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sábado, marzo 7, 2026

Marchas

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“Desde el cielo cayeron caguamas, desde el cielo cayeron caguamas”, cantaba un compañero mientras una decena de niños del tercero B del Instituto Fray Junípero Serra reíamos a carcajadas sin romper el paso de la peregrinación. Bastó un “¿qué es eso?” y la mirada severa de una maestra para devolvernos a la investidura que exigía la procesión.

Recuerdo que de niño nunca entendí del todo el sentido de aquellas peregrinaciones, más allá de los tres puntos que otorgaban en la materia de religión. Ese cuestionamiento quizá hoy está más vivo que nunca entre las nuevas generaciones, cada vez menos presentes en este tipo de manifestaciones. Algo muy distinto ocurre cada 8 de marzo.

Desde la Edad Media, el ser humano encontró en las caminatas colectivas una manera de ejercer —o disputar— el poder. En aquellos siglos, las peregrinaciones religiosas se consolidaron como procesiones que reforzaban el orden social impulsado por la élite católica.

Portar símbolos, entonar cánticos y ocupar el espacio público se convirtió en una forma ritual de reafirmar la identidad comunitaria y la autoridad religiosa.

Con la llegada de la Ilustración, esta forma de manifestarse comenzó a transformarse. Durante la Marcha sobre Versalles, miles de mujeres caminaron hacia el palacio real para exigir pan en medio de la crisis que vivía Francia. Aquella caminata colectiva dejó de ser un instrumento del poder hegemónico para convertirse en una forma de presión política.

La revolución industrial consolidó esta modalidad de protesta. Las marchas ya no solo buscaban presionar a los gobiernos, sino también construir identidad de clase y demostrar fuerza numérica.

Las procesiones religiosas continuaron, pero las movilizaciones políticas comenzaron a dominar el espacio público. Así ocurrió con Mahatma Gandhi en la India, con Martin Luther King Jr. en Washington y con las movilizaciones estudiantiles de 1968 en México y Francia.

La respuesta del Estado, en muchos casos, fue la represión. Pero esa reacción, lejos de debilitarlas, terminó fortaleciéndolas.

Con el tiempo, el carácter de estas manifestaciones cambió según las necesidades de quienes las convocaban. Los sindicatos las utilizaron para mantener viva la conciencia de clase y la memoria histórica; los actores políticos, para demostrar su músculo de cara a las elecciones.

La identidad se convirtió entonces en un eje central de muchas marchas. Movimientos contra el racismo en Estados Unidos o contra el cambio climático en Europa adquirieron notoriedad mundial gracias a estas movilizaciones.

Sin embargo, solo algunos lograron transformaciones profundas. Irán, Europa del Este, Filipinas y la llamada Primavera Árabe en países como Túnez, Egipto, Libia o Yemen mostraron el poder de las movilizaciones masivas capaces incluso de derrocar regímenes.

Dentro de este amplio espectro de protestas hay un movimiento que se ha consolidado como pocos a escala global: el feminista.

Durante más de dos siglos, las mujeres han impulsado una agenda de igualdad que ha transformado las estructuras patriarcales de numerosas sociedades. Sus luchas han logrado avances en derechos civiles, políticos, sexuales y reproductivos, además de impulsar agendas de diversidad e igualdad social con un carácter profundamente integrador.

En los últimos años, especialmente en América Latina, el movimiento ha tomado un nuevo impulso ante el aumento de la violencia contra las mujeres. Académicas han identificado este proceso como la llamada cuarta ola del feminismo.

Apoyadas en el activismo digital, estas movilizaciones han alcanzado un auge sin precedentes en la historia reciente de los movimientos sociales. La amplificación de las historias de millones de mujeres víctimas de violencia ha generado un sentimiento colectivo que hoy recorre buena parte del mundo.

Entender la marcha del 8 de marzo va más allá de mujeres caminando, cantando, gritando consignas o pintando bardas. Es entender la disputa de poder de una sociedad cansada de la violencia y la impunidad frente a estructuras que históricamente las han excluido y violentado.

La rabia que reflejan las pintas, los destrozos y las consignas no surge de la nada. Es el resultado de años de silencio, impunidad y violencia acumulada. También es el intento de construir una nueva memoria colectiva en espacios que nunca sintieron suyos.

A pesar de ello, hay quienes reducen estas manifestaciones a simples espectáculos violentos. Rituales que, por su composición, suelen ser catalogados como válvulas de escape toleradas por el propio Estado: formas en que el dolor y la rabia pueden expresarse, pero siempre dentro de ciertos límites.

Quizá sea porque, en medio del humo y el ruido de las protestas, no alcanzan a ver los cambios profundos que han surgido de esta disputa de poder: la visibilización de la violencia sexual, política y de género; las nuevas legislaciones que tipifican el feminicidio y fortalecen la protección de las víctimas; los cambios en centros educativos y espacios laborales para garantizar una vida libre de violencia; la expansión de los derechos reproductivos y, sobre todo, un cambio cultural que ha obligado a muchas familias a revisar sus roles tradicionales.

“Si no somos violentas, no nos ven”, dijo una joven feminista a Marta Lamas mientras la académica investigaba las manifestaciones contemporáneas del feminismo.

La respuesta quizá sea que, como espectadores del espectáculo cotidiano, necesitamos gestos extremos para reconocer aquello que durante demasiado tiempo permaneció invisible. La ira, hoy, no solo parece justificada: también se ha convertido en una forma de comunicación política.

EN DEFINITIVA… Con muchos movimientos sociales seguimos siendo como aquellos niños que marchaban sin entender del todo por qué peregrinaban. La manifestación ha sido una de las claves del movimiento feminista. Pero, a diferencia de otras transformaciones mencionadas, aún no ha alcanzado un punto decisivo: el desplazamiento de las élites.

Hoy algunas feministas han llegado a espacios de poder en gobiernos, legislaturas y partidos políticos, y desde ahí han impulsado avances importantes. Pero también han comenzado a formar parte de las mismas estructuras que antes combatían.

De esa tensión surge una pregunta que aún atraviesa al movimiento: cuánto de su potencial transformador está todavía por verse.

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