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Cambia el agrónomo el pincel por la pluma

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Arturo Aguirre Hernández presentó en el Salón Tertulia Pinceladas de mi tierra, diecisiete relatos que rescatan el habla, los oficios y la idiosincrasia rural de Compostela y San Pedro Lagunillas. La Rondalla Oro de la UAN puso el contrapunto

Las primeras voces de la Rondalla Oro de la Universidad Autónoma de Nayarit afinaron poco después de las cinco y media de la tarde del penúltimo martes en el Salón Tertulia. La sala se acomodó con la pausa de quienes vinieron a escuchar un libro y, de paso, a reconocerse en él. La séptima edición del Martes de Tertulia, que organiza la Fundación Nayarit Visión de Futuro (NAVIFU), tuvo como motivo Pinceladas de mi tierra, volumen de relatos del doctor Arturo Aguirre Hernández, ingeniero agrónomo zootecnista, profesor jubilado de la UAN y vaquero de origen, como él mismo se reivindicó esa tarde.

Vladimir Valenzuela Barrutia, presidente de NAVIFU, abrió la sesión con una idea que sostiene el ciclo desde hace catorce años: la tertulia necesita foros y conversación. La sociedad, dijo, debe debatir, y reclamó para la mesa redonda el lugar que la tecnología ha venido vaciando. Citó la advertencia clásica sobre los pueblos que olvidan su historia y deslizó una idea más doméstica: la tertulia tendría que volver también a la casa, a la cocina, al sobremesa.

El maestro Sergio Sartiaguín Montes, coordinador de eventos culturales de la Fundación, leyó después el perfil del autor. Aguirre nació el 21 de febrero de 1953 en Compostela y creció en Carrillo Puerto, sitio que reconoce como su origen verdadero. Estudió en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, hizo maestría en producción animal tropical y doctorado en nutrición animal. Treinta y tantos años de docencia e investigación en la UAN, decenas de artículos científicos, decenas de tesis dirigidas. Casado desde 1978 con la profesora María Yolanda Villaseñor Salazar, padre y abuelo. La trayectoria, por sí sola, no anunciaba al escritor. Sólo la jubilación destrabó la otra mitad: la literaria.

Pinceladas de mi tierra es el tercer libro de Aguirre, después de Reparos del tiempo y Recuerdos de aquellos tiempos en Chapingo, y antecede a Gente sin historia, cabalgando por la vida, ya en imprenta. Reúne 17 relatos breves, sin orden cronológico, que van del siglo XIX a tiempos recientes. La geografía es acotada y precisa: Carrillo Puerto, Cuastecomate, Tequilita, Cerro Pelón, Mazatán, El Embarcadero, las orillas de Compostela y San Pedro Lagunillas. Son hechos reales con los nombres cambiados, advirtió Sartiaguín, por prudencia y respeto, porque algunos episodios involucran riñas, sangre, intimidades de pueblo.

Cuando le tocó el turno, Aguirre explicó el título por la vía menos solemne. En la primaria de Carrillo, en la Escuela Rural Federal Juan Escutia, jamás aprobó dibujo por su propio mérito. “Era malísimo, con M mayúscula”, dijo. Los maestros le ponían ochos por benevolencia. Concluyó entonces, sin saberlo todavía, que pintaría las cosas por otra vía. La pluma sustituyó al pincel y la metáfora del título quedó hecha: cada relato, una pincelada breve y precisa.

El autor decidió después no hablar de sí mismo y dejar que las imágenes hablaran del medio. Una a una fue desfilando la región en diapositivas: los caminos viejos de Carrillo a Compostela, la bifurcación hacia Borbollón, el aula rural donde su tío Ramón Aguirre Hernández le enseñó a leer, el retrato evocado de Carolina Hernández Anzaldo, primera mujer del pueblo que salió a estudiar para maestra. Aparecieron los oficios y los aperos: la arriería de mulas que cargaba mercancías cuando no había carretera, el fogón donde se calentaban las tortillas, los huaraches de tres correas, el bule con tapón de olote, las oloteras para desgranar el maíz a tallones, la cándala para recoger leche, el cuerno con que el vaquero llamaba a las reses para darles sales minerales, las armas de pecho que protegían las rodillas del huizapol y del estebrizache, la petaca piscadora colgada a la espalda. La iconografía como inventario de nostalgia.

“Más que campesino, fui vaquero”, dijo Aguirre. La aclaración importa porque el libro se sostiene en esa mirada. Casi todos los lugares que aparecen los recorrió a caballo con su hermano. La memoria del jinete tiene otra cadencia: la del que cruza, la del que ve desde arriba, la del que conoce a los animales antes que a las leyes. Esa mirada gobierna la prosa.

Aguirre defendió la pertinencia del tema rural. Recordó que las tertulias anteriores habían girado en torno a la política, con ponentes muy conocidos, y confesó haber dudado del interés que despertaría un libro sobre el rancho. La defensa fue lacónica: las raíces del país siguen siendo rurales, y sin medio rural no se come.

El catálogo de relatos quedó esbozado a manera de antesala. “Siempre vemos a los cerros” reconstruye la figura de un matón de Santo Tomás que el autor conoció de niño y que terminó por dispararle el impulso del libro entero. “En la cultura está el progreso” rinde homenaje a los primeros maestros y profesionistas que salieron de Carrillo, entre ellos Ramón Aguirre Hernández, Irene Carrillo Casas, Nicolás Aguirre Anzaldo y Juan Hernández García. “Y con qué ojos, divina tuerta” retrata a los trabajadores que pasaron la vida endeudados y que sólo pudieron heredar deudas. “La obstinación de Modesta San Román” se ofrece como el relato más arriesgado en lo formal: Aguirre se permitió ahí el habla coloquial sin maquillarla, palabrotas incluidas. Es parte de la vida humana, dijo, y advirtió a los lectores aprensivos.

Hubo además un relato que el autor apenas insinuó para no agotar la sorpresa: el de un hombre del pueblo que se quedaba dormido en cualquier circunstancia, incluso montado en su mula, y al que un par de bromistas trataron como mejor les convino. Aguirre lo cortó en el mejor momento. “No van a comprar el libro porque ya les conté todo”, se justificó.

La sección de preguntas devolvió la conversación al presente. Isabel planteó un asunto de fondo. Por qué, si Nayarit ha producido tantos ingenieros agrónomos egresados de Chapingo y de otras universidades de prestigio, su agricultura no acaba de despegar pese a los recursos hídricos, las vías de comunicación y la cercanía con Sinaloa y Jalisco. Aguirre desarmó la pregunta antes de responderla. El estado, dijo, tampoco ha despegado en los rubros de contadores, químicos o ingenieros industriales. La conclusión es entonces de otro orden: el problema es social, y tiene forma de pirámide. Quién decide arriba y quién ejecuta abajo.

Trajo a colación el viejo Programa Nacional de Desmontes, concebido para sustituir la vegetación nativa por praderas y mejorar la ganadería estatal. El planteamiento técnico se sostenía. Lo que falló fue el seguimiento: cuando se cortaron los apoyos, el monte volvió a ganarle al pasto y el programa terminó haciendo honor al apodo que le puso su hermano, “desmadres”. Aguirre cerró con una comparación que evitó cualquier ingenuidad. En Estados Unidos, dijo, cuando una universidad médica determina el tratamiento de una enfermedad, el gobierno lo aplica porque emana de una decisión técnica. En México, las decisiones son del estómago y el riñón. El día que el político se sujete al técnico, agregó, la cosa puede cambiar. “A nosotros tal vez ya no nos toque”.

Antes del cierre, Ernesto Anzaldo Velázquez, primo del autor, intervino para evocar el regreso de Aguirre y de su hermano Raúl a Carrillo en el otoño de 1968, cuando el conflicto estudiantil paralizó Chapingo. El propio Aguirre completó la anécdota. Internados en la escuela, primero se comieron las vacas que daban la leche, luego se comieron los caballos. Cuando se acabó la carne y siguieron faltando frijoles y tortillas, agarraron camino a sus pueblos. Llegó a Carrillo, dijo, “hambriado”.

La Rondalla Oro de la UAN cerró la tarde con un repertorio que el propio Aguirre había anunciado por dentro, desde la complicidad de quince años con los músicos. Sonaron una pieza de Luigi Cisneros, una composición del agrónomo oaxaqueño Álvaro Carrillo y un arreglo confesadamente inspirado en Albert Hammond. El director de la Fundación Álica, entregó los reconocimientos al autor y a la rondalla, firmados por Vladimir Valenzuela y Sergio Sartiaguín.

Aguirre se quedó después firmando ejemplares con la mesura de quien todavía no se acostumbra del todo a esa parte del oficio. Era el tercer libro, y según él mismo lo dijo, el que más trabajo le había costado. Cabe sospechar que la dificultad estaba en lo que el libro intenta: contener un pueblo entero en diecisiete pinceladas sin que se derrame.

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