Enrique Krauze publicó este jueves en El País una columna que tiene todo el aspecto de un ajuste de cuentas intelectual con dos distorsiones simétricas que, según él, envenenan el debate sobre la identidad mexicana. Una viene del poder. La otra viene de ciertos círculos conservadores españoles. Las dos, escribe el historiador, comparten el mismo defecto de origen: usan la historia como munición política en lugar de estudiarla.
El texto abre con una distinción que organiza todo lo que sigue. Traza cuatro corrientes, dos para cada tradición. El indigenismo comprensivo nació con los franciscanos del siglo XVI, con Motolinía y Sahagún, y llegó al siglo XX con figuras como Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla. Su método fue el estudio, el aprendizaje de lenguas, el registro paciente de culturas. A su lado existió siempre un indigenismo combativo, cuyo profeta fue fray Bartolomé de las Casas, y que en México encontró expresión en la vertiente zapatista y agrarista de la Revolución, y más tarde en la labor del obispo Samuel Ruiz. Ambas corrientes, distintas en temperamento, comparten una base: el conocimiento de las culturas que defienden o estudian.
Frente a ellas, Krauze sitúa lo que llama indigenismo demagógico, y el retrato es el más incómodo del texto porque apunta directamente al régimen actual. Esta corriente, escribe el historiador, “nada tiene que ver con el conocimiento de las culturas indígenas ni con la defensa de las diversas comunidades indígenas que existen en México.” Sus practicantes invocan desde el poder al indígena que hace medio milenio adoraba a Quetzalcóatl, “pero olvidan al que hoy mismo enciende veladoras a la Virgen de Guadalupe en la capilla barroca de su pueblo.” La paradoja que señala Krauze tiene siglos: ese indigenismo de Estado nació entre criollos durante la independencia, que reclamaban la legitimidad del Imperio mexica sin tener, en sus propias palabras, “una gota de sangre indígena.” La apropiación era entonces tan política como lo es ahora.
El hispanismo recibe el mismo tratamiento. Krauze reconoce una corriente reaccionaria que floreció en México durante la primera mitad del siglo XX y que tampoco tenía interés en comprender el pasado. Su propósito, escribe, “fue utilizarlo contra la modernidad democrática y liberal, la secularización, la tolerancia y la revolución social.” Los nombres que cita son precisos: Vasconcelos en su madurez, Alfonso Junco, el jesuita Mariano Cuevas. Este hispanismo convirtió a España y a la Nueva España en una abstracción providencial e idealizó el virreinato hasta desfigurarlo. En fechas recientes, esa corriente reaparece en el desprecio hacia las culturas indígenas bajo la idea de que España llegó a civilizar lo que carecía de valor, “olvidando que México, antes de 1521, era el asiento de una vasta y riquísima civilización.”
La parte más sólida del texto es la que construye el contrapeso a esas dos demagogias: el hispanismo del conocimiento. Krauze despliega aquí su biblioteca con la autoridad de quien lleva décadas en ese oficio. Lucas Alamán y Joaquín García Icazbalceta en el siglo XIX. Silvio Zavala, Edmundo O’Gorman y José Miranda en el XX. Lo que une a esos historiadores, escribe, es una convicción compartida: “la Nueva España no puede entenderse como una simple interrupción entre un mítico esplendor indígena y la república, sino como una continuidad compleja que dejó instituciones, lengua, religión, ciudades, arte, formas jurídicas, costumbres y visiones del mundo.” El hispanismo del conocimiento, a diferencia del reaccionario, estudia sin idealizar. Reconoce las universidades y la protección jurídica de los pueblos de indios, pero también la inquisición, la esclavitud y las jerarquías raciales. Esa amplitud es lo que le da, en palabras del historiador, “autoridad intelectual.”
El cierre de la columna es el que más interesa al debate mexicano del presente. Krauze escribe que ni el México indígena ni el hispánico existen hoy en estado puro: “sobreviven mezclados y en gran medida reconciliados, pese a los esfuerzos de los políticos y militantes por enfrentarlos, en la realidad de una nación plural.” La tradición seria del pensamiento mexicano, argumenta, entendió siempre esa complejidad. Por eso sus mejores historiadores estudiaron las herencias sin adorarlas.
La conclusión política del texto: “México no pertenece a una identidad exclusiva ni excluyente.” En un país de leyes, la pertenencia la define el orden jurídico compartido, no la raíz étnica ni la cultural. Defender una identidad en detrimento de otra es, en su lectura, olvidar ese principio.
La columna de Krauze llega en un momento en que el debate sobre la identidad nacional volvió a cargarse de instrumentalización. El gobierno federal ha hecho del indigenismo un eje discursivo permanente, y desde España algunos sectores respondieron con un hispanismo de reivindicación que reproduce los tics que el historiador describe. Elige el camino más incómodo para ambos bandos: recordar que la historia de México es demasiado compleja para caber en una sola narrativa de origen, y que quienes la simplifican con fines políticos, sea desde el poder o desde la nostalgia imperial, terminan por distorsionar el país que dicen defender.
Para un lector de Nayarit, esa advertencia tiene resonancia concreta. La región concentra comunidades huicholas, coras, tepehuanas y mexicaneras cuya relación con el Estado mexicano y con la herencia colonial tiene capas que ningún indigenismo de mañanera ni ningún hispanismo de tribuna alcanza a tocar. Lo que Krauze llama conocimiento riguroso y paciente es, en esos contextos, una condición para hablar con alguna seriedad. Sin él, queda el discurso: útil para ganar elecciones, irrelevante para las comunidades que supuestamente representa.







