
Y la botana os hará felices
En todos los países donde el futbol articula la pasión de una buena parte de la sociedad, los partidos no pueden ser tales si no se acompañan de comida; de esa comida que clasificamos como botana, porque no se trata de comida en forma, sino de alimentos de consumo entre las comidas diarias que aligeran el tiempo.
Lo que caracteriza a los espectadores de futbol, además de la fidelidad a su equipo favorito, es el consumo de botanas y bebidas. ¿Cuáles botanas, cuáles bebidas? Eso dependerá de la región de que se trate.
Por ejemplo, en Alemania se piensa que sin salchichas no hay futbol. Esa botana se refiere a los famosos Stadionwurst o salchichas que venden en los estadios, acompañados, claro, de cerveza. La salchicha es la blanca alemana a la parrilla que se sirve dentro de un panecillo parecido a los que nosotras conocemos de hot dogs, pero que en Alemania son crujientes y se llaman Brötchen. Generalmente se les agrega mostaza de sabor fuerte y, en ocasiones, cátsup. En las casas alemanas es común que se preparen tortitas de papa para acompañar a la cerveza y sándwiches de Mett, un alimento de carne de cerdo cruda sazonada con sal, pimienta y cebolla.
Qué diferencia con los kilos y kilos de camarones que se consumen en el lugar donde vivo, porque aquí, la botana principal son los camarones en diversas presentaciones. Desde luego, también las papas y todo el resto de frituras con picante con que hoy se arruinan los estómagos. Las botanas pueden incluir ceviches de distintas composiciones: negros con salsas de soya o salsa inglesa; verdes con chiles diversos; rojos, etc.
Mis amigos argentinos dicen que, en su país, la botana preferida son los quesos, aceitunas y snack salados. No pueden faltar las empanadas y choripanes. La cerveza compite con el vino para poder animar al partido de las barras azules en la búsqueda del campeonato.
¿Qué relación tiene el sentido del gusto con el juego de once contra once? El antropólogo Levi-Straus decía que los pueblos han distinguido entre alimentos buenos para pensar y malos para pensar. Las botanas, sin duda, deben ser buenas para pasar el rato o malas para digerir la derrota. Aquí estamos más allá de las notas antropológicas, estamos ante alimentos que pueden ser buenos para alimentar el alma colectiva de la pasión futbolera, por lo que las botanas y bebidas las podemos clasificar en buenos para apasionarnos o malos para sentir la retirada.
A nadie se le ocurriría tomar leche tibia al estar viendo un partido. Quizá porque lo que se bebe nos introduce a un mundo donde las pasiones se pueden disparar, mientras que la leche tibia la asociamos con la calma, la tranquilidad, el momento de ir a dormir. Entonces, la leche pasteurizada es un mal alimento para la pasión del futbol.
Comer es entrar a una dimensión donde los sabores se mezclan con las emociones. No es lo mismo comer una bolsita de papas en la soledad de un viaje en autobús cuando vamos de un lugar a otro, que comer ese mismo alimento con los amigos en medio de la algarabía previo al gol del equipo de preferencia. Las papas no saben igual, aunque sean las mismas papas, aunque las porciones de sal o de picante nos alerten con sellitos sobre sus consecuencias en las gastritis.
Actualmente, ante el mundial de futbol de 2026 existen distintas ofertas de comida para ver el futbol. No estamos hablando de lo que deben comer los futbolistas como preparación para los juegos, sino de ese gran negocio alrededor de los espectadores. Ya sea que el partido se vea en el estadio, si es que se ha tenido el dinero suficiente para conseguir entradas o se vea en un restaurant, en un bar, en una marisquería. La oferta de alimentos dejará el suficiente dinero para hacer del futbol un negocio alrededor del cual se generan miles de dinero en ganancias.
Los alimentos que se escogen para ver el futbol no tienen nada que ver con los presupuestos sociológicos con que analizamos los alimentos que permiten o prohíben los diversos pueblos, en base a lo bueno o malo para el cuerpo. Salen de esa lógica porque se refieren a alimentos que dan placer, un placer del cuerpo que puede incitar a otros placeres, por ejemplo, el de gritar, el de organizarse en porras, el de sentirse parte de la comunidad, el de hacer la ola mexicana. Placeres que se pueden disfrutar en las gradas de un estadio, en la mesa de un bar, en un restaurant o en la sala de la casa. En todos estos espacios los espectadores no estarán solo ante el futbol; estarán ante el ritual del enfrentamiento de unos contra otros; espectáculo por excelencia en la historia humana.
Además, quienes ven el partido hará comunidad con todos los que, igual que ellos, esperan que los once del equipo, venzan sobre los once de la frontera de enfrente. Queremos héroes o mártires, pero no derrotados en juegos justos.
Puede ser que cada quien le apueste a equipos diferentes. Los goles podrán dividir a los espectadores, a la afición; pero la comida, la bebida y la botana los unirán. Cada comunidad habrá ingerido casi los mismos alimentos y en esa ingesta volverán a reconstruirse como la comunidad nacional que somos. Porque lo comido, de acuerdo a las palabras antropológica, pasa a ser parte de la identidad común.
Es la botana y la bebida lo que une a las personas, aunque la diferencia de goles tienda a separarlos.
Aún quienes no estamos al tanto de los equipos mundialeros, nos preparamos para esas jornadas. Nadie puede sustraerse al ruido que ocasiona el futbol; al escándalo del show con que se presenta; al espectáculo de su parafernalia. Sabemos identificar las narraciones de los juegos, las pausas de los cronistas, los aplausos de los aficionados. El futbol nos alcanza, aunque queramos levantar una muralla ante su intromisión en la vida cotidiana.
Vencida por la contundencia del Mundial, sus gritos y sus gestos, me preparo para atravesarlo. Ya compré camarones y cerveza dulce.
Dispuesta a los rituales, a los mitos, a los símbolos, a las pelotas mal tirada, sigo el ritual de la fe que está ahí, en la esperanza de la colectividad ante el milagro del gol; en la creencia personal de quien le apuesta su quincena al penalti; quien confía en la táctica del director técnico; en la fortaleza de las defensas; en la justeza del árbitro, en la pericia del portero histórico. La religiosidad estará presente en forma de peticiones de soluciones milagrosas; de promesas de mandas a los santos de su preferencia, con tal de sentir la emoción del triunfo.
Entonces, el futbol habrá mantenido viva la ilusión.
Un solo triunfo basta para que el mito se vuelva a cumplir. Un solo gol suficientemente degustado con la botana adecuada, porque sin botana no hay futbol. Y sin futbol, no hay nación.
[1] Socióloga, investigadora de la Universidad Autónoma de Nayarit







