Por Alfredo Delgadillo López
Existe un relato de Julio Verne inquietante y premonitorio que ha permanecido en las sombras, eclipsado por sus grandes novelas de aventuras: “El Eterno Adán”. Publicado póstumamente, este texto narra cómo un científico perteneciente a una civilización avanzada, descubre accidentalmente un manuscrito antiguo enterrado en el suelo. Al traducirlo, se enfrenta a una revelación aterradora: lo que está leyendo es el diario de un superviviente de una catástrofe planetaria que sepultó continentes enteros bajo las aguas, pero el verdadero horror no reside en la catástrofe misma, sino en lo que sucede después. Los pocos supervivientes, dotados inicialmente de todo el conocimiento y sofisticación intelectual de su tiempo, van olvidando gradualmente no solo los datos específicos de su civilización previa, sino las formas de pensar que la hicieron posible. En pocas generaciones, aquellos seres humanos que estaban en la cima del conocimiento y dominaban sin dificultades el arte, la ciencia y la filosofía, se convierten en simples criaturas preocupadas exclusivamente por la supervivencia inmediata, incapaces de abstracciones complejas o razonamientos elaborados, ni siquiera recordaban cómo hablar.
Este relato contiene una advertencia que resuena poderosamente en nuestra época: el verdadero peligro no es que olvidemos datos específicos —para eso tenemos nuestras máquinas— sino que olvidemos cómo pensar profundamente sobre ellos.
Como profesor de Derecho esto me preocupa mucho si recuerdo lo que hago en mi primera clase. Dejo la primera tarea, es muy sencilla, tristemente cada vez es más sencilla: “por escrito me comparten sus 10 libros favoritos con todo y autor”, luego “por escrito me comparten sus 5 libros favoritos con todo y autor”, después “solamente díganme 5 cosas que hayan leído”, y últimamente “3 cosas que hayan leído”. Espero no llegar al punto de preguntar “¿saben qué es un libro”. Verne ya nos advirtió que podemos olvidar no solo la forma de pensar —eso es lo menos grave— si no la de comunicarnos.
La mayoría de quienes han sido mis estudiantes dicen que no leen porque no tienen tiempo, y peor aún —sí, peor— recientemente veo que mis conocidos de 40 años de edad hacia atrás también utilizan ese argumento. Antes me daba ternura que un joven de 18 años estuviera tan ocupado para no leer, “¿qué ocupaciones y compromisos tan solemnes e importantes tiene este joven”, pensaba. Hoy, me siento triste y preocupado al ver que es un fenómeno de la civilización, una epidemia que mata lentamente, tan lento que nadie se da cuenta. Hoy, encontrar a alguien de entre 20 y 30 años que tenga el hábito de leer es un tesoro… encontrar a alguien de menos de 20 años con un libro ya es ambición. Creo que no hay nada más triste que decir “no leo porque no tengo tiempo”. Puedes hacerlo (leer) en tus tiempos muertos: en las carreteras, en los trayectos dentro de la ciudad, cuando esperas a alguien, antes de ver videos en tik tok o instagram, en lo que te sirven tu comida o café, en lo que esperas que inicie una audiencia siempre impuntual, en lo que esperas ser atendido por tu médico, en lo que inicia el partido de futbol que se retrasó, antes de dormir, en lo que llega tu transporte, en lo que regresa el internet cuando se va, mientras comes ¿En dónde más se les ocurre? ¿En dónde más lo han hecho?. Se puede poner vida al tiempo muerto encontrando nuevas ideas, nuevos sueños… Deberíamos vivir también con una pluma y un cuaderno en la mano para materializar toda la iluminación que encontramos en lo que antes era nuestro tiempo muerto. Que no quede en la nube y nosotros ya no nos quedemos en las nubes.
Creo que la respuesta es sencilla, hay cientos de momentos para hacerlo, pero la verdad es que no es falta de tiempo, sino falta de voluntad. Leer exige un esfuerzo que muchos han preferido sustituir por la comodidad de lo inmediato, por la satisfacción efímera de la pantalla. La era de la información no nos ha hecho más sabios, sólo nos ha llenado de datos desconectados, de opiniones sin fundamento, de un ruido que ahoga cualquier intento de reflexión profunda. Más libros, más profesionistas, más acceso al conocimiento y, sin embargo, menos lectores. Es el gran absurdo de nuestra época y lo peor es que todos opinan de todo, saben todo, entienden todo, diagnostican todo y juzgan todo, y todo basado en superficialidades. Que odioso.
Todos saben todo, pero lo único que no saben es que primero, antes de hablar, hay que leer y pensar. No, leer no es leer cualquier cosa. No es llenarse de manuales de autoayuda vacíos o de fórmulas mágicas para la riqueza rápida. Leer es entrar en diálogo con las mentes más brillantes de la historia, es descubrir nuevas formas de ver el mundo, es poner a prueba nuestras ideas y permitir que otras las desafíen. Quien no lee, se queda atrapado en su propia burbuja. Y quien lee sólo lo fácil, sólo lo superficial, está desperdiciando su tiempo.
Los síntomas de esta transformación son evidentes: universitarios que se declaran incapaces de leer un libro completo, académicos que se conforman con resúmenes, ojeadas y ojeadas, y profesionistas que confunden ChatGPT con bibliografía. La lectura, antaño una actividad de concentración y contemplación, se ha convertido en un mero trámite informativo. No extraña, por ello, que la inteligencia artificial nos asombre con su capacidad de responder con rapidez, mientras nosotros, paradójicamente, nos volvemos cada vez más torpes para cuestionar, argumentar y construir pensamiento propio.
Como jurista, no puedo evitar preocuparme por las implicaciones de este fenómeno. El derecho, quizás más que cualquier otra disciplina, se fundamenta en la interpretación minuciosa de textos. La capacidad de un abogado o un juez para adentrarse en las capas de significado de una norma, para comprender los matices de un precedente, para construir argumentaciones complejas, depende directamente de habilidades de lectura profunda. ¿Qué sucederá con la calidad de nuestro sistema judicial cuando estas habilidades se atrofien?
No puedo bajar la guardia y conformarme con que me digan una lectura en lugar de 10. Por eso, la primera tarea que dejaré al iniciar una clase será leer El Gran Adán de Julio Verne y, como niños chiquitos, lo haremos en el salón, mientras los vigilo y cuido sus celulares.
Me despido con esta reflexión:
Tendríamos que estar hablando de la ciencia del derecho. Sin embargo, debemos retroceder muchos pasos porque lo primero es leer un libro, luego el segundo, después tener un hábito de lectura, y ya teniendo ese hábito entrar a la licenciatura a estudiar los libros especializados.
Tendríamos que entrar a la licenciatura listos, pero, como dice Julio Cortázar “nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”. Así que, aunque estemos en la licenciatura en Derecho, es necesario leer, hacerlo un hábito, de lo contrario seremos egresados de papel.








Excelente articulo, ahora me doy cuenta que ya me esta pasando factura el celular.