Juan Villoro abre con una duda dirigida a Martín Caparrós: no sabe si los asombros que su amigo acumuló en sus viajes, el desierto en camello, la sopa de perro en Corea, el Amazonas en una barca sin camarote, lo prepararon para lo que vieron los dos, el Argentina 3, Cabo Verde 2. Y arranca su carta con una paradoja hermosa, «a veces la derrota es una extraña forma del triunfo». Cabo Verde salió del Mundial «como un equipo grande»: en cuatro partidos, Vozinha, electricista de cuarenta años, se volvió un portero legendario, el central Lopes fue «encontrado por la selección en LinkedIn» y Lopes Cabral anotó, según el cronista, el mejor gol del torneo. El dato es real, los caboverdianos forzaron la prórroga y sólo cayeron 3-2, con Argentina rumbo a los octavos ante Egipto.
En ese cuadro, Messi vuelve a ser el eje y el problema. Villoro lo pinta con una frase, «despacha prodigios caminando», y observa que su calidad delata a los demás, como cuando lanzó un pase de cuarenta metros que Nahuel Molina no pudo controlar. «Messi inicia jugadas que sólo él podría concluir», escribe, y remata que hizo falta todo su recital, más el arrojo de los defensas que subieron a atacar, para doblegar a un rival que se negaba a perder.
De ahí pasa al diagnóstico de época. Este Mundial disperso, concebido «al modo de un videojuego», lo articula «el jet de Infantino y su rastreable huella de carbono». Y recoge una idea de Caparrós, que el futbol perdió «tolerancia con los físicos»: Pedri, cuya fuerza vive del buen toque, es «una figura en peligro de extinción», aunque todavía tenga imitadores. El que más le importa a Villoro se llama Gilberto Mora, juega para México y «debutó en el Mundial como Pelé, repartiendo magia a los 17 años».
La uniformación, sigue, llegó también a las tribunas. Donde Caparrós añora al «portero gordito» y al «petiso rápido», Villoro echa de menos a otro tipo de público, «el oficinista que sacrificó su quincena por un boleto» o «el repartidor de leche que vendió su bicicleta para ir al estadio». En su lugar impera lo que llama la «economía del acceso», un sistema donde para ocupar un asiento hacen falta «muchos contactos, mucho dinero o muchos likes».
Antes de entrar en su tema mayor, el escritor deja una estampa geopolítica. Bilardo acertó al decir que África era el futuro del futbol, ironiza, «el problema es que sigue siendo el futuro»: Costa de Marfil, Congo y Senegal tomaron ventaja pero no supieron «administrar el resultado», porque su ADN, dice, se resiste a ese «trabajo de contaduría», y cayeron ante Noruega, Inglaterra y Bélgica. Europa, resume, combate la creatividad con pragmatismo, igual que la política, «donde los ministros de Economía le quitan presupuestos a los de Cultura».
El corazón de la carta llega por un rodeo de cine. Villoro cuenta que vio Chinatown con su hija Inés, y que ella, criada entre estrellas retocadas con bótox y liftings, soltó una frase que no olvidó, «me gusta ver películas de cuando la gente tenía caras naturales». Y traslada la observación al futbol, con la pregunta que ordena el texto, si acaso recordamos «cuándo era natural».
De ahí su alegato contra el VAR, construido sobre el Portugal-Croacia. El partido, dice, se decidió en la pantalla más que en el césped. Se anularon dos goles por fuera de juego, uno de ellos «un imponente gesto técnico de Cristiano Ronaldo», sin que los infractores sacaran ventaja real de esos centímetros, y un penalti rigorista favoreció a los lusos. Pero lo peor vino al minuto 103, con la anulación de un gol de Gvardiol que habría dado el empate a Croacia. La jugada dependía de un detalle mínimo: el balón Adidas Trionda, equipado con un sensor, habría registrado que la pelota rozó la cabeza de Matanović, lo que dejaba en fuera de juego a Pašalić. El propio Matanović admitió después haber sentido «un ligero contacto con el pelo». El árbitro noruego invalidó el gol, escribe Villoro, «por una falta imposible de percibir con ojos humanos». La escena es verídica y ya se considera el mayor escándalo arbitral del torneo.
Ahí Villoro acuña su título. Cuando el futbol era natural, sostiene, esas jugadas se habrían resuelto de otro modo, pero hoy «hemos perdido contacto con el futbol vivo», y dependemos de «un juicio forense, que analiza en la pantalla naturalezas muertas». La imagen es exacta, el juego palpitante convertido en una autopsia de fotogramas.
Y de la crítica pasa a la sospecha. Se insinúa, dice, «un patrón preocupante»: Irán y Haití, que a la FIFA no le importan, fueron perjudicados por el VAR, mientras «la máquina ama al poderoso Portugal», que ya se había salvado ante Colombia cuando la tecnología halló «un centímetro de zapato fuera de lugar» en un gol de Davinson Sánchez, pese a que la misma imagen, una fracción de segundo antes, lo ponía en posición correcta. Su conclusión es una acusación medida, «la tecnología no se usa de manera neutra». Conviene tomarla como lo que es, la lectura del columnista, no una sentencia probada, pero el caso Croacia le da un fundamento incómodo.
El cierre vuelve a casa. Villoro agradece los buenos deseos para el México-Inglaterra y confía en que, ante «el sonido y la furia» del Azteca, Harry Kane caiga como Hamlet, sin más palabras que «lo demás es silencio». La pieza confirma su registro, el del cronista que usa un escándalo técnico para pensar una pérdida mayor, la del futbol como cosa viva. Donde la FIFA vende precisión, él ve una máquina que juzga cadáveres de jugadas y, sospecha, no reparte su rigor por igual. La pregunta que deja abierta es la que ronda a cualquier aficionado frente a la pantalla, cuánta verdad cabe en un milímetro que nadie, salvo un sensor, alcanza a ver.







