Nadie rendido ante Cupido ha podido sucumbir al lenguaje solo entendible para la pareja. Mi teoría es que la flecha va impregnada de una sustancia que provoca a los enamorados “hablarse con mimo” para demostrar así una dulce complicidad a través de una expresión verbal y a veces no o verbal –un pujidito o un guiño es suficiente-, que, a ojos y oídos externos, parece ridículo y hasta de pena ajena, razón por la que este lenguaje debe protegerse porque es como la clave de nuestra credencial de elector o el código bancario. Esta forma de comunicarse solo debe entenderla el ser amado: “osito, cosita, ratoncito, ternurita o bebecito” acompañado de un tono meloso y a media voz sobre la oreja del interlocutor, lleva un destinatario único, los demás no deben decodificar ni los tonos, mensajes y menos los apodos amorosos por eso es vital cuidar la boca y el celular y no correr el riesgo de ser diagnosticados regresivos o niños en cuerpo de adultos.
Y si no me creen, ahí está la terapeuta Robin Norwood que popularizó su best-seller (libro más vendido): Las mujeres que aman demasiado, que por allá por 1985, nos decía que estar enamorada es sufrir, obsesionarse y descuidar el propio bienestar…¿el propio qué?. En pocas palabras, nos cuenta que el amor es una adicción emocional y donde nosotras andamos por ahí tratando de “rescatar” a la pareja con el amor verdadero, dándole nuestro tiempo, nuestro pensamiento, nuestro cuerpo, nuestra pasión, nuestra dignidad a través de las caricias, miradas cómplices, abrazos o gestos que refuercen el vínculo de los amorosos.
Lo malo cuando damos al objeto de nuestra pasión, contratos económicos que son del erario público y que a veces van de los 198 millones de pesos de forma directa hasta 514 millones en revisiones globales. Yo, romántica contumaz, no critico su amor hacia su chofer, luego asistente especial y finalmente contratista, José Alfredo Hernández Casillas, que, a cambio de esos jugosos negocios, le llevaba a la oficina del Instituto Nacional Electoral, una vianda con un maridaje que no se me hubiera ocurrido: una sopita de fideos y un pescado. Bebecito, mínimo un platillo que hiciera honor a tu nombre, una pasta Alfredo con harto parmesano y mantequilla y como platillo fuerte, un salmón Wellington o un lenguado al champán, bueno una lisa “empapelada”. Ya ves que ella se conforma con cualquier cosa, lo importante es con quién come.
Soy nadie para tacharla de cursi, ni de apasionada. Mucho menos de juzgar su sueño por lograr el título de Reina y a su prole, príncipes, poniéndoles la Ciudad Luz a sus pies para luego desde el balcón del Meurice, brindar ¿otra vez por el bienestar? de su pueblo. ¡Qué bueno está el champán de París! Nomás faltaba que les ofrecieran cualquier cosa en una suite de 200 mil pesos la noche. Nosotros brindamos con sidra Pelayo, bebida oficial navideña de los mexicanos que con su salario mínimo tendrían que trabajar dos años, sin pagar renta, comida, transporte, ropa, medicinas ni cigarros para poder pasar veinticuatro horas en un lugar desde donde se aprecian los edificios icónicos parisinos.
¡Ay Alfredo! -léase con tono de la Dulce Poly- cuando se dirigía a su amado: ¿A dónde, a dónde, a dónde andará mi héroe querido el gran Súper Can? Donde finalmente quede el par de enamorados (¿porque sí era por amor, ¿verdad? Si no, me dolería más que a ella. ¿Renunciará ella a ese tórrido romance o permanecerá en su nido rosa ahora que su idioma idílico no es ni libre ni secreto como el voto en México?







