Latina se entiende en el hueso, qué haces cuando el que debía protegerte te humilla. El 18 de agosto, Estados Unidos sancionó a Tomoko Akane, y conviene fijar quién es. Akane es una jueza japonesa, presidenta de la Corte Penal Internacional, el tribunal de La Haya que juzga crímenes de guerra y genocidio. El secretario de Estado, Marco Rubio, la incluyó en la lista negra, junto al abogado senegalés Abdoulaye Seye, por investigar a funcionarios de países que no reconocen la jurisdicción de la Corte. La medida le congela bienes en Estados Unidos y la excluye de su sistema financiero, en vigor desde ese día, con un plazo hasta el 17 de septiembre para liquidar operaciones. El nudo es incómodo, el principal aliado de Japón, su paraguas de seguridad, el país que le vende esos misiles, sancionó a una ciudadana japonesa que preside una institución que Tokio dice defender.

Y Japón quedó partido. El exministro de Defensa Gen Nakatani exigió a Takaichi plantearle a Washington que retire las sanciones y defienda a Akane, todo semanas antes de que la primera ministra viaje a Estados Unidos y quizá se siente frente a Trump. Ahí Beto tiende su tercer espejo, hasta dónde puedes empujar al gigante del que dependes antes de que te cueste caro. Es la misma encrucijada que la región conoce hace un siglo, ahora en un país rico, tecnológico y del G7.

El cuarto espejo es el que llega, dice, hasta el bolsillo del espectador, viva donde viva. Durante décadas Japón fue el prestamista barato del mundo, con el dinero casi sin costo y las tasas en el piso, de modo que los inversores pedían prestado en yenes baratos para comprar activos que rendían más en otras partes, la operación conocida como carry trade. Ese río de dinero japonés regó mercados por todo el planeta, incluidos los emergentes, incluida muchas veces la región. Y ese río, advierte, empezó a cambiar de dirección. Esta semana, reporta, el rendimiento del bono japonés a diez años tocó cerca del 3 por ciento, su nivel más alto desde 1996, con la tasa del Banco de Japón en torno al 1 por ciento y una probabilidad altísima, según los mercados de futuros, de una nueva alza este mismo mes; el yen, que seis semanas atrás rozaba mínimos de cuatro décadas frente al dólar, empezó a moverse, y hasta el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, presiona en esa dirección.

Traducido, el dinero japonés empieza a volver a casa. Cuando por fin conviene dejar el capital dentro de Japón, el que financiaba al mundo se repliega, y a un repliegue de golpe lo sienten primero los mercados emergentes, los que viven de plata prestada de afuera. De ahí su advertencia más concreta, quien tenga ahorros, una hipoteca o viva en un país que se financia con capital extranjero, y en América Latina casi todos lo hacen, puede ver cómo una decisión tomada en una sala de Tokio le mueve el tipo de cambio, las tasas y el costo de su deuda. Japón, resume, dejó de ser un problema sólo japonés.

Y el nudo de todo es la deuda. Japón carga un pasivo público que supera el 240 por ciento de su economía, y por algunas mediciones ronda el 250 por ciento, de los peores, si no el peor, entre las economías avanzadas. Con esa mochila, el gobierno de Takaichi decidió gastar más de todos modos, más defensa, más estímulo, más presupuesto, financiado en buena parte con deuda nueva, en un país que envejece, produce menos y cuyos bonos ya ponen nerviosos a los mercados. Es una apuesta enorme, en sus palabras, crecer y armarse a crédito mientras te quedas sin gente, y América Latina, dice, sabe bien cómo se llama apostar el futuro con plata prestada y cómo termina cuando sale mal.

Su cierre es una letanía de contradicciones, un país que necesita extranjeros pero no los deja entrar del todo, que quiere trabajar menos pero no puede, que renunció a la guerra pero compra misiles hipersónicos, que le prestó dinero barato al mundo y ahora lo llama de vuelta. Más que una noticia lejana de un país exótico, sostiene, es «un espejo del futuro», y su moraleja la deja en una frase, el que va adelante en la curva te muestra la curva. Ahí está el valor de la pieza, en volver a Japón un diagnóstico para la región, y en mostrar que los dilemas que Beto enumera, un vecino poderoso que aprieta, un futuro financiado a crédito y una fuerza de trabajo que mengua, están llegando antes, y más concentrados, al país más rico y ordenado que quepa imaginar.

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