Ella no necesita promesas imposibles para comprar. No hacía falta que el vendedor le jurara que el reloj sólo se desajustaba un segundo cada diez mil años. No era barato: estiró el plazo a cuarenta y ocho meses. Quería verme con ese hermoso reloj extraplano. A las pocas semanas entró a garantía, no por exactitud, sino por filtración de humedad. Regresó meses después, y de vuelta por la batería. Sus días terminaron en un taller que cerró antes de devolverlo reparado. Sobra decir que no es la marca preferida de los políticos de la cuatroté y aliados, que pagan esas cifras porque las suyas sí se atrasan apenas un segundo en el plazo prometido. Su mesías prometió que el movimiento renovador es para siempre. Necesitan sus relojes para comprobarlo con exactitud. ¡Haberlo sabido!







