
Resulta que el silencio en los hoteles de este marzo pesa más que el ruido de las patrullas. Aquel domingo se asestó un golpe a la cúpula del grupo que mandaba en buena parte del territorio, y mientras aquí seguíamos celebrando el manotazo en la mesa, en el resto del mundo estaban cancelando sus boletos de avión. La FIFA, que de tonta no tiene un pelo y de negocios sabe más que cualquier secretario de Estado, ha decidido ponerle el candado a las reservaciones oficiales para México. Es un “frenazo” en seco que nos recuerda que la soberanía se defiende con fusiles y con la confianza de que el visitante va a regresar vivo a su casa.
Independientemente de la opinón que se tenga de la presidenta, el golpe al crimen cuentan con una aprobación mayoritaria en el ánimo interno. La gente quería ver acción y la tuvo. Pero el remolino de violencia posible que se desató como respuesta, esa psicosis social diseñada para atacar al Estado, ya tuvo su primer efecto colateral de peso completo. El viajero internacional, ese que ahorró cuatro años para venir a ver rodar el balón, no tiene estómago para las “reacciones previsibles” de los cárteles. Para el mundo, México ha pasado de ser el anfitrión colorido a ser una zona de guerra donde los hoteles se quedan con las llaves puestas y las luces apagadas por orden de la FIFA.
Hablemos al chile sobre la gestión de esta crisis. El gobierno federal parece creer que la pacificación es un asunto de boletines y conferencias matutinas, pero la percepción de inseguridad se alimenta de hechos, no de retórica. Mientras la administración de Claudia Sheinbaum intenta explicar que la captura es el inicio del orden, el sistema de reservaciones de la FIFA dice lo contrario. Estamos ante una falla de gestión mayúscula: se preparó el operativo para descabezar a la hidra, pero se olvidó blindar la vitrina donde el país se vende al exterior. El resultado es un descalabro de imagen que le va a costar al sector turístico más que la propia deuda pública que ya nos tiene hipotecados.
El Mundial de Futbol 2026 es el examen final de este modelo de seguridad. Se trata de que ruede la pelota y de demostrar que el Estado tiene el monopolio del orden en las calles. La herencia de omisión y la política de brazos caídos del pasado permitieron que ciertos grupos y cárteles locales se sintieran dueños de la banqueta. Ahora que se intenta rectificar el rumbo con mano firme, la reacción violenta ha espantado a los clientes. La gestión de lo que sigue requiere una diplomacia de crisis que vaya más allá de las fotos oficiales. Si no se logra convencer a la FIFA y a los gobiernos extranjeros de que el remolino está contenido, el Mundial será recordado como el gran evento que México organizó para que no convoque a suficientes viajeros.
Resulta indispensable preguntarse quién va a pagar la cuenta de las habitaciones vacías. Cada mexicano debe ya 151 mil pesos por concepto de deuda pública, y ahora le sumamos la parálisis de una industria turística que mira con pavor cómo los bloques de habitaciones se liberan por “falta de garantías”. El costo de la victoria del gobierno es altísimo. Se ganó un trofeo de caza, pero se puso en riesgo la credibilidad nacional frente a los socios comerciales y deportivos. La imagen de la Presidenta está bajo asedio; por los reacomodos criminales y por la incapacidad de su gabinete para vender una narrativa de seguridad que sea creíble fuera de nuestras fronteras.
La psicosis social es la herramienta del crimen y parece que les está funcionando. Al generar caos en las calles, los grupos delictivos han logrado que el árbitro internacional saque la tarjeta roja al sector hotelero. El “humanismo” que se pregona debe traducirse en protección real para el de a pie y para el que viene de fuera. Sin esa certeza, los mil millones de dólares que Netflix y otros estudios prometieron invertir en el país se van a desvanecer ante la primera ráfaga que suene cerca de un set de filmación. La caridad empieza por casa, pero la seguridad es la que permite que la casa siga abierta al mundo.
Ahí se las dejo. Para que la próxima vez que escuchen hablar de éxitos históricos en seguridad, se acuerden de las reservaciones canceladas y de la cancha que se está quedando sola. Póngale choya al asunto, que la gestión de la percepción no es un adorno de la política; es la diferencia entre ser un país anfitrión o ser un país bajo sospecha permanente. El golpe está dado, el remolino ha comenzado y la cuenta, como siempre, nos toca pagarla a nosotros con un Mundial que corre el riesgo de jugarse a puerta cerrada por falta de confianza.







