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El Nayarit de 1894 visto por un gringo con buena pluma y mirada filosa

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Las impresiones de Mr. A. L. Nolf, entre puertos cansados, caminos de pesadilla y fábricas de azúcar, revelan cómo se veía Nayarit hace más de 130 años. (primera parte)

¿Actualmente cuál es la impresión de un viajero estadounidense al visitar nuestro estado? Pues ahorita eso no lo sé de cierto, ¡perooo!, en 1894 el viajero estadounidense Mr. A. L. Nolf dejó escritas sus impresiones sobre San Blas, Tepic, La Escondida y Puga en el periódico El Nacional de la Ciudad de México, y luego el periódico local Lucifer las replicó, porque cuando una historia está buena, se corre más rápido que chisme de vecindad.

Se dice, se cuenta, se rumora que gracias a eso hoy podemos echar un vistazo a cómo se veía nuestro terruño hace más de 130 años, así que iniciamos por sus impresiones a su llegada a San Blas. Recuerden: estamos en 1894.

San Blas ya venía “de bajada”, sí, pero todavía era un puerto con cierta importancia, no era el Amazon de la época, pero seguía funcionando como punto comercial regional; es decir, ya estaba cansadón el puerto, pero todavía daba batalla.

Para empezar, Mr. Nolf se quedó en La Casa Blanca, un hotelito que, según él, “no era el Capitolio de Washington… pero se llamaba igual”.

Mr. Nolf dijo: “San Blas… sin ser todavía una ciudad, es a lo menos un pueblecito habitable… posee un hotel limpio y bien atendido”. O sea, no estaba para presumirlo en la portada de una revista, pero tampoco para salir corriendo.

Luego escribió algo que seguro no les va a caer nada bien a los ostioneros de Aticama: “Sus ostras no son tan buenas como las de Guaymas, pero, sin embargo, se pueden comer…”. ¡Tómala, papá! Una reseña fina, pero con cucharita de veneno.

Después señala que el comercio de San Blas era casi únicamente de tránsito y que consistía principalmente en el embarque de azúcar, elaborada en las dos principales fábricas que muy pronto iba a visitar: La Escondida y Puga.

Nolf cuenta también que la vía férrea estaba empezada, pero abandonada. Así que el viajero sólo tenía una opción: la diligencia. Y aquí es donde uno entiende que antes viajar no era un paseo; era casi una prueba de resistencia espiritual.

Él lo dijo sin anestesia: “…la diligencia pasa, pero el camino… ¡Gran Dios mío! El camino no merece tal nombre, y todo lo que puedo decir de él es que, si tuviese yo un enemigo mortal y tuviese el poder de castigarlo, le condenaría a hacer el trayecto de San Blas a Tepic en diligencia por un mes seguido, si acaso tanto viviera”.

Según las malas lenguas de las buenas gentes del siglo XIX, una diligencia apenas avanzaba entre 10 y 12 kilómetros por hora. Así que recorrer esos 50 o 70 kilómetros podía tomar medio día o hasta un día completo. Y en época de lluvias, mejor ni hablamos.

Y hasta aquí llegamos por hoy, pero no se desconecten, porque en la siguiente parte vamos a seguir con las impresiones de esta carta y ahora sí vamos a meternos de lleno a Tepic, donde también hay tela de dónde cortar.

Fuente: Pedro López González, “La ciudad de Tepic hace 100 años (1894-1994)”, Revista Trimestral de la Fundación Alica.

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