Lejos quedó el terruño, la familia distante
y en la hora gris del éxodo medita el caminante
que hay jornadas luctuosas y alegres en el mundo:
Ramón López Velarde. Noches de hotel
¿Por qué nos sentimos cómodas en una habitación de hotel? Quizá porque una habitación de hotel suspende el tiempo en que vivimos, nos alberga de manera temporal y carecemos de responsabilidad sobre ese entorno.
La habitación solo contiene lo necesario para dormir; para pasar algunos momentos que nos dejan las actividades que realizaremos en ese lugar que no es donde vivimos. En esa habitación está solo lo indispensable: el mueble que guardará nuestra ropa para tres días, el cuarto del aseo, la mesa donde podré conectar la computadora o el dispositivo que lleve conmigo, un espejo y ya. Estoy hablando de una habitación estándar de hotel.
En las paredes de la habitación se encontrarán cuadros con pinturas sin forma, de tal manera que la usuaria pueda imaginarse lo que quiera. Es difícil encontrar símbolos de alguna religión, como antes, la Biblia en el buró. Ese dispositivo cultural ha sido sustituido por la lista de canales que se pueden sintonizar en la pantalla, las instrucciones para conectarse a internet, insertar claves para entrar a ciertas plataformas, y otras indicaciones de la comunicación digital. También encontramos los códigos QR para ordenar alimentos a la habitación o contratar masajes o excursiones si deseamos.
En algunos, habrá cuadros de paisajes bucólicos de la época colonial o costumbrista, cuya finalidad es salir del tiempo real.
Las habitaciones nos reciben desde la desnudez de la memoria. Quizá ahí radique su encanto. Me explico, en la casa donde vivimos están los objetos que han sido seleccionados para permanecer, para acompañarnos cada día: el mueble heredado de la tía, las flores traídas del patio de la suegra, la foto del matrimonio de la hija. Los objetos de la casa recuerdan nuestra historia personal, familiar y seguramente, grupal. En la habitación de hotel eso está ausente y, por lo tanto, nos sentimos libres de las ataduras contenidas en la materialidad de los objetivos. Al menos de la obligación de verlos y recordar su procedencia. Por eso, la habitación de hotel, suspende el tiempo en que vivimos. No estamos en el fluir de la conciencia personal o familiar, anclada en objetos.
El hotel nos alberga de manera temporal a partir de una fecha y hora de entrada y tiene fecha de salida. Somos dueños de ese pequeño lugar por unos días que serán pagados a un valor que puede parecer desorbitante si lo multiplicamos por lo que costaría un mes de estar ahí. Sin embargo, lo que pagamos es ese espacio de soledad, de apertura del tiempo que nos ofrece una habitación de hotel.
En el hotel podemos estar con nuestra mismidad. Escuchar nuestros propios latidos. Inventarnos que somos lo que quiera que queramos ser. Quizá por eso algunas escritoras y escritores han decidido crear sus obras en un hotel porque, como decía Virginia Wolff es necesario “tener un cuarto propio” y desde luego, no tener que asearlo, pensar en la comida, etc. Escribir, estar en contacto conmigo misma para poder organizar las ideas, dar vida a los personajes, crear las atmósferas que requiere el texto, por ejemplo.
Se sabe que Agatha Chistie escribió en el Palace Hotel de Turquía, el Asesinato en el Orient Express. Si usted puede ir, verá que la habitación 411 se conserva como homenaje a esta escritora.
Los libros se van de las manos en medio del bullicio, del acontecer de la vida cotidiana, de los pequeños quehaceres que se tienen que hacer para estar en la vida. Por eso, el silencio del cuarto de hotel, ha permitido que se convierta en un refugio ideal para la escritura.
Los cuartos de hotel son islas o no lugares porque no están atravesados por las historias personales o comunitarias. Salvo que en esa habitación haya ocurrido algo excepcional, entonces será marcado con la fecha del acontecimiento para salir del anonimato de ser, solamente, una habitación de hotel. También, algunos hoteles de todo el mundo han obviado el piso número trece, por la superstición de que se trata de un número de mala suerte. Desde luego, el piso sí existe, pero es numerado como 14. En una ocasión decidí bajar por las escaleras de un hotel y cuál va siendo mi sorpresa al encontrar que el piso 13 sí existía como tal, pero estaba en completo abandono; albergaba muebles viejos, cuadros fragmentados, sábanas derruidas, objetos olvidados por antiguos clientes. Desde entonces nunca más me aventuro a los pisos 13.
La comodidad de quienes estamos temporalmente en un cuarto de hotel la debemos a un conjunto de trabajadores y trabajadoras que sostienen esa comodidad. Como siervos modernos nos dan los buenos días desde uniformes que los hacen indistinguibles. Las personas han sido reducidas a sonrisas, ojos atentos, personas comedidas para solucionar cualquier petición. Entre menos se individualicen, su trabajo será mejor. Las mujeres peinadas con el pelo recogido; los hombres con cortes y vestimenta estándares.
Estar en una habitación de hotel interrumpe el flujo de la vida en la que estamos para ilusoriamente entrar en ese lugar sin marcas de tiempo. Pero volvemos. Regresamos a la bienvenida del ladrido que anticipa nuestra llegada, del maullido de la gata que reclama la ausencia, de la hija que dejó comida para señalar la bienvenida. Regresamos a la máscara prehispánica traída de Bonampak, a la piedra robada al volcán. Ahí, con su sola presencia en la casa, nos remontan a la que vida que nos corresponde en la línea del tiempo que hemos vivido.
Puede ser que una habitación de hotel sea una nueva versión del Paraíso: ahí está todo lo que necesitamos, la comida, el confort, la posibilidad de nombrar el mundo. Porque el paraíso es algo hecho. Alguien lo hizo para nosotras. Aunque en la tradición tenga árboles, ríos y huerta, aquí tenemos servicio a la habitación y wifi. Si una de las tareas de los seres humanos es nombrar, las escritoras que han escrito desde el cuarto de hotel han realizado esa tarea porque se han dedicado al lenguaje como en el mito bíblico.
Habitar un cuarto de hotel, aunque sea por breves días, decirte algo a ti misma, o escribir un texto, es, de alguna manera, hacer un paraíso, aunque ese paraíso lo vivas de manera fragmentaria. Quizá por eso, huimos al paraíso que significa una habitación de hotel; el tiempo sin tiempo, el lugar sin lugar.



