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El quinto partido

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Reflexión a partir de la carta «El Lado B del Mundial», de Juan Villoro, publicada el 7 de julio de 2026 en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Luis Villoro le da la razón a  Martín Caparrós sobre Messi con una paradoja, «por momentos no juega bien y sólo es el mejor jugador del mundo». Ante Egipto, recuerda, perdió balones, falló un penal y se extravió en el campo, y luego «inventó una asistencia y un gol» que cambiaron el rumbo. Cuando lo ve caminar por el mediocampo, el cronista evoca a Menotti, que siendo jugador y ante el reclamo de un compañero para que corriera más, respondió ofendido, «¿además de jugar tengo que correr?». El dato confirma la escena, Argentina remontó un 0-2 y venció 3-2 a Egipto, con el empate de Messi y el gol de Enzo Fernández en el descuento.

De ahí sale la idea que ordena la carta. Este Mundial, dice, es como los viejos vinilos de larga duración, y ha traído un fenómeno inédito, «el lado B de los equipos». Más que la pausa de hidratación, a Villoro le interesa cómo se transforman las selecciones «al quinto partido», el de octavos, cuando cada equipo revela su cara oculta.

El primer lado B es el de Estados Unidos, que se eclipsó ante una Bélgica de calidad ya olvidada. Aquí retoma, con filo, la sátira que Caparrós había abierto sobre Trump y Balogun. «De nada sirvió que Trump interviniera para borrar la tarjeta roja de Balogun», escribe, porque el delantero jugó pero «en sentido estricto no lo hizo», con unos pies que «llevaban el calambre de la impostura». Infantino quedó «como un títere», y la UEFA, ironiza, probó que Europa influye en el Mundial tanto como en la OTAN, ya que «los asuntos de color rojo», el teléfono nuclear o la tarjeta de deportación, «se deciden en Washington». Conviene leerlo como lo que es, la sátira política del propio Villoro.

El segundo lado B es Egipto, que «salió de su sarcófago». Se recicló ante Argentina y anotó en dos descolgadas dignas, dice, de los mejores jeroglíficos del Museo de El Cairo, aunque una se anuló por una falta previa, cosa que el VAR confirmó. Con una imagen memorable, recuerda que las estatuas de los faraones portan dos utensilios, un bastón para mandar y otro para espantar moscas, y a Egipto le faltó el segundo, sacarse de encima a un rival «tatuado en las más exigentes ligas». Argentina, fiel a lo que Caparrós sostiene hace tiempo, sólo ganó tras complicarse la vida: estuvo 0-2 abajo, y Messi pareció, escribe, «a punto de seguir la ruta de jubilación de Cristiano», hasta que «resurgió en plan grande».

Ese resurgir le permite a Villoro una herejía. Cuenta que los relatores argentinos recitan la alineación y añaden «y Diego allá arriba», de modo que toda crítica suena a blasfemia; aun así se atreve, «Messi no debería cobrar los penaltis». Lo sostiene con números, quince fallados en el Barcelona, dos en esta Copa, «pero toma la pelota y con él no se discute». Incluso especula que errar podría ser para él una «extraña terapia», porque tras fallar ante Austria jugó «con la voracidad de un león herido».

Luego responde al Futbol Medusa de Caparrós. España y Portugal, dice, jugaron un primer tiempo vibrante, y en el segundo el mérito de la Roja fue hallar «un resquicio en la telaraña lusitana». Ganaron por una virtud que rara vez se asocia al deporte, la paciencia, «más fácil de elogiar que de ver», porque el gol llega tras «una eternidad de pases laterales». De Ronaldo hace un retrato cruel y exacto, «siempre estatuario», capaz de una pose «digna de una boutique del futbol», cuyo globo peligroso «Unai Simón perfeccionó con su atajada». Ya eliminado, apunta, CR7 gastó menos palabras en lamentarse que en dar «una exclusiva individual», la de que «deja los Mundiales». El dato es cierto, con la caída Ronaldo anunció su adiós al torneo.

De esa vanidad estatuaria pasa a su reverso, la humildad de Haaland. Comparte la sorpresa de Caparrós ante su celebración neutra, y agrega que a veces, con el Manchester City, festeja «sentado en flor de loto, como Buda en su nirvana». Recuerda que el noruego dijo querer retirarse en el campo, rodeado de animales, porque el futbol y las ciudades lo estresan, y remata que por eso «anota con la naturalidad con que una gallina pone un huevo».

El tramo mexicano es un post mortem sereno. Agradece las condolencias de Caparrós y admite el diagnóstico, «abusamos de los centros al área», como si los rematadores fueran a crecer unos centímetros durante el partido, cuando en un Mundial donde casi todos los goles llegan de lejos México «no tiene un solo tirador de calibre». Habrá tiempo para revisar eso, concede, pero nada borra la pasión de un equipo que convirtió al Azteca en «el coliseo más ruidoso del mundo».

El cierre lo pone una tanda de penales con nombre de novela. Villoro recuerda que en El tercer hombre, Orson Welles bromea con que la paz de Suiza sólo produjo el reloj cucú, mientras las guerras de Italia trajeron el Renacimiento, y observa que en el futbol la ecuación se invierte, Italia ni siquiera clasificó y Suiza avanzó a cuartos, algo que no lograba desde 1954. Lo hizo en una definición «Vargas contra Vargas», la del portero colombiano Camilo y el mediocampista suizo Rubén, hijo de dominicano. Colombia volvió a ser, dice, un equipo de defensa sólida al que le cuesta anotar, con un Luis Díaz que «no hizo cosas grandes» y un Campaz que, solo ante el arquero, «no aceptó la vulgaridad de concretar». El choque de apellidos, escribe, pedía un empate eterno, pero la realidad quiso un ganador, y Colombia quedó fuera. Con esa derrota, concluye, «el destino latinoamericano ya sólo depende de los tuyos».

La pieza confirma la mirada de Villoro, capaz de leer una jornada de octavos como un catálogo de máscaras que caen. Donde Caparrós despide a una región, él examina cómo cada selección enseña, al quinto partido, su lado oculto, y deja una última certeza, melancólica y precisa, que de toda Ñamérica ya sólo queda en pie la Argentina de un Messi que falla y, aun así, salva.

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