Hubo un tiempo en el cual Tepic tuvo su propio carnaval y en que salir a la calle durante esta festividad era un acto de valentía, no por los pleitos, pasquines o zafarranchos, sino por la guerra de harina. Sí, harina, la misma con la que se hacen tortillas, pero que en aquel momento se usaba para algo mucho más importante: aventársela a la gente.

Era el Tepic de finales del siglo XIX, con calles de tierra o empedradas, sombreros grandes, portales llenos de gente platicando y el sol cayendo sobre la plaza principal, pero cuando llegaba el carnaval, entonces la ciudad entera entraba en modo travesura.
Se dice, se cuenta, se rumora que alguien gritaba: ¡harinaaaaa! y ¡TRAKAS!, una nube blanca volaba por los aires, un caballero muy serio quedaba convertido en pan dulce, una señora elegante parecía tamal sin hoja y los niños, felices, porque por fin podían aventarle algo a los adultos sin que los regañaran. Todos terminaban igual, blancos, como si hubieran pasado por una tormenta de panadería.

Era una fiesta democrática, aquí no importaba si eras comerciante, maestro, político, de clase alta o baja, todos terminaban igual de empanizados. Perooooo, como suele pasar con toda fiesta demasiado alegre, siempre aparecen las buenas conciencias de las malas gentes.
Las cuales comenzaron a murmurar que aquello era un desorden, que se desperdiciaba la harina, que la juventud estaba muy alborotada. Con el paso de los años el entusiasmo por esta celebración empezó a apagarse: un año con menos harina, otro año con menos risas, hasta que llegó 1895 y pasó algo muy raro.
Las calles estaban tranquilas, demasiado tranquilas, no había persecuciones con costales de harina, no había risas, no había vecinos convertidos en fantasmas blancos, únicamente silencio.
Un silencio tan extraño que el semanario El Tepiqueño, del 2 de marzo, decidió escribirlo en sus páginas, y lo hizo con elegancia, casi como si estuviera redactando un funeral:
“Durante el curso del martes último, los viejos entusiasmos permanecieron postrados en el más profundo mutismo y la más elocuente inacción”… en pocas palabras, nadie salió a echar relajo.

Entonces el periódico siguió diciendo: “… el año pasado sucedió cosa parecida, por lo cual pueden cantar victoria los que condenan el juego de harina…” Finalmente escribió una frase corta, pero contundente: “El carnaval ha muerto”.
Y para darle más solemnidad, se escribió en latín: “Requiescat in pace”, es decir, descanse en paz.
El carnaval de la ciudad de Tepic murió no por pleitos ni por prohibiciones, sino por algo mucho más peligroso: la falta de ganas de hacer fiesta.
¿Creen ustedes que sería bueno revivirlo?







