Era entonces un reportero niño y cándido. Cubrí la conferencia del procurador sobre el homicidio de un creador importante. En su papel de investigador implacable, presentó al autor material como trofeo. «¿Cómo dieron con él?», pregunté sin malicia. Explicaron: el muchacho ofrecía a los locatarios del mercado una pistola robada. Lo detuvieron, y en la patrulla vació de los bolsillos unas medallas de fantasía, robadas en casa de la víctima, que creía de oro. Tras esa confesión, el policía escrupuloso se evaporó. Todo había sido coincidencia y buena suerte. Fue de mis primeras lecciones, no la olvido. Más vale preguntar, aunque sean preguntas bobas, que tragarse a ciegas los relatos del poder. Preguntar es la obligación del periodista. También la del médico que quiere curar. La de cualquiera que prefiera comprender a creer.







