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Identidades licuadas: lo que el Tri tiene en común con una enchilada suiza

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Reflexión a partir de la carta «Identidades licuadas», de Juan Villoro, publicada el 13 de junio de 2026 en El País , dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Juan Villoro le responde a Caparrós con un tema que el fútbol arrastra desde que «los balones eran de cuero y los porteros usaban boina»: el sentido de pertenencia.

Antes el jugador pertenecía al barrio. El cronista ilustra la idea con Ángel Labruna, el goleador de La Máquina de River, hijo de un relojero cuyo negocio estaba a tres cuadras de la cancha. Desmontar engranes y desmontar defensas, escribe, «era asunto de familia». La elección del ejemplo es deliberada: Labruna era enemigo histórico de Boca, club del que Caparrós es biógrafo. Hasta los enemigos, sugiere Villoro, tienen identidad.

De ahí salta a lo que vio en el Azteca el jueves. La inauguración alcanzó, dice, «todos los niveles del paroxismo emocional», y se hace una pregunta incómoda: «¿Se puede estar orgulloso de un país al borde del desastre?». México existe, contesta, para practicar esa contradicción. Y la sintetiza en una frase de bandera: «Nos vamos a la chingada, pero somos a toda madre».

Cantar el himno o Cielito lindo, hacer la ola, aventar sombreros de cartón, besar al vecino cuando anota el Tri: signos de identidad de una nación donde, anota el escritor con humor, hasta los perros traen puesta la camiseta verde.

La tesis sigue. Para Villoro, el entusiasmo mexicano no dependía del marcador ni de hazañas previas, que tampoco existieron, sino del milagro de estar juntos «y de preferencia apretados». La fiesta sólo necesita un motivo: nosotros mismos.

El 2 a 0 sobre una débil Sudáfrica, con un árbitro que expulsó a dos rivales y «entendió nuestras necesidades», desató una alegría desproporcionada para lo ocurrido en la cancha. La causa, escribe, está en otra parte: «ser mexicano es una exageración emocional».

Aquí entra la pieza central, el caso Quiñones. Caparrós había usado al goleador como ejemplo del desarme de las patrias; Villoro lo lleva más lejos. Cuenta que Julián Quiñones nació en Magüí Payán, Colombia, llegó a México a los 17 años y acaba de coronarse campeón de goleo en Arabia Saudita.

Y refresca un antecedente útil: en los años 80, el mejor centrodelantero brasileño jugaba en México, Evanivaldo Castro Cabinho, ocho veces campeón de goleo, pero a nadie se le ocurrió hacerlo mexicano exprés. El contexto cambió: hoy la Liga MX admite siete extranjeros en cancha y dos en la banca, aporta 26 jugadores de otros cinco países al Mundial, y los naturalizados, dice, son una consecuencia lógica.

Para nombrarlos, Villoro acuña su mejor hallazgo. Recuerda que Zygmunt Bauman habló de «identidades líquidas», las que se adaptan a un entorno raro, y propone una versión más extrema: «identidades licuadas», que ya no necesitan entorno.

Quiñones, dice, es un «mexicano virtual» o, más a su modo, un «mexicano pirata», categoría típica en un país donde siete de cada diez personas compran al año un producto falsificado. La frase que cierra el párrafo es la que mejor define el tono de la carta: en esta tierra, escribe, «una enchilada es suiza si lleva queso y un futbolista mexicano si lleva playera verde».

Por contraste, dibuja el caso inglés. Inglaterra admite un solo naturalizado, y ésa es su tragedia. La Premier League, sigue, es «el Museo Británico en movimiento», un despliegue de excelencia y despojo que ahoga al talento local. La selección, profetiza, fracasará por confiar en su gente.

Para sostenerlo recurre a Shakespeare, a un verso del Ricardo II en clave de nostalgia imperial: «Esa Inglaterra que estaba acostumbrada a conquistar a otros / Ha hecho la vergonzosa conquista de sí misma».

La carta enhebra después de una serie de casos. Los hermanos Boateng en Sudáfrica 2010, uno por Ghana y otro por Alemania; los hermanos Williams hoy, Nico en España e Iñaki en Ghana, nacidos los dos en el País Vasco, compañeros en el Athletic. Ser de un país, resume Villoro, «se ha convertido en un trámite de oficina que depende de opciones de trabajo». ¿Lamentarlo? Antes de contestar, advierte, conviene recordar que la mayoría de las cosas que se hacen en nombre de la patria son siniestras.

Y entonces deja el remate, que es donde la columna se vuelve generosa. El futbol, ​​escribe, permite la ilusión leve y transitoria de formar parte de un colectivo. Los mexicanos que el 11 de junio llenaron el Azteca no reclamaban Texas ni esperaban un perdón del rey de España: estaban ahí, unidos por «una rara magia», apoyando a un equipo que siempre es inaugural «en la medida en que carece de tradición triunfadora».

De Quiñones dice algo que cierra el círculo con Labruna: llegó sin biografía a un país sin glorias, y por eso su amor a la camiseta es como el de cualquier mexicano. La identidad, concluye, «es una ilusión compartida», y la portamos con orgullo aunque la investidura verde, agrega con su humor, esté hecha en China.

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