En los dieciséis párrafos que contiene la “Conclusión” de su primera encíclica, el Papa León XIV perfila el contenido de esta conclusión presentándolo como “un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio”.
Este itinerario de vida cristiana ―el cual, puede considerarse como “una espiritualidad cristiana para los tiempos de la Inteligencia Artificial”―, es descrito en unas pocas palabras: “es un camino que nace de la contemplación del designio de Dios, vive la unidad eclesial nutriéndose de la Palabra y de la Eucaristía, construye el bien del mundo y ora junto con la Virgen María”, es decir, tiene una dimensión teo-cristológica, otra eclesiológica, una más de carácter sociohistórico y una cuarta místico-contemplativa.
Nace de la contemplación del designio de Dios.
“En un mundo atravesado por tantas maniobras que apuntan a conquistar mercados y espacios de influencia, a menudo revestidas de retórica tranquilizadora y construcciones ideológicas seductoras, nuestro corazón siente la necesidad de descubrir un proyecto diferente, sabio y benévolo, semejante al que María contempla en el Magníficat”. “En el centro está el misterio de la Encarnación: el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio”. “En esta carne herida y amada, el Padre nos muestra la verdadera humanidad de una vida que se realiza en la apertura y en la comunión”. “Este rostro humano es la plenitud hacia la que camina la historia”. “En este designio, nada de lo que es verdaderamente humano se perderá, sino que todo será purificado y reunido en Aquel que recoge cada fragmento de vida, cada lágrima y cada auténtica conquista humana para sustraerlos de la nada y entregarlos, redimidos, al Padre”.
Vive la unidad eclesial nutriéndose de la Palabra y de la Eucaristía.
“La espiritualidad que necesitamos es una espiritualidad eucarística, es decir, una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor. La Encarnación y la Pascua revelan a Dios que entra en nuestra condición humana y la transfigura en el don de sí mismo. Este don permanece presente y operante en la Eucaristía, en la cual el Señor se comunica y reúne a la Iglesia, para que su entrega se convierta en principio de unidad y fuente de vida nueva”. “El ‘Amén’ que decimos en la liturgia, el Cuerpo que comemos y la Sangre que bebemos, dan forma a toda nuestra vida. La Eucaristía «es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual». En ella se muestra visiblemente que nosotros «somos la Iglesia de Cristo, somos sus miembros, su cuerpo. Somos hermanos y hermanas en Él”. “La Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas”.
Construye el bien en el mundo.
La espiritualidad propuesta en “Magnifica Humanitas”, animada “por la esperanza en el Reino de Dios, se compromete a construir el bien en el mundo” y “en esta obra estamos llamados a asumir un papel activo, sin refugiarnos en el espiritualismo ni en nuestros pequeños mundos”.
Esta vertiente de la espiritualidad cristiana para los tiempos de la IA propuesta por León XIV implica “ser fieles a la verdad, invertir en la educación, cuidar las relaciones y amar la justicia y la paz”.
La relevancia de esta dimensión “mundana” de esta espiritualidad se muestra en los signos de admiración en los que enmarca cada uno de estos retos provenientes de “las cosas nuevas de nuestros tiempos”:
¡Permanezcamos fieles a la verdad!
“Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes […] es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato”.
¡Invirtamos en la educación que comienza con nosotros mismos!
“Todos necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana, como parte integrante de la educación en la fe y en la vida virtuosa del Evangelio”. “Acompañar a los niños y jóvenes para que utilicen las tecnologías como espacio de relación responsable, ayudándoles a reconocer los riesgos y a elegir lo que hace crecer la libertad interior, representa hoy una forma concreta de caridad y de salvaguardia de su dignidad”.
¡Cuidemos las relaciones!
“En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras”. ”Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres”.
¡Amemos la justicia y la paz!
“Las mismas tecnologías que facilitan la comunicación y el acceso a los recursos pueden sustentar modelos que explotan a los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto en oportunidad de lucro”. “La esperanza que anunciamos […] viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva: precisamente por esto quien cree se compromete para que, en lugar de las desigualdades, haya más justicia y para que «en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz”.
Ora junto con María.
“El cuarto punto de este programa de vida cristiana ―escribe el Papa― es la oración” y encuentra una de sus expresiones más ilustrativas en nuestros días en el “Cántico de María” ―popularmente conocido como “La Magnífica”―, un himno de alabanza y de alegría en el que “su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación”, porque “Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías”.
En su “Cántico”, María nos enseña a “mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo”.







