
Hay ciudades que saben perfectamente quiénes son. Su identidad se respira en el lenguaje, en los símbolos urbanos, en los equipos deportivos o en las fiestas populares. Son lugares que han construido un relato claro sobre sí mismos. Tepic, hay que decirlo sin rodeos, no es una de esas ciudades.
La reflexión no es nueva, la recordé después de leer una columna de Pablo Hernández donde relataba una escena extraña, una extorsión telefónica. En medio de la llamada, el extorsionador intentaba intimidarlo con amenazas y datos confusos, pero en algún momento comenzó a hablar con orgullo de su lugar de origen, como si esa identidad reforzara su propia autoridad. La anécdota era mínima, pero sugería algo interesante, que incluso en situaciones absurdas, las personas recurren a las historias que les dicen quiénes son.
Algo parecido ocurre con las ciudades.
Durante décadas, Tepic ha vivido en una especie de limbo identitario donde distintos intentos por definirnos aparecen, generan entusiasmo momentáneo y después se diluyen con la misma rapidez con la que llegaron.
En medio de esa indefinición hay, sin embargo, un símbolo curioso de la ciudad, la Hermana Agua.
La historia de esta escultura comienza hacia 1950 en el parque Juan Escutia. Inspirada en el poema La Hermana Agua del poeta nayarita Amado Nervo, la obra mostraba una figura femenina estilizada frente a un muro de cantera donde se leía un fragmento del texto. La fuente semicircular, decorada con mosaicos azules, se volvió rápidamente un punto de referencia urbano, uno de esos lugares que la gente utiliza para orientarse y para encontrarse.
Esa presencia desapareció abruptamente en 1980. La escultura fue retirada sin una explicación pública clara y la glorieta quedó abandonada durante años. Con el tiempo comenzó a circular una historia que muchos habitantes de la ciudad siguen repitiendo: que el entonces gobernador Rogelio Flores Curiel habría trasladado la estatua original a una casa que construía en La Paz, Baja California. Nunca se comprobó del todo, pero la leyenda quedó instalada en la memoria urbana como otro ejemplo de lo fácil que pueden desaparecer los símbolos públicos.
El espacio permaneció en ruinas hasta que en 1987 se construyó el Teatro del Pueblo en ese mismo lugar.
Décadas después, con la remodelación del parque La Loma, las autoridades decidieron recuperar el monumento. El primer intento generó polémica inmediata: la nueva escultura tenía proporciones exageradas y una estética muy distinta a la original. Las críticas fueron tan fuertes que terminó siendo retirada para colocar otra versión más estilizada y cercana a la memoria colectiva. Parecía un simple ajuste estético, pero revelaba algo más profundo: la ciudad tenía una idea bastante clara de cómo debía verse su Hermana Agua.
Lo verdaderamente interesante ocurrió después.
Durante años la estatua fue un elemento más del paisaje urbano, hasta que en la última década el movimiento feminista la convirtió en punto de encuentro para marchas y protestas. Desde ahí parten movilizaciones, se colocan mensajes, se levantan consignas y se exige justicia.
Sin que nadie lo planeara desde una oficina gubernamental, la escultura terminó convertida en un símbolo adoptado por la ciudadanía.
Ese detalle importa. En una ciudad donde muchos símbolos han sido impulsados desde el poder o utilizados con fines políticos momentáneos, la Hermana Agua adquirió un significado distinto porque la gente empezó a reunirse alrededor de ella.
Ahora ese símbolo vuelve a estar en el centro del debate. En los proyectos recientes de intervención urbana se ha planteado retirar la estatua actual para colocar en su lugar una escultura que represente a una familia wixárika. La intención, según se ha explicado, sería reforzar la presencia de los pueblos originarios en el espacio público de la ciudad.
La intención puede parecer loable. Tepic necesita reconocer y respetar la presencia histórica de las culturas indígenas del estado. Pero también conviene hacerse una pregunta incómoda ¿cuántos habitantes de la ciudad se sienten realmente identificados con las culturas wixárika o nayeri? ¿Cuántos las perciben como parte viva de su propia identidad y no solamente como un elemento del discurso oficial o de la promoción cultural del estado?
Hay que decirlo con honestidad, somos una ciudad mestiza que muchas veces solo recuerda sus “raíces indígenas” cuando aparecen en campañas electorales o en fotografías que respaldan discursos multiculturales. Después de eso, vuelven a desaparecer del relato cotidiano de la ciudad.
Los símbolos urbanos, sin embargo, no funcionan por decreto.
No basta con colocarlos en una glorieta para que la gente los haga suyos. Los símbolos que sobreviven son aquellos que la ciudadanía adopta de manera espontánea, los que se integran a la vida cotidiana y terminan formando parte de los rituales de la ciudad.
La Hermana Agua no se volvió importante por decreto. Se volvió importante porque la gente empezó a reunirse alrededor de ella. En la última década, el movimiento feminista la convirtió en punto de partida para marchas y protestas. Desde ahí parten movilizaciones, se levantan consignas y se exige justicia.
Con el tiempo, la escultura dejó de ser solo un monumento, se convirtió en el lugar donde muchas mujeres se encuentran antes de salir a exigir justicia. Quizá no sea casual que su nombre sea precisamente ese. En un movimiento donde las mujeres suelen llamarse entre sí hermanas, la Hermana Agua terminó ocupando un lugar simbólico dentro de esas movilizaciones. Desde su glorieta observa no solo el tráfico de la ciudad, sino también las marchas que comienzan a sus pies.
En una ciudad que todavía busca su identidad, borrar uno de los pocos símbolos que realmente han sido apropiados por la ciudadanía podría decir mucho más sobre nuestra incertidumbre colectiva que sobre nuestro deseo de reconocimiento cultural.







