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Otro papel del Estado en la sociedad humana

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El concepto de felicidad parece toda una ridiculez, una especie de noción cursi. No obstante, es un tema sin duda de la mayor relevancia en diversas esferas. En la vida diaria, la felicidad es una busca constante, pero no siempre concebida de la misma manera por todos, sino más bien al contrario, imaginada en una vasta diversidad y constante evolución.

El tema lo encontramos en diversos esfuerzos intelectuales. La política no es ajena a eso y en cierto modo, hasta es eje de todo lo que se mueve en ese universo. En “Los elementos constitucionales” de López Rayón del 4 de septiembre de 1812 (documento previo que inspira los “Sentimientos de la Nación” de José María Teclo Morelos Pérez y Pavón), nos encontramos felizmente con el siguiente texto: «La Independencia de la América es demasiado justa aun cuando España no hubiera sustituido al Gobierno de los Borbones el de unas juntas a todas luces nulas, cuyos resultados han sido conducir a la península al borde de su destrucción. Todo el universo comprendidos los enemigos de nuestra felicidad han conocido ésta verdad, más han procurado presentarla aborrecible a los incautos, haciéndola creer que los autores de nuestra gloriosa Independencia han tenido otras miras, que, o las miserables de un total desenfreno o las odiosas de un absoluto despotismo». Ahí, Ignacio López Rayón esboza “los elementos de una constitución que ha de fijar nuestra felicidad”. El concepto es citado otras cuatro veces en el documento.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (4 de julio de 1776) alude de la misma manera al mismo concepto. En una de sus argumentaciones, se plantea que los hombres son creados iguales y que vienen al mundo con “ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

En ese mismo sentido, la Constitución Política de la Monarquía Española, promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, estipula en su artículo 13 que “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

Sobre el tema han vagado, han divagado, viajado por insondables caminos del mundo de las ideas numerosos pensadores y el tema lo encontramos una y otra vez en vastos territorios. Así, del tema se ha ocupado toda expresión del pensamiento humano. En la Antigüedad abordan la cuestión Demócrito, Aristipo, Diógenes, Platón, Aristóteles, entre otros. Siglos más tarde lo hacen Locke, Leibnitz, Hume, Kant o Hegel, entre tantos más. Entre un momento y otro, y después de todos ellos, se ha tratado el tema una y otra vez. Es una utopía voluptuosa. Nadie ha perdido la oportunidad de tratar sobre el tema, y más, la oportunidad de intentar –vanamente– alcanzarla para sí.

En lo personal creo que una de las más cercanas definiciones de la felicidad la podemos encontrar en Immanuel Kant. El filósofo nos dice en «Crítica Razón Práctica», que “La felicidad es la condición de un ser racional en el mundo, al cual, en el total curso de su vida, todo le resulta conforme con su deseo y voluntad”. Dicho de otro modo, en un intento por acercarnos a dicha idea, la felicidad se logra al momento en el que la persona logra realizar sus objetivos, sus deseos. La definición pues, expande el mundo de las posibilidades y de todo lo que sea probable, de todo lo que sea consecuencia de la imaginación, las aspiraciones y de los sueños humanos.

Lo mismo, la felicidad desde esa perspectiva acerca el sadismo con el estoicismo y al masoquismo con el hedonismo. El equilibrio y las aclaraciones de los alcances y puntos de partida tienen que ver con el bienestar de las personas y con el bienestar de la sociedad en su conjunto. Esas dos existencias, la del individuo y la de la comunidad, van de la mano en el esfuerzo por lograr la felicidad. Por el interés de otras individualidades, la felicidad no es infinita, sino que está cercada por la felicidad de los demás y la de otros. “Los demás”, entendido esto como la comunidad, y “otros”, concebido como la dispersión de individualidades. Se trata la búsqueda del bienestar individual y el de la comunidad. El deseo, la felicidad de uno, no debe poner en riesgo la felicidad de otras individualidades ni la estabilidad, el equilibrio, el bienestar de la comunidad.

La felicidad tiene alcances que nos remiten al ejercicio de las libertades, de los derechos de los individuos. El derecho, la libertad de uno, termina donde inicia el derecho y las libertades de los demás. Se tiene la idea de que lograr la felicidad en las personas lleva a una sociedad feliz, en donde todas las personas logran satisfacer sus propias necesidades sin detrimento de la felicidad de los demás.

Sobre tales consideraciones, ¿qué es lo que deben hacer los individuos para lograr su propia felicidad y qué es lo que deben hacer los gobiernos para lograr que las sociedades se realicen conforme sus aspiraciones y logren así ser felices? Es seguro que los individuos deben esforzarse por definir sus propios destinos, por delinear sus propias aspiraciones, sus metas por alcanzar. Los Estados deben generar condiciones propicias para que las personas logren su propia realización, sin que haya de por medio discriminación ni intolerancia a otras formas de actuar o de pensar, siempre y cuando no se haga daño a los demás.

Se trata de crear, de sentar las bases de la cultura, pero no por arte de magia ni por decreto y menos por mera imposición autoritaria. La pluralidad es verdadera y esta expresa las diversas formas de pensar de los diversos. Todo mundo tiene el derecho de hacer el intento por persuadir a los demás de las razones propias, pero los demás están en su derecho de afirmarse en sus propias ideas.

Esa diversidad de ideas debe permitir que la realidad sea diferente para los distintos. En la sociedad humana pueden coexistir diversas formas de concebir el mundo, sus problemas y sus soluciones. Solamente existe una condición que limita esas libertades o esa pluralidad, ese ejercicio de las libertades: se trata de que no se promueva la destrucción de la sociedad misma y de que no se atente contra la integridad de los demás. Cuando las libertades amenazan las libertades de los demás, entonces aparecen los límites, las restricciones. La sociedad no puede permitir que una(s) persona(s) sea(n) feliz(ces) asesinando a otra(s) persona(s), ni siquiera con el consentimiento de la(s) propia(s) víctima(s). Una práctica así puede poner en serio riesgo la viabilidad de la sociedad en su conjunto.

El papel del gobierno es concebido de diferentes maneras por diversas escuelas de pensamiento. No obstante, a pesar de haber tantas formas de concebir el papel del gobierno, una tendencia que tiende a predominar es la que supone que el gobierno es pura administración de recursos. Otros, desde su propia perspectiva, encuentran en el ejercicio de gobierno, en el ejercicio de poder, una satisfacción personal que en nada contribuye a lograr que el resto de los integrantes de la sociedad logren realizar su propia felicidad, sus aspiraciones, sus deseos. Deseos, aspiraciones y objetivos que una y otra vez se desligan absolutamente de lo que corresponde en ese mismo sentido, a los demás, a los otros como individuos y como comunidad de intereses diversos. Es verdad que el ser humano es un ser social, el zoon politikón.

Parafraseando a Rousseau, podemos concluir que solamente es verdaderamente feliz aquel que desea solamente lo que es capaz de realizar y que hace lo que le agrada. Para lograrlo, los gobiernos pueden contribuir generando condiciones propicias de libertad, de condiciones materiales, en cuanto a la formación de las definiciones personales de lo que cada cual concibe como estado de bienestar, como la propia felicidad.

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