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jueves, septiembre 10, 2026
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Adiós a las librerías en Tepic

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—¿Por qué cierran? —pregunté.

—Porque no hay ventas —fue la seca respuesta de la encargada de la caja, quien, sin inmutarse, añadió que hubo jornadas enteras donde el único ingreso fueron los doscientos pesos de un cuaderno para colorear, comprado a regañadientes por una madre ante el berrinche de su hijo—. Es triste, pero no hay nada que hacer.

Yo abrigaba la secreta esperanza de que fuera solo una estrategia publicitaria agresiva para levantar los números; que el veinticinco por ciento de descuento atrajera a la modesta grey de lectores que aún compramos libros en Tepic y que, al final, anunciaran que siempre sí: que la Librería Porrúa se quedaba.

—El sábado es el último día. El descuento del veinticinco por ciento durará hasta agotar existencias —sentenció el encargado de la librería, quien apilaba y guardaba libros en cartones.

Me asaltaron sentimientos encontrados. Sentí desánimo por mí, por los empleados que pierden su empleo, por los escasos lectores que tal vez postergaron de más su visita en busca de novedades, y por los jóvenes que difícilmente conocerán el asombro de recorrer una librería formal.

Sin embargo, la tentación de aprovechar el remate se impuso. Con todo y remordimiento, caminé entre los anaqueles e hice una selección rigurosa: uno de Umberto Eco, otro de Juan Villoro, algo de Cristina Rivera Garza, una novela de Élmer Mendoza y el indispensable Diccionario de retórica y poética de Helena Beristaín. Mil doscientos pesos en total: una ganga. Intenté pagar con la tarjeta del Banco del Bienestar, pero la terminal la rechazó, añadiendo una cuota de frustración al momento. Salí con el agridulce balance de lamentar la pérdida de la librería, pero con la dicha de llevar los libros bajo el brazo y la determinación de volver antes del cierre definitivo.

De camino a casa reflexioné en que se trata ya de la tercera librería formal de buen tamaño que desaparece de Tepic. Primero fue el espacio de Sanborns, un rincón generoso donde daba gusto hojear novedades y revistas y llevarse un buen libro recién publicado.

Después sobrevino el desmantelamiento de El Faro del Nayar, instalada en la Biblioteca Magna de la Universidad Autónoma de Nayarit. Algún comisario administrativo argumentó que la Ley Orgánica de la UAN no contemplaba la comercialización de libros y que mantenerla configuraba una falta sancionable por las instancias fiscalizadoras. Tras dos años de aquel exceso burocrático, el local sigue cerrado y el espacio, baldío.

Esto aparece en el momento en que nos mostramos consternados y hasta ofendidos ante el rezago de México en pruebas internacionales como PISA, particularmente en comprensión lectora. Los factores son múltiples y complejos, sin duda, pero el síntoma evidente del desdén hacia la cultura escrita es la agonía del libro físico: la indiferencia ciudadana, el repliegue institucional para la promoción de la lectura y el abandono presupuestal a la difusión literaria. Tres librerías de escala media —acordes con la dimensión de nuestra capital— han cerrado en años recientes sin que a nadie parezca importarle: “es el mercado”, sentenciarían los economistas neoliberales, tan criticados por el discurso oficial.

En el centro de la ciudad, sobrevive apenas un punto de venta de Educal, además de pequeños negocios familiares y tiendas religiosas con clientela cautiva. Mientras no existan políticas públicas auténticas que articulen la educación con el fomento a la lectura, y mientras la oferta editorial en Nayarit siga encogiéndose, la falta de cultura lectora seguirá cobrándonos factura. Que pena.

Francisco Javier Castellón Fonseca
Francisco Javier Castellón Fonseca
Académico y político. Presidente Municipal de Tepic 2017-2021. Rector de la Universidad Autónoma de Nayarit 1998-2004. Senador por Nayarit 2017-2021.
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