
Nací en el valle que custodian el San Juan y el cerro de la Cruz. Nací un martes de invierno a los pies de la avenida de los Insurgentes, en una sala de expulsión del Seguro Social. Nací en Tepic. Soy tepiqueña desde ese mediodía de 1993. Escribo esto porque poco se habla del amor que una le agarra a su tierra cuando vive lejos. Nadie nombra este vacío en el pecho, ni cuenta las lágrimas que caen sobre el cachete prieto cuando abandona la ciudad en la que crece.
Prefiero escribir al respecto porque hablar no puedo. No se trata de cobardía, sino de esta cerrazón en la garganta que no se va. Pedí al editor de Meridiano recuperar mi espacio de forma semanal, porque es el único arraigo material que puedo tener en la ciudad que tanto quiero. Soy una mujer de 32 años; de ellos, 31 los viví en las faldas del San Juan. Por eso me acostumbré a la brisa costera que llega a la ciudad cerca de las seis de la tarde. Como cualquier tepiqueña que se respeta, hice un hábito las reuniones con los amigos cada fin de semana, donde se subestima la dotación generosa de ceviche de sierra y camarón seco a la que nos acostumbramos quienes vivimos en la costa.
No creo en las casualidades. No me parece que la vida nos ponga el destino en las líneas de nuestras manos. Pero ahora que lo pienso, no encontraría otra forma para entender esa llamada que recibí en enero de 2025, donde me avisaron que había sido seleccionada para trabajar en una empresa, allá muy lejos, en la Ciudad de los Palacios. Y llegué con la maleta al hombro. Primero a la Santa María, donde dormí dos meses en el sillón de una amiga —a veces en la alfombra, otras en un tendido más cómodo—, para después instalarme en el centro, cerca de Paseo de la Reforma.
Para mediados de abril era una nayarita cumpliendo el sueño capitalino, avistando el Ángel de la Independencia desde la ventana del trabajo. Probaba los tacos y la comida de calle; soñaba despierta la gran vida de la que hablaban los libros. Te digo que poco se habla del amor que una le agarra a su tierra cuando vive lejos, cuando ya no se tiene a la mano el marisco crudo, el salitre en la cara o el jején mordiendo la piel un domingo en el puerto de San Blas.
Aunque nadie es profeta en su tierra, yo sí llegué a pregonar la mía. Vendí al mejor postor la idea del crepúsculo morado de verano, la leyenda del Mololoa y el ritmo de Banda Cohuich. En las fiestas aprovecho para decirle a los locales: “no, es que así no se baila banda”. Pongo La Tortuguita en una buena bocina, marcando el triunfo de la costa sobre esta laguna que hoy es ciudad. De vez en cuando llega el despistado que recuerda la frase: “sí robé, pero poquito”; nos reímos y luego nos lamentamos, porque esa no es la estampa principal de mi tierra.
Con año y medio de distancia, todavía me pregunto qué hacer para no irme del todo. Durante este tiempo he vivido más experiencias de las que imaginé: tres roomies, dos robos de celulares, un viaje fallido al extranjero. Muchos kilómetros de concreto en bicicleta, sismos, conciertos y amigos nuevos, viejos o que ya no están. Es increíble lo que una acumula en meses. El día que llegué, Lorena me escribió: “Poeta, bienvenida a la Ciudad de los Palacios”.
A todo se acostumbra una, pero jamás a las despedidas ni a la ansiedad de ver una muralla de rascacielos frente a mis ojos, acostumbrados al mar. No podría convertir en hábito la cara de mi mamá a través de una pantalla o ver crecer a mi sobrina por mensajes de WhatsApp. No te quiero engañar. Esta no es una historia de éxito; es un monumento tipográfico a la nostalgia. Es una carta de amor que se ahorra los cientos de kilómetros entre Tepic y Ciudad de México. Es el Corrido de Nayarit sonando en un Uber por Bucareli a las tres de la mañana. Es la lucha de la gente que todavía defiende el territorio. Es una pausa entre este momento y todos los que faltan por ocurrir.







