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El favorito incómodo

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Reflexión a partir de la columna “García Harfuch y el beso del diablo”, de Jorge Zepeda Patterson, publicada el 7 de octubre de 2026 en El País

Manuel Velasco, senador del Partido Verde, comparó a Omar García Harfuch con «el Pedro Infante de la política» y adelantó que su partido lo postularía con gusto rumbo a 2030. El piropo cayó en mal momento para el aludido: cuando el PVEM y Morena tensan su alianza de cara a 2027, cuando el gobierno reprocha a Washington su injerencismo y pocos días después de que las propias autoridades estadounidenses elogiaran al funcionario. Jorge Zepeda Patterson toma ese episodio para recordar una vieja ley de la política mexicana: los destapes tempranos suelen ser «besos del diablo».

En la lectura del columnista, el elogio puede ser un falso favor. Velasco no sólo encumbra a Harfuch: eleva el precio de romper con Morena y, de paso, lo marca como favorito del oficialismo, convertido ya en moneda de cambio y con el reflector encima antes de hora. Detrás del cálculo, admite Zepeda, hay un hecho: Harfuch es el «candidato a vencer», lo mismo si la definición ocurre en el pleito interno del partido que si termina en una papeleta encabezada por otra coalición. Rara vez un funcionario en funciones concita tanto aprecio más allá de las fronteras de su partido, y de ahí sale la paradoja que vertebra el texto: el candidato soñado por todos acaba siendo, por esa misma razón, el que más suspicacias levanta de puertas adentro.

Las encuestas, prematuras y desiguales, apuntan en esa dirección. Un sondeo de CE Research levantado en junio lo colocó cerca del 40 por ciento de respaldo en el universo morenista, muy arriba del 16 por ciento que registró Marcelo Ebrard; otras mediciones recortan la brecha, aunque la tendencia se repite. El texto sostiene que el relevo se resolverá dentro del oficialismo. Como el PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano no asoman una candidatura competitiva, y como ninguna tercera figura puede hoy pelear una encuesta abierta, el método con que Morena unge a sus elegidos, la definición de fondo será interna y se dirimirá en la pugna de 2029, antes que en las urnas de 2030.

El punto débil de Harfuch, para Zepeda, es doble. Primero, su origen: viene del oficio policial y se hizo en las corporaciones de seguridad, lejos de las marchas y los descalabros electorales que templaron a Morena, sin la mística de arranque que dentro del partido sigue valiendo como carta de pertenencia. Su sesgo técnico, que una parte del electorado celebra, los custodios de la ortodoxia lo leen como un faltante. Segundo, la sombra de López Obrador: sin necesidad de atribuirle vetos, el columnista advierte que el fundador gravitará sobre el desenlace y quizá no suscriba aquello que la demoscopia y la inercia vienen dictando.

La mayor fortaleza del secretario es a la vez su flanco. Entrega justo lo que la gente reclama con más urgencia, seguridad con resultados, y esa misma cartera lo obliga a cargar con cada cifra de homicidios y desapariciones y con cada fricción nueva con Estados Unidos. Ser el rival a derribar a tres años de los comicios, sintetiza Zepeda, es volverse diana de todos. Ebrard ofrece la ventaja contraria: el oficio de las mesas difíciles y una red internacional que pesan en un sexenio marcado por la revisión del T-MEC y la presión de la Casa Blanca. Como contrapeso, carga con el cuestionamiento de aquella derrota de 2023 ante Sheinbaum y con la sospecha de que su fidelidad al proyecto responde más al cálculo que al afecto.

De ese diagnóstico el columnista deriva una advertencia para Morena. Si a Sheinbaum, al partido y al mismo López Obrador no les convence que el relevo surja de ese par de nombres, tendrían que construir desde ahora una alternativa con arrastre, porque la competencia real arrancará pasadas las elecciones intermedias. Recuerda que en 2023 tanto Sheinbaum como Ebrard hicieron públicas sus aspiraciones con casi dieciocho meses de anticipación, y que la presencia pública de un puntero no se improvisa. Levantar a un tercero exigiría proyectar desde ya a gobernadores y a cuadros del gabinete con futuro, y aun así la delantera de los dos favoritos es enorme.

Lo que Zepeda desaconseja es la indefinición. El peor escenario, dice, sería que a última hora Palacio Nacional o Palenque impusieran otro nombre: levantar de prisa a un aspirante con arrastre en cuestión de meses, con dos favoritos ya cuajados enfrente, rozaría lo imposible y, fuera de tiempo, podría salirle caro al movimiento. Apunta, además, que ya pasaron los tiempos de Díaz Ordaz o Echeverría, cuando el Presidente ungía a su delfín; hoy el proceso tiene vida propia y hasta en las gubernaturas Morena ha tenido que dejar al candidato deseable por el viable.

El cierre devuelve el foco a 2027. Si Morena mantiene su peso en los territorios, Sheinbaum conducirá el relevo desde una posición sólida; si retrocede o si el Verde sube el precio de su respaldo, la contienda presidencial se enturbiará de forma anticipada. Por eso, concluye el autor, el espaldarazo de Velasco dice menos sobre 2030 que sobre 2027: pone precio a lo que el PVEM podrá exigir cuando toque repartir candidaturas y escaños.

El escenario que dibuja la columna es verosímil, con los matices que admite cualquier pronóstico a cuatro años de distancia. Buena parte de su lectura descansa en atribuir intenciones a Velasco y en dar por firme el predominio de Morena hasta 2030, dos supuestos que 2027 puede confirmar o desmentir. Encabezar una boleta imaginaria tres años antes dice poco sobre quién ganará una elección real, y el piropo del Verde admite también una explicación más llana: un aliado que hace ruido para negociar. Lo ocurrido tras la publicación de la columna apunta en ambos sentidos. La propia Sheinbaum bajó el tono al calificar el episodio de «mucha grilla» y tachar de falta de respeto destapar a un secretario en funciones, y Velasco matizó que no había destapado a nadie. Ese desenlace confirma la tesis del regalo envenenado y, al mismo tiempo, recuerda que los principales tratan todavía la sucesión como un asunto que no admite prisas.

Nadie entre los actores lo discute: el relevo arrancó ya. Si Morena quiere una opción distinta de los dos punteros, la columna le recuerda que el reloj corre y que la estatura de un presidenciable no se levanta en unos meses. Harfuch, entretanto, seguirá al frente de la seguridad del país con el reflector de 2030 encima, tres años antes de que exista una boleta.

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