7.7 C
Tepic
martes, marzo 3, 2026

El sepulturero

Fecha:

spot_imgspot_img

Mire usted, que si me permite la parsimonia, porque hablar de la política en estos días es como querer ensartar un hilo en una aguja mientras uno va al trote en un burro: se requiere tino, pero sobre todo, se requiere que el burro no reparte. Y resulta que este lunes, la reforma electoral de la Presidenta Sheinbaum no llegó al Congreso caminando por su propio pie, sino que llegó, como quien dice, herida de muerte y con el acta de defunción asomándole por el bolsillo. Y no crea usted que fue la oposición la que le puso la zancadilla, ¡qué esperanza!, fue el aliado más fiel, el Partido del Trabajo, ese que ha estado ahí desde el 2018 como si fuera sombra de Morena, el que decidió que ya estuvo bueno de tanto “sí, señorita” y sacó un documento interno que es más bien una autopsia anticipada.

La cosa está en que el PT, con don Alberto Anaya a la cabeza, que ya lleva en la dirigencia más tiempo que un servidor usando estos zapatos, se soltó el pelo y dijo que no, que así no se juega. Dice el documento, al que le echaron el ojo los de la prensa internacional, que la reforma no es un ajuste de cuentas ni una limpieza administrativa para ahorrar centavos, sino una “destrucción” del modelo actual basada en “prejuicios presidenciales”. ¡Vaya palabrita! Es como si usted le dice al sastre que le arregle el pantalón y el sastre le contesta que su problema no es la costura, sino su forma de caminar. Los petistas sostienen que lo que se busca es revivir al viejo “partido de Estado”, ese que mandó de 1929 a 2018, con pequeña pausa, para que ahora Morena sea el único que reparta el queso y los demás se queden nomás mirando el rallador.

Y es que, fíjese usted qué curioso, porque el primer eje de la preocupación es el federalismo. El PT dice que desde 1824 quedamos en que éramos una República Federal, pero que esta reforma quiere que todo se decida desde la capital, como si fuera una mesa de centro donde nomás se sientan los de la Ciudad de México. Quieren reducir a los Oples, que son esos organismos de los estados, y los petistas dicen que eso es un “error centralista”. Ellos proponen lo contrario: que se mueran las delegaciones del INE en los estados y que se fortalezca lo local. Es decir, que cada quien cuide su milpa y que la federación no ande metiendo la mano donde no le llaman, porque para centralismo, ya tuvimos suficiente con los virreyes.

Luego viene lo de la representación proporcional, que es un nombre muy elegante para decir que hasta los chiquitos tienen derecho a hablar. El PT advierte que quitar eso es un “retroceso histórico” que privilegia las campañas de los individuos sobre las ideas de los partidos. Y ahí está el detalle, joven, porque si la competencia es de puros “yo”, pues el partido se vuelve una franquicia de esas de hamburguesas donde lo que importa es el logo y no el contenido. Dicen los aliados que el sistema perdería coherencia y que todo se volvería una simulación donde cada quien jala para su santo y se olvida del altar completo.

Pero lo que más me llamó la atención, si usted me lo permite, es la cuenta que sacaron sobre el dinero. La Presidenta dice que la reforma es para que nos salga más barato el chiste, pero el PT dice que no, que va a salir más caro. ¿Y por qué?, se preguntará usted con justa razón. Pues porque al multiplicar las campañas individuales y obligar a todos a promoverse por su cuenta, el gasto de fiscalización y operación se va a las nubes. Dicen que el verdadero gasto está en las campañas de mayoría y en esa fórmula que hoy por hoy beneficia al que más votos tiene, que, ¡qué coincidencia!, es Morena. O sea, que el ahorro es de dientes para afuera, pero por dentro la alcancía sigue teniendo el mismo agujero.

El documento petista no se tienta el corazón para decir que la narrativa oficial es “falaz”. Dicen que eso de que los plurinominales no representan a nadie porque no ganaron una elección es un cuento chino, porque la gente vota por la lista completa en la boleta. Lo que ellos ven es que Morena quiere reglas que le permitan concentrar todo el poder y aprovecharse de los segundos lugares en los distritos para no soltar ni un pedacito de la curul. Y mire que esto no lo dice la derecha “fifí” ni los de la resistencia, lo dice el socio estratégico que les ha garantizado la mayoría calificada para todas sus ocurrencias legislativas.

Así está la cosa, joven, que el bloque gobernante está más tenso que una cuerda de violín en manos de un principiante. Alberto Anaya ya soltó el grito el fin de semana: “Decimos no al regreso del viejo partido de Estado”. Y aunque dicen que la coalición sigue firme, una ruptura por este choque podría ponerle mucha sal al caldo rumbo a las elecciones de 2027, donde se juegan 17 estados y un montón de cargos. Porque una cosa es ser aliado y otra cosa es ser el que pone la cara para que se la partan en nombre de una reforma que, según ellos, pone en riesgo la democracia competitiva por puros prejuicios.

Al final, lo que uno ve es que la reforma llega al Congreso no para ser discutida, sino para ser velada, porque sin el PT y sin el Verde, los números no dan y los milagros en política ya no se ven desde hace mucho. Ahí está el detalle, que no se puede construir un edificio nuevo demoliendo los cimientos de la casa donde todavía vives. Veremos qué dice la Presidenta ante este “fuego amigo”, que de amigo tiene poco y de fuego tiene mucho, porque cuando el aliado te dice que tu propuesta es un retroceso histórico, es que la cosa ya no está para bromas, sino para ponerse a pensar si de veras queremos avanzar o si nomás estamos dando vueltas en el mismo lugar, pero con diferente nombre.

spot_img

Más artículos

spot_img