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lunes, junio 15, 2026
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El último mundial con gente en las gradas

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Reflexión a partir de la carta «Te vi por tevé, te tuve ahí», de Martín Caparrós, publicada el en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Martín Caparrós le escribe a Villoro al día siguiente de la inauguración y arranca con una confesión afectuosa dirigida a su «Granjuán»: «creo que te vi». Lo vio, aclara, disuelto en la multitud que llenaba el Azteca y la pantalla, más como parte del coro que como figura suelta. Estaba ahí, y volvió a envidiarlo. De esa imagen, la del amigo entre la gente, sale la idea que ordena la carta: hay que aprovechar este momento, porque el espectáculo todavía necesita seres humanos en las tribunas.

Y ahí está la profecía. Para Caparrós, los aficionados somos hoy la mejor escenografía del espectáculo, lo prueban los partidos pálidos de la pandemia, y encima nos cobran fortunas por servir de decorado. Sospecha que pronto la FIFA cambiará el engorro de mover a cien mil personas, con sus controles y sus incidentes, por imágenes de inteligencia artificial: hinchadas generadas que coreen sus cánticos en el idioma de cada país donde se transmite, e incluso espectadores a la carta, Brad Pitt con Sofía Loren cuando el partido aburra. A los responsables de ese tedio los bautiza «paladines del tedio con moñito». La idea inquieta por lo plausible.

La carta no perdona el preámbulo. El cronista describe una ceremonia interminable, con intérpretes que exhibían sus cirugías y cantantes de una especie nueva que sólo emiten gruñidos, y futbolistas que pelotean, o «pelotudean», en el césped desde temprano, muy lejos de los dioses que antes sólo bajaban al campo un último momento. El blanco mayor son los himnos. Las llama «piezas arqueológicas» que seguimos cantando como si nos representan, aunque el mundo que las parió se haya terminado. Lo ejemplifica con el mexicano: millones entonaron que hay «un soldado en cada hijo de dios» (sic) en un país que lleva un siglo sin guerra y sin esa fe.

Cuando por fin rodó el balón, México ganó 2 a 0 y Sudáfrica confirmó, según el escritor argentino, que «lo suyo no es el fútbol». De ahí una observación sobre el Imperio Británico, que exportó el balompié al mundo pero reservó para sus dominios otros deportes: el rugby a Sudáfrica, el cricket a la India. A Estados Unidos, bromea, le tocaron las invasiones. El primer gol, el que abrió el Mundial, lo hizo Julián Quiñones, y Caparrós lo toma como símbolo de algo: nacido en Magüí Payán, Colombia, juega en Arabia Saudí y representa a México. La idea del Mundial como refugio de las patrias, escribe, «se desarma en un san Tiamén».

El corresponsal encuentra un sentido más oscuro en el formato de 48 equipos. Sospecha que funciona como un cuento moral sobre la desigualdad: nos deja soñar con que Cabo Verde le gane a España, y luego la realidad nos devuelve a nuestro lugar. De ahí salta a una melancolía mayor. Echa de menos los tiempos en que uno sabía cuál era su sitio, cuando había un sitio. Ahora, dice, vivimos en un «barro patinoso» donde resbalamos hacia ninguna parte, y por eso mismo un Mundial conforta: ofrece un orden, y promete más orden dentro de mes y medio, cuando cada quien queda en su lugar.

La carta se ablanda al final con una apuesta. Le preguntan quién será la sorpresa del torneo, y Caparrós responde que podría ser Messi: el abuelo al que sacan a echar alpiste a las palomas y de pronto echa a correr sin que nadie lo alcance, como el viejito de Chaplin. Recuerda lo que escribió en Qatar, que la ventaja de Messi era que ya no estaba Maradona, y que esa ausencia lo liberaba para «jugar, jugar, jugar». Le ganó: ganó aquel Mundial y, dice, se compró un tiempo compartido en el Olimpo. Ahora juega «desde el más allá», amortizado, sin que nadie le exija nada, lo que para el escritor es la situación perfecta.

Y entonces se desdice: son tonterías, especulaciones, todavía no se sabe siquiera cómo camina Messi en una cancha. Lo que importa está en otro lado, y vuelve al principio: que su amigo estaba en el Azteca y él, en su sierra, lo miraba. «Te vi por tevé, te tuve ahí», escribe, y cierra con tres palabras: «No sabes la emoción». La pieza hace lo que mejor le sale a Caparrós, demoler el espectáculo con saña y, en la última línea, rendirse a lo único que el negocio todavía no puede fabricar: la emoción de ver a un amigo del otro lado del mar.

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