Hay cierta edad en que los amores eternos duran una noche. Lo mismo me sucedió con ciertos libros, no por insignificantes sino porque desaparecieron o se quedaron en mis mudanzas de ciudad o de alcoba. A esos pertenece Operación Masacre, del verdadero padre de la novela de no ficción, que obtuve en algún tianguis en una edición corriente, maltratada, de una editorial desconocida. Con muchos libros, sobre todo novelas, guardo una relación eterna y obsesiva, y los conservo en algún rincón no siempre identificable. La novela argentina del «fusilado vivo» no volví a tenerla después de leerla. Del autor supe después que, antes de que yo lo descubriera, había preferido la militancia en Montoneros, y que por eso la dictadura lo desapareció. Sus novelas hubieran sido mejores que su Agencia de Noticias Clandestina.







