7.7 C
Tepic
martes, septiembre 8, 2026
InicioOpiniónOtras VocesEl país que se queda sin gente

El país que se queda sin gente

Fecha:

spot_imgspot_img

Reflexión a partir del capítulo sobre Japón de Mundo Beto, proyecto del periodista Albert de Filippis, difundido en sus redes sociales este sábado

Esta semana, en Tokio, pasaron dos cosas que parecen no tener relación y la tienen entera. Japón cuenta hoy con más trabajadores extranjeros que en cualquier otro momento de su historia, filipinos, vietnamitas y chinos que sostienen fábricas, campos, geriátricos y cocinas, hasta el punto de que, dice Beto, sin ellos el país no enciende las luces. Y ese mismo viernes, con los cuarteles vaciándose, el ministro de Defensa salió a descartar que vaya a admitir extranjeros en el ejército. Dos puertas en la misma pared: una, abierta a la fuerza porque no queda otra; la otra, clavada con tablas. En medio, la pregunta que hoy define a Japón, hasta dónde está dispuesto un país a cambiar lo que es para no desaparecer. El creador la aborda en lo que llama «los capítulos sin anestesia».

El dato que explica casi todo es demográfico. Japón tiene una de las poblaciones más viejas del planeta, la más envejecida del mundo desarrollado. Cuando a un país empieza a faltarle gente joven para trabajar, abre la puerta, y así, según cifras del Ministerio de Trabajo japonés que Beto cita, la fuerza laboral extranjera ya supera los dos millones de personas, un récord, más del doble que hace una década, cuando eran menos de ochocientas mil. La ironía la subraya él con razón, el país que durante generaciones presumió de homogéneo, cerrado y puro depende hoy de los que llegan de afuera para funcionar.

Ahí coloca el primer espejo, dirigido a su audiencia. Quien creció en América Latina conoce esta película por el otro lado, el del que se va, el mexicano al norte, el venezolano al sur, el centroamericano cruzando. Japón es justo el país que necesita a esa gente que la región exporta, y aun así, apunta, todavía no se decide a recibirla del todo.

La contradicción se ve en carne viva en el ejército. Las Fuerzas de Autodefensa no consiguen reclutas, y eso, más que un detalle, es una crisis. Un panel de expertos de la Fundación Sasakawa propuso esta semana algo impensable poco antes, admitir a extranjeros con residencia permanente para tareas no combativas, bases y logística. La respuesta del ministro de Defensa, Shinjiro Koizumi, fue un no rotundo, la elegibilidad se queda para japoneses y la prioridad son los que ya sirven. El dato que le da sentido a todo lo aporta una encuesta de WIN/Gallup de 2024, en la que apenas el 9 por ciento de los japoneses se dijo dispuesto a luchar por su país, una de las cifras más bajas del mundo cuando el promedio ronda el 50 por ciento. La frase con que Beto lo cierra es certera, «puedes comprar el arma, no a quien la dispare».

El corazón del capítulo es una palabra que quizá el lector ya escuchó, karoshi, muerte por exceso de trabajo. Gente que muere en el escritorio de un infarto o un derrame, de puro agotamiento, un fenómeno tan común que Japón necesitó ponerle nombre. Durante años la sociedad peleó por domar esa cultura, y en 2019 fijó como norma un techo de 45 horas extra al mes, una conquista ganada con muertos de por medio. Lo que Beto reporta es que, desde el 1 de septiembre de 2026, el gobierno de Takaichi soltó el freno. No derogó la ley, y el matiz importa, pero las oficinas de inspección laboral dejaron de exigir a las empresas con acuerdos especiales, cerca del 40 por ciento del total, que se mantuvieran por debajo de esas 45 horas, el umbral a partir del cual se dispara el riesgo de karoshi. Esas empresas pueden llegar por ley hasta cien horas extra al mes, y el apriete que las contenía se acabó. El motivo, dice, es que faltan manos y la economía necesita horas.

La ironía es difícil de mejorar. Sanae Takaichi, primera ministra desde octubre de 2025 y confesa adicta al trabajo, que ha admitido dormir dos horas, es quien afloja los límites contra la muerte por trabajar de más. Los sindicatos ya calificaron la medida de «retroceso inaceptable», y conviene leerlo despacio, el país que el mundo asocia con morir de tanto trabajar acaba de aflojar los frenos que tanto le costó poner, para que su gente trabaje más y sostenga la economía.

De ahí sale el segundo espejo, y éste duele. Quien vive en América Latina no necesita que le expliquen la cultura del aguante, la del que llega primero y se va último, la del que trabaja enfermo porque no puede faltar. La diferencia es que Japón ya recorrió ese camino, ya contó los muertos, ya intentó frenar, y ahora la demografía lo empuja a retroceder. Es, en palabras de Beto, «un espejo del futuro», el anticipo de lo que ocurre cuando a un país envejecido empieza a faltarle gente.

El envejecimiento, insiste, no es un número abstracto, se cuela en cosas pequeñas que dicen mucho. Japón está endureciendo los exámenes de manejo para ciertos conductores mayores con infracciones, que suena menor y no lo es, porque de fondo hay una sociedad preguntándose cómo se gobierna cuando una parte enorme de sus ciudadanos llega a edades muy avanzadas y sigue al volante, votando y definiendo el rumbo. Y del otro lado del mostrador, la demanda por entrar, los cupos del examen oficial de idioma japonés se agotan cada vez más rápido y dejan aspirantes fuera, personas de todo el mundo peleando un asiento para estudiar, trabajar y quedarse.

El capítulo cierra tendiendo un puente al siguiente. Ese hueco demográfico, dice Beto, no sólo obliga a Japón a repensar la inmigración y el trabajo, también cómo se defiende y con qué dinero, porque un país que se queda sin soldados y con una economía obligada a crecer tomó una decisión enorme, armarse en silencio, y para pagarlo, adelanta, está tocando algo que llegará hasta el bolsillo del espectador, esté donde esté. El valor de la pieza está en su método, tomar un país lejano y volverlo espejo, para sostener que Japón vive, antes que nadie, el dilema de toda sociedad que envejece, cuánto de lo que uno es puede negociar para seguir existiendo. Y deja a su público latinoamericano una vuelta de tuerca incómoda, que la región acostumbrada a verse como el lugar del que la gente se va descubra que sus emigrantes son justo lo que el futuro anda buscando.

spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img