A los 47 años, la vida de Enrique Plasencia Dado cambió para siempre. Aquella tarde de domingo, 13 de octubre de 2013 salió como cualquier otro día rumbo a su trabajo como velador en una empresa de aceros en Hermosillo, Sonora.
Eran cerca de las tres de la tarde cuando en un descuido al acomodarse el casco perdió el control de la motocicleta. El impacto contra un camión fue brutal, su cuerpo salió proyectado hacia atrás y quedó tendido sobre el pavimento, todo parecía haber terminado ahí.
Las autoridades llegaron al lugar y lo dieron por muerto, incluso 45 minutos después del accidente el Servicio Médico Forense ya se encontraba en el sitio, pero entonces ocurrió algo que Jorge recuerda como un milagro.
“Sentí una mano en el pecho”, cuenta. “Era Jesús, alcé la mano y pedí ayuda. Escuché que el policía gritó: “¡Está vivo, está vivo! ¡Llamen a la ambulancia!”.
En el trayecto al hospital, dentro de la ambulancia, su mente iba y venía, apenas pudo recordar su nombre, narró Enrique.
Pasaron ocho largos meses de hospitalización. Sobrevivió, sí, pero el accidente le dejó una secuela irreversible: un glaucoma traumático que le arrebató la vista, aunque no las ganas de seguir adelante.
Antes del accidente, Enrique sabía hacer de todo. Fue plomero, albañil, mecánico, yesero, electricista, carpintero, herrero y músico. Cuando la ceguera le cerró las puertas de muchos oficios, la música se convirtió en su salvación.
“Ya no pude ejercer lo demás, pero me dediqué a cantar y gracias a Dios, mi voz me ayudó”, dice con una sonrisa.
Hoy a sus 60 años, Enrique Plasencia llega todos los días desde las ocho de la mañana a una banca ubicada en la calle Hidalgo, entre Zacatecas y México, en Tepic. Con lentes negros y bastón de guía, permanece ahí por más de siete horas, regalando canciones a los transeúntes y ganándose unas monedas para sobrevivir.
Un día bueno puede juntar hasta 200 pesos; un día malo, apenas 30 pesos, pero aún así, no se rinde.
Durante más de 20 años estuvo casado con Irasema, con quien tuvo siete hijos, dos hombres y cinco mujeres que actualmente viven en Sonora. Ellos son parte de su motor para seguir.
Enrique asegura ser compositor y sueña con llegar a Yucatán para registrar sus canciones apoyado por amigos músicos que ha conocido en el camino. Entre sus obras están Perdóname por robarte un beso, Si me mandan a China, Sangre corriente, Cama de espina, Hombre enamorado y Déjame quererte, canciones que guarda como tesoros y que espera algún día sean reconocidas.
Su paso por Tepic es breve, explica que llegó para corregir una letra en su apellido, Plasencia con s y no con c, trámite necesario para poder recibir apoyo del gobierno federal por su discapacidad.
Por ahora duerme frente al Palacio de Gobierno, entre las jardineras, esperando reunir el dinero suficiente para continuar su camino. Su meta es clara: registrar sus canciones y demostrar que, aunque perdió la vista aquel domingo fatal, jamás perdió la fe, la voz ni el sueño de salir adelante.



