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viernes, enero 23, 2026
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Más allá de la oscuridad: la historia de Jorge

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Todos los días, a las 5:30 de la mañana, Jorge llega puntual a la Plaza Antigua. Apoyado en su bastón y cargando una hielera llena de ilusiones, vende tacos, burritos y tortas que su esposa, Dora Valdez Serrano, prepara con amor desde temprano

A los 53 años, la vida de Jorge Figueroa Ramírez cambió de manera definitiva. Un accidente en carretera le arrebató la vista, pero no las ganas de seguir adelante.

Diez años después, hoy con 63 años, Jorge camina cada día con la frente en alto, sosteniéndose no solo de su bastón guía, sino de una voluntad que se niega a rendirse.

Cuando me acerco para conocer su historia, me recibe con amabilidad. No puede verme, pero me reconoce con la voz. Confía en mí con la misma sencillez con la que, por un instante, suelta la hielera que lleva en la mano y la acomoda cuidadosamente sobre el piso. En ese gesto se resume su vida: precaución, esfuerzo y dignidad.

Todos los días, a las 5:30 de la mañana, Jorge llega puntual a la Plaza Antigua. Apoyado en su bastón y cargando una hielera llena de ilusiones, vende tacos, burritos y tortas que su esposa, Dora Valdez Serrano, prepara con amor desde temprano. Su objetivo es claro: regresar a casa con lo suficiente para seguir adelante, aunque sea con unas cuantas monedas.

El accidente ocurrió en 2016, cuando transportaba mango desde Jalcocotán, en el municipio de San Blas, rumbo a Zamora, Michoacán. Un camión de carga lo impactó de frente. Jorge despertó en un hospital y, años después, perdió por completo la vista debido a un desprendimiento de retina. Desde entonces, el mundo se le oscureció, pero su espíritu permaneció encendido.

Cuando le pregunto si su vida cambió desde aquel día, Jorge guarda silencio. Lleva su mano derecha al rostro y limpia las lágrimas que comienzan a caer. Respira hondo, asiente lentamente con la cabeza y, sin decir mucho, lo dice todo.

Aunque tiene cuatro hijos, tres de ellos varones y una mujer  no lo apoyan. “Por eso vengo todos los días”, dice con voz firme.

Trabaja para llevar el sustento a su hogar y cumplir con la renta de su casa en el fraccionamiento Villas del Molino. A pesar de su incapacidad, el seguro nunca le otorgó una pensión.

Con paquetes de dos burritos de frijoles y dos de lomo por 35 pesos, Jorge le pide a Dios venderlo todo. No siempre lo logra. “Como hoy no vendí todos, no sé cuántos me quedaron”, confiesa, pero enseguida agrega: “No me rajo. Con la ayuda de Dios siempre vengo positivo”. En los mejores días, logra vender entre 30 y 35 paquetes entre burritos y tortas.

Al caer la tarde, una comerciante de la Plaza Antigua lo guía para abordar el camión de la ruta Villas. Jorge se despide agradecido y emprende el camino de regreso a casa, con la esperanza intacta.

La historia de Jorge nos recuerda que muchos tenemos la fortuna de poder ver y, aun así, no somos felices. Él, en cambio, sin ojos para mirar, ha aprendido a ver la vida con el corazón.

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