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Quien nunca se fue

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Reflexión a partir de la columna "López Obrador, puro", de Salvador Camarena, publicada el 7 de octubre de 2026 en El País

La víspera de que Claudia Sheinbaum cumpliera dos años en la presidencia, Andrés Manuel López Obrador reapareció con un video de más de una hora en YouTube y un libro nuevo, Pueblo, el segundo de una trilogía anunciada. El mensaje salió de su quinta La Chingada, en Palenque, y obligó a las redacciones a rehacer primeras planas: el aniversario de la mandataria terminó compartiendo portada con la voz del hombre que la antecedió. Salvador Camarena lee en ese calendario una estrategia deliberada: el movimiento obradorista intenta una nueva embestida, y el llamado procede del único sitio de donde podía venir, un fenómeno que, por más etiquetas ideológicas que reciba, sigue siendo personal.

Para el columnista, López Obrador está «de vuelta sin haberse ido nunca». La prueba, en su lectura, es el propio libro, que se mete de lleno en la coyuntura de estos días sin detenerse siquiera en su último día de gobierno, el 30 de septiembre de 2024; rompe así el pudor que un expresidente solía guardar sobre el presente. El método, describe Camarena, es el de siempre: como «amo del ciclo noticioso», elige la hora y el formato que obligan a todos a voltear. Y el propósito que le atribuye es demostrar que nadie llenó el hueco de liderazgo que dejó hace dos años, que solo él sabe encender a las multitudes y que el movimiento lo necesita.

El libro y el video, apunta, no se quedan en las manías del fundador: marcan las dianas de una campaña. La primera es la defensa de los suyos. López Obrador calificó de «canallesco» el retiro de la visa estadounidense a su hijo Andrés «Andy» López Beltrán, una medida administrativa que Washington aplicó este año y que el propio aludido tachó de politiquería. Camarena traduce el mensaje en clave de advertencia: queda avisado quien pretenda cuestionar o investigar al heredero, el gobierno incluido. En la misma línea, el expresidente absolvió al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, al sostener que Washington le fabricó «pruebas hechizas»; ni esos señalamientos ni la situación del gobernador han pasado por un tribunal.

El eje que el propio López Obrador reivindica es la soberanía. Había advertido, casi un año atrás, que sólo volvería a la calle para defenderla, y en Pueblo Estados Unidos ocupa el centro: reprueba al embajador Ronald Johnson, al que equipara con los representantes más injerencistas de la historia bilateral, y extiende la crítica a otras agencias estadounidenses. Camarena anticipa que la soberanía será su gran cruzada, con toda la carga quijotesca que esa bandera arrastra. A ella suma a sus adversarios de siempre, los gobiernos del PRI y del PAN y la prensa, para la que, dice el columnista, estrena términos ofensivos que muchos periodistas no resistirán la tentación de contestar.

De ese retrato Camarena extrae un perfil: un López Obrador de combate, liberado ya de los cálculos del que buscaba el poder y de las ataduras del que lo ejercía. Lo llama «López Obrador de trinchera», un tercer acto después del opositor y del gobernante, ahora en el papel de defensor de la patria.

Queda la relación con su sucesora, y ahí el texto afila su ironía. El libro está dedicado a Sheinbaum en términos elogiosos, «nuestra presidenta y gran orgullo», aunque, hace notar Camarena, la dedicatoria aparece hasta la página once y a la aludida no le llegó siquiera una copia anticipada. La presidenta respondió en la mañanera del 1 de octubre con calma estudiada: dijo que todavía no tenía el libro y que esperaba comprarlo, y sostuvo que su antecesor se retiró de la vida pública pero no de la política, porque escribir «también es una forma distinta de hacer política». Días después, consultada sobre las críticas de López Obrador al embajador, respondió que como Presidenta debe guardar una opinión diplomática y que lo dicho era la postura del expresidente. Uno embiste y ella acomoda los platos rotos: el poder, resume el columnista, ejercido «a doble tracción».

El relato de Camarena es, en el fondo, una atribución de intenciones: lee en cada movimiento una voluntad de recuperar el reflector y la batuta. Un lector obradorista podría devolver el argumento. Publicar un libro y grabar un video son formas legítimas de expresión política, y la propia Sheinbaum, lejos de incomodarse en público, agradeció el gesto y lo describió como escritura y un modo más de hacer política. Que López Obrador conserve ascendiente sobre su movimiento es un hecho; que ese ascendiente se convierta en control de la próxima campaña es, por ahora, la hipótesis del columnista y no un dato. Y en las dos defensas que encabeza, la de su hijo y la del gobernador de Sinaloa, ninguno de los dos enfrenta condena: la visa es una decisión administrativa de otro país y los expedientes que menciona el expresidente siguen sin ventilarse ante un juez.

Lo que el 30 de septiembre dejó claro es que, con un video y un libro, el expresidente volvió a fijar los términos de la conversación pública en México. Si esa capacidad de imponer la agenda se sostiene hasta las elecciones intermedias, la duda que queda abierta es cuánta voz propia le dejará a la Presidenta que él mismo encumbró.

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