Frente al mayor templo del catolicismo tapatío se abrieron las puertas del infierno. Rodeados por mallas de color y custodios uniformados de verde fosforescente, miles de personas caminamos voluntariamente hacia la plaza secuestrada por la ambición del negocio futbolístico.
Vestidos de verde, blanco y rojo como si la nacionalidad exigiera un uniforme, nos formamos para atravesar un detector de metales. Un guardia improvisado revisaba bolsillos, mochilas y cinturones, para confiscar encendedores, botellas de agua, tabaco o alimentos que se convertían en tributos para un basurero atascado de todo aquello que puede ayudar a aliviar la espera.
“Me quitaron mi caja de cigarros, lo bueno que el vape lo traigo escondido en los huevos”, sentenció un compañero de la Ciudad de México al hacer notar su amarga victoria.
El escenario estaba listo. Apenas eran las 11 de la mañana, pero la gente ya se preparaba para el espectáculo anunciado a las 7 de la tarde. Nuestra “temprana” llegada era consecuencia de las múltiples advertencias que los locales nos hicieron al expresar nuestro deseo: “Si quieren ir al fan fest más vale que lleguen a las 6 de la mañana”, nos decían con exageración algunos.
Aunque en cierto punto la amplificación del comentario estaba justificada. A nuestra llegada ya todo parecía lleno. Bajo el sol incesante, largas filas adornaban los stands de comida y bebidas a sobreprecio.

La mayoría de mi grupo eligió las hamburguesas o hotdogs cuya fila auguraba un buen sabor. Yo leí tacos de lechón. “Han de ser como los de Acaponeta”, les comenté esperanzado porque la fila era mucho menor.
Las largas esperas, a pesar de que todo se pagaba con tarjeta, abrían la oportunidad de la charla casual. “¿Cómo crees que nos vaya hoy con los coreanos?”, “Yo creo que, si ganamos, quizá sea la tarde de la Hormiga”. “Ha estado bien el Mundial ¿no?”, “Viste el golazo de Mbappe, pero sin duda el gol del mundial es el de Vinicius”, “Es una locura lo que juega Messi, lástima por Cristiano”, eran parte de las sentencias que intercambiábamos con los compañeros de este círculo.
Llegado al mediodía y tras una hora de fila, finalmente los alimentos nutrieron nuestra alma. La democrática dinámica del festival de fanáticos era más que interesante. No importaba el dinero en la cuenta de banco o el color de tu tarjeta de crédito. Lo más valioso era tu tiempo y paciencia disponible para aguantar.
El grupo ansioso de treintañeros que conformábamos poco hizo por participar en las dinámicas que requerían hacer más filas. Así que tomamos camino al corazón del evento, en el que una vieja playera, una pila de vasos y la semana inglesa divertían más que cualquier juego patrocinado por alguna marca trasnacional.
Las risas, los roces y el conocido desmadre hacían olvidar por instantes el sacrificio que era estar bajo el sol sin poderte hidratar en la brevedad. Los gritos de “quiere volar, quiere volar” se convertían en breves himnos que anunciaban el despegue de hombres y mujeres, principalmente extranjeros, para ser elevados por los calurosos aires de la Plaza Liberación.

Pero pronto, el círculo infernal se hacía más pequeño y una nueva odisea se miraba al horizonte. “Hallé un lugar para comprar bebidas más rápido”, decía un compañero cuya astucia chilanga se convirtió en nuestra guía. La cerveza y el tequila eran mucho más accesibles que el agua o cualquier otra bebida. Yo que vivo en abstinencia desde hace tres meses tenía que hacer una larga fila para conseguir un agua o cualquier otra bebida sin alcohol.
Pero ante el oasis acaparado por las grandes filas, estuve a punto de salir en busca de alguna bebida externa, cuando miré una enorme marea verde que azotaba en las puertas de este averno.
“Quería salir a tomar agua pero veo que está imposible”, le dije a un policía. “Si hijo, ya está a tope esto y cerramos las puertas, si te sales ya no entras”, me advirtió el agente.
Mi malestar comenzó a agraviarse y no tuve de otra que retomar la espera para aliviar mi sequía. Así conocimos a más personas. “Es una mamada que no dejen entrar ni agua”, decían algunos locales que estaban al borde del golpe de calor. Dos mujeres con una década más de vida que nosotros también entablaban conversaciones. “¿De dónde son?”, nos preguntaban. “Somos de Nayarit”. “Hace unos años vivieron una situación difícil con la violencia verdad, recuerdo que yo fui a una competición marista y nos tocó ver unos colgados en los puentes”.
“Así es, pero ahorita está más tranquilo todo, incluso más que aquí”, solté con la conciencia de alguien que se enteró que un día antes un colombiano fue asesinado a golpes por supuestos mafiosos en la popular avenida Chapultepec, a unas cuadras de dónde estábamos comiendo unos tacos.
Después de hora y media, llegué a la tierra prometida y lejos de ser un espejismo, vi en el refrigerador el líquido añorado. “Dame tres Topochicos y dos Powerade, que ya no pienso hacer filas”, le dije apurado al joven que estaba al borde del desquicio. -“¿Gusta agregar propina?- me preguntó. “ Sí. Y dile a tus jefes que te paguen más, porque te están metiendo una chinga”, añadí como una muestra de simpatía a la interminable batalla que libraba el empleado.
Con los bolsillos llenos de líquidos para resistir las últimas dos horas previas al gran encuentro. Fuimos esquivando almas como si estuviéramos en un purgatorio. Y muchas de ellas lo eran. Hombres y mujeres que no comulgan la religión del futbol, pero que por vivir el momento están dispuestos a resistir los sacrificios que la federación de futbol requería de la afición en la sede mundialista de Guadalajara.
Saltando vasos, manos y pies, de quienes acaecidos miraban con hartazgo la goleada de Canadá a Catar, así como aquellos que quedaban atrapados en los brazos de Morfeo arropados por los suelos de la Liberación. Logramos colarnos lo más adelante posible del escenario principal.
Ya instalados, la mitad del grupo se separó por las exigencias dionisiacas del cuerpo. Mientras que la otra, nos quedamos a soportar del inclemente calor para resguardar nuestro privilegiado lugar, mientras compartíamos el agua y la cerveza con quienes nos rodeaban. Ahí las historias comulgaron. Algunos nos contaron de cómo aprovecharon el derrumbe de las bardas para colarse a esta “fiesta”. Otros de cómo en soledad viajaron de estados como Chihuahua para disfrutar del Mundial. Culminado el encuentro catarí-canadiense. Un destello de luz iluminó el escenario.
Un cantante de norteño tomó las riendas del espectáculo y empezó a cantar covers de canciones famosas. El abismo comenzó a ser más ameno y dio paso a una fiesta de locura en la que todos coreaban y sacaban sus mejores pasos. Poco importaba a un coreano bailar como reguetón el regional mexicano, al final de cuentas la extrañeza de sus rasgos atraía a las mujeres y hombres que hacían filas para probar sus labios o lanzarlo por los aires.

Finalmente, la fiesta finalizó, con la interpretación de una versión norteña del éxito Golden, de la banda de kpop Huntrix, en una especie de comunión entre culturas.
La pantalla volvió a encenderse y se presentaron a los héroes que estaban por disputar una nueva batalla mundial. El alarido fue enorme para los jugadores mexicanos, principalmente para aquellos que provenían del Club Deportivo Guadalajara.
El himno nacional retumbaba la Plaza Liberación como si fuera la víspera de una nueva revolución. Se movió el balón y la tensión comenzó a apoderarse de las más de 20 mil almas que nos dimos cita en el lugar. Sensación que se rompió con los cánticos improvisados que se generaban al grito de los más animados. “El que no brinque es puto, el que no brinque es puto”, rezaba la multitud sin reflexionar demasiado sobre el significado de la consigna.
Incluso el grito prohibido resonaba con ánimos triunfales, cada que el portero surcoreano tenía un saque de meta. Todo terminó por estallar con el “suertudo” gol de Luis Romo que puso al frente a la Selección Mexicana. Vasos volaron, abrazos comunitarios y gritos que dejaban afónicos. Incluso un desconocido soltó a su novia y se unió a nuestra emocionada tribu que se sumergía en la pasión del momento.
A partir de ahí no hubo vuelta atrás. La locura se apoderó de todos los miles de soldados, protegidos por sus casacas verdes y armados con sus vuvuzelas, para alejar con el sonido todos los viejos fantasmas del “ya mérito”.
La plaza parecía crujir, desprenderse de su raíz y elevarse al cielo, cuando el Tala Rangel atajó de manera gloriosa un doble remate del delantero surcoreano, garantizando la victoria.
En los minutos finales, el nerviosismo silenció las miles de voces que se rompieron con el embate final de México. Al sonar el silbato, el humo estalló en el escenario y el mariachi se apoderó del ambiente, la cerveza rozó el cielo y sació la sed de gloria de este ritual.
El infierno reabrió sus puertas y los miles de asistentes tomamos sendero con rumbo a la Glorieta de la Minerva. Sin señal en los teléfonos, buscar a un guía local parecía una tarea imposible. “¿Sabes dónde queda la Minerva?”, -“No soy de aquí”. “¿Tú eres de aquí?”, -“No soy de Zacatecas”, “Soy de Michoacán”, “Soy de Guanajuato”. Preguntamos hasta que alguien nos apuntó la dirección correcta. “Es para allá y caminando son como dos horas”.
La ciudad vuelta un caos hacía parecer que habíamos ganado algo más que solo tres puntos. “México, México, México”, se escuchaba sin cesar. “Corea ya probó el chile nacional”, se clamaba con picardía. “Que chingue su madre Claudia”, vociferaban algunos otros en una celebración que nunca se mostró apolítica.
Las calles tomadas por la efervescencia patriótica se llenaban de enmascarados, piñatas y hasta personajes extraños envueltos en la bandera nacional. El Payaso de Rodeo se bailaba cada tres cuadras, junto a La Carencia de Panteón Rococo.

Los automovilistas eran golpeados por la marea verde que sacudía sus vehículos como una embarcación en altamar. Mientras la cerveza se bebía, se derramaba y escaseaba en las tiendas cercanas, el olor a mariguana se expandía. La brutalidad del festejo no tenía supervisión de ningún policía o guardia nacional que anteriormente se vieron rebasados en el corazón del festival.
“¿Me vendes una chela?”, decía con cierta pena un compañero semidesnudo a un grupo que llevaba una hielera. “Perdón, wey, pero es que la necesitamos toda porque fue una chinga comprarla en el OXXO”. “Ten te regalo la mía”, lo rescataba una mujer del grupo.
Metros más adelante escuché una conversación que no era de mi incumbencia. “Wey perdóname por celebrar tu cumpleaños así”. “No mames, prefiero mil veces esto que un simple festejo”, dialogaban dos jóvenes. “Es tu cumpleaños”, le dije, “Fue ayer”, me respondió el amigo. “Estas son las mañanitas”, comenzamos a cantar al unísono más de 100 personas, mientras el festejado brincaba de la emoción y agradecía.
Después de más de hora y media de caminata se llegó al templo mayor del festejo mundialista. Arrastrando los pies y con la garganta rota. La Minerva se alzaba ante nuestros ojos. Rodeados por más de 150 mil mexicanos extasiados por una victoria clasificatoria. La gente bailaba, reía, bebía y fluía entre las olas humanas que ahogaban la glorieta.

“Que desmadre, y pensar que todavía faltan 30 días”, reflexionaban algunos con una mezcla de preocupación y emoción. El desgaste físico cedió y decidimos retirarnos. Atrás quedaron las filas, la sed, el calor y la odisea de navegar entre mares de gente.
Habíamos llegado al paraíso. Una ciudad llena de alegría y amor unida por la fe en 23 futbolistas. No solo fue un triunfo. Fue el sacrificio de una comunidad sedienta de esperanza.







