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Ser sal de la tierra: obispo

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Catedral es, por muchas razones, un lugar entrañable. Niño lo conocí de la mano de Francisco, mi tío abuelo, comerciante de artículos religiosos. Mi padre me llevaba a sus breves oraciones a la imagen del Ánima Sola. Más tarde, durante mis años de formación sacerdotal truncada a tiempo, acudí a ciertas ceremonias. Luego de un largo abandono, acompañé en su vejez a dos de mis madres a sus misas dominicales. Regreso después de un nuevo abandono, para cubrir ocasionalmente la mañanera semanal del jefe máximo diocesano

El monseñor de difícil pronunciación, Engelberto Polino Sánchez, al frente de la Diócesis de Tepic ha alcanzado, este febrero de 2026, una madurez discursiva que abandona la cortesía indispensable de sus primeros meses en la sede. Tras su toma de posesión en octubre pasado, como noveno obispo titular ha pasado del reconocimiento del terreno al ejercicio de una cirugía social necesaria. Durante la liturgia del V Domingo del Tiempo Ordinario en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Polino Sánchez utilizó el oficio de la palabra para confrontar de manera directa las patologías morales que asfixian el presente. Su proclama: el cristianismo tiene la obligación de actuar como un agente químico de conservación en una sociedad que presenta signos avanzados de descomposición.

El cimiento de este reclamo brotó de una interpretación cruda del libro de Isaías. Para el obispo, el rito religioso carece de validez alguna si se divorcia de la justicia civil y de la atención a las heridas del prójimo. La luz que menciona la profecía surge de acciones concretas y verificables: compartir el pan con el hambriento y abrir la casa al desterrado. Monseñor Polino enfatizó que la salud de Nayarit se mide en la desaparición real de los yugos y las opresiones institucionales. Esta visión sitúa a la Iglesia local en una posición de exigencia ética frente a los tomadores de decisiones, recordando que la fe auténtica es una forma de visibilidad pública que se manifiesta en la protección del vulnerable.

La homilía se centró en la utilidad práctica del creyente mediante la metáfora de la sal, extraída del Evangelio según San Mateo. Con una precisión técnica que remite a los tiempos previos a la refrigeración industrial, el obispo explicó que la sal era el único recurso capaz de preservar la vida de los alimentos. Bajo esta lógica, Polino Sánchez propuso que la Iglesia y las familias deben funcionar como el refrigerador moral de nuestro entorno social. La tarea del ciudadano consciente es custodiar la honestidad y la memoria de lo justo, evitando que los valores fundamentales de la sociedad se disuelvan en el cinismo. Una sal que no sala, advirtió, es un residuo estéril destinado a ser pisoteado.

La parte más contundente de su intervención llegó con el desarrollo de una analogía medicinal: la sal como tratamiento contra la gangrena. Describió cómo este mineral posee la capacidad de extraer el agua de las heridas, eliminando así el sustrato que alimenta a las bacterias responsables de la infección. Esta figura le sirvió para lanzar una crítica frontal a la corrupción sistémica que ha lastimado a las instituciones durante décadas. Fue asertivo al señalar que el mal sobrevive porque encuentra un ambiente propicio para nutrirse. El remedio definitivo es la inserción de hombres e integrantes de probada ética en puestos clave del mercado, la administración pública y la política. La integridad personal actúa aquí como el agente deshidratador que le quita el sustento a la bacteria de la corrupción.

Respecto a la segunda metáfora, la de la luz, el titular de la diócesis rechazó cualquier intento de recluir la fe al ámbito estrictamente privado. Citando el salmo responsorial, “El justo brilla como una luz en las tinieblas”, el prelado insistió en que el testimonio del ciudadano debe ser visible y audaz. Hizo una pausa de profunda carga humana para dirigirse a quienes cargan con dolores antiguos, haciendo alusión a las fracturas en los hogares y a la pérdida de seres queridos. Su propuesta fue transformadora: el sufrimiento personal deja de ser una carga estéril cuando se convierte en un faro de auxilio para otros. La luz, en este contexto, es la capacidad de convertir la propia herida en un puente de sanación comunitaria y solidaridad activa.

La dimensión institucional de la ceremonia también puso el foco en el relevo generacional con la presentación de la campaña del Día del Seminario. El padre Juan Miguel, representante del equipo formador del Seminario Mayor de Santa María del Oro, expuso la realidad de los 68 seminaristas que hoy se preparan para el ministerio. El lema “Sin ruta no hay vocación” fue validado por el obispo como una necesidad estratégica para la diócesis. La formación de estos jóvenes es la garantía de que se contará con guías capaces de ejecutar esta “caridad política” que Polino promueve desde su llegada. El seminario es, en palabras de la jerarquía, una inversión en la solidez ética de los líderes que habrán de enfrentar los retos de la próxima década.

El oficio de la palabra en la Catedral confirmó que la gestión de Engelberto Polino Sánchez busca una reconciliación total entre la liturgia y el entorno social. El obispo instó a la feligresía a aceptar el riesgo de la visibilidad y el compromiso civil. Ser sal implica integrarse a la masa para darle sabor, y ser luz requiere colocarse en el candelero para alumbrar a todos los de la casa. Al cerrar su mensaje, dejó una consigna que resuena: los cristianos deben, desde sus espacios cotidianos, secar las fuentes del mal a través de la transparencia. La misa dominical fue el relanzamiento de un compromiso ciudadano que el obispo ha venido tejiendo desde su toma de posesión el pasado octubre.

Ojalá que su voz no sea una voz en el desierto, como suele ocurrir.

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