
Resulta que este lunes la brisa trae un olor a pólvora vieja y a trato cerrado en los pasillos del poder. Mientras la mayoría se entretiene viendo cómo los cañonazos de centavos se convierten en el lubricante de la reforma electoral, vale la pena echarle un ojo a lo que el historiador Enrique Krauze ya advertía cuando lo que venía el 2026 todavía parecía un que podría evitarse. El hombre, que ha sido un crítico temprano de los regímenes de un solo color, puso el dedo en la llaga: México está sufriendo una amputación de la que difícilmente se va a levantar con un simple vendaje de retórica oficial.
Hablemos al chile. A Krauze no le quita el sueño el despilfarro económico, aunque reconoce que es enorme. Tampoco se detiene demasiado en la destrucción del patrimonio natural, por más que le duela. Lo que de verdad le cala, lo que nos debería poner a todos la choya a trabajar, es la destrucción sistemática de las instituciones, las libertades y, sobre todo, la convivencia. Dice el historiador que México nació como República en 1824 y que, en dos siglos de historia, nunca habíamos visto un ataque tan frontal contra la división de poderes. Hoy, con la reforma electoral en la bolsa, esa división se ha vuelto un estorbo que los nuevos dueños del rancho han decidido echar a la basura.
El “corazón de la República” está siendo operado sin anestesia. Krauze recuerda que el Poder Judicial, con todo y sus debilidades históricas, mantenía un capital de jueces y un orden jurídico que pedía a gritos ser mejorado, pero nunca destruido. Sin embargo, la receta del 2026 ha sido otra: si el juez no se cuadra, se le quita el piso; si el árbitro electoral estorba para la permanencia eterna, se le corta el presupuesto y se le quita la autonomía. Es la consolidación de un nuevo régimen hegemónico que no acepta contrapesos, donde la única ley que se cumple es la voluntad del que reparte el pastel.
Lo que estamos viendo en estos días es la prueba reina de lo que Krauze llama la pérdida de la tolerancia. El gobierno ha plantado una polarización artificial donde el aliado se compra y el crítico se hostiga. Ya no hay convivencia posible porque el diálogo se cambió por la chequera. Mientras nos dicen que la reforma es para “ahorrar”, le inyectan fortunas a una estructura petista marcada por la opacidad, sólo para asegurar los votos que permitan desmantelar al INE. Es el humanismo de la conveniencia: se sacrifica la salud de la República para alimentar la salud financiera de una franquicia política.
La libertad de expresión también está bajo asedio, según la visión del historiador. Es ataque directo y hostigamiento constante que busca silenciar cualquier voz que no repita el guion oficial. En este México de 2026, la verdad se ha vuelto un artículo de lujo que pocos se atreven a portar. Krauze advierte que hemos perdido esa capacidad de vivir entre tensiones y diferencias; hoy la orden es la uniformidad o el castigo. La polarización sembrada desde el púlpito oficial ha dado sus frutos: una sociedad dividida donde los de a pie nos peleamos por los colores, mientras los de arriba se ponen de acuerdo para repartirse el erario.
Ahí está el bulto informativo: nos están vendiendo una reforma que promete “democracia directa”, pero que en realidad es la entrega de las llaves de la casa a una sola mano. Si la República fundada en 1824 sobrevive este embate, será por puro milagro o por la resistencia de los que todavía creen que las instituciones son el escudo del ciudadano común frente al abuso del poderoso. Krauze lo dijo: lo que duele es la destrucción de lo que nos permitía vivir juntos.
Ahí se las dejo. Para que la próxima vez que escuchen a un líder político hablar de “transformar” las instituciones, se pregunten si lo que quieren es arreglar la gotera o demoler la pared para que no haya donde esconderse de su voluntad. Póngale choya al asunto, que la libertad, una vez que se entrega a cambio de un subsidio o de una promesa de “bienestar”, no suele regresar con el mismo nombre. El amor por el poder ha acabado con la amistad republicana, y los platos rotos, como siempre, los pagamos nosotros.





